La novela contiene narración gráfica de asesinatos e imágenes fuertes, por lo que se recomienda discreción. Apto para mayores de edad.
Benedict fue notificado de que tenían en custodia al sospechoso que habló con Hortensia Chassier la noche de su muerte en Little Ladys, así que salió como un bólido a la estación de policía para empezar con el interrogatorio correspondiente.
Al llegar a la sala dónde tendría lugar dicho acontecimiento, encontró al hombre que aparecía en los panfletos de búsqueda, sin embargo, Benedict comprendió que no había sido la policía quien lo atrapó, sino que él mismo al ver su cara en todos lados como presunto asesino, decidió ir a la estación para entregarse y demostrar su inocencia.
Wyatt llegó poco después.
—¡Vaya que los dibujantes hicieron un buen trabajo, Ben! —comentó el hombre mirando al sospechoso al otro lado de la ventana del cuarto de interrogatorios.
—Terminemos esto de una vez —dijo Benedict entrando a la sala con su compañero detrás.
Ambos se sentaron frente al presunto asesino.
—Encárgate tú —le pidió Benedict a su compañero.
—Entonces... Alexander Harrison. Treinta años, panadero... Fue visto hablando con Hortensia Chassier la noche de su asesinato. Explique su versión de los hechos. ¿Cómo es que un panadero tiene el dinero suficiente para permitirse una noche en el Little Ladys? —preguntó Wyatt—. Es un lugar exclusivo.
—Más que un simple panadero, soy el dueño de la más grande panadería de la ciudad. Mis ingresos me permiten visitar el lugar cada fin de semana. Siendo un cliente regular, no sé cómo no se fijaron en mí hasta que pasó lo que pasó.
—¿Qué hizo ese día desde su llegada a Little Ladys hasta su salida? —preguntó Wyatt mientras Benedict tomaba notas de las preguntas y respuestas.
—Bebí unos tragos con unos amigos y un par de empleados de confianza a los que llevé conmigo, contraté los servicios de Vanessa que es mi preferida del burdel. Hortensia era relativamente nueva así que necesitaba conseguir sus propios clientes y por eso quería que la contratara. Insistía mucho en eso, pero Vanessa no dejó que la muchacha nueva le arrebatara su cliente asiduo, de modo que me pidió que la esperara mientras ella preparaba la habitación y en efecto, luego de unos minutos regresó por mí. Al terminar, me reuní con mis amigos de nuevo en el salón principal y seguimos consumiendo tragos hasta casi las tres de la madrugada.
—O sea que esos amigos pueden corroborar su coartada, al igual que Vanessa —dedujo Wyatt. El hombre asintió.
—Pero es curioso —Intervino Benedic—. Cuando fui a Little Ladys a interrogar a las chicas, ninguna habló de usted, salvo para decir que conversaba con la señorita Chassier en la barra.
—La verdad no sé, pero seguro en ese grupo no estaba Vanessa o habría hablado al respecto. Más allá de nuestra relación entre cliente y acompañante, somos buenos amigos. Ella no mentiría u ocultaría información sabiendo que podría comprometerme.
—Hagamos algo —dijo Wyatt—. Permanecerá en custodia mientras investigamos su coartada: serán citados sus amigos y la muchacha con la que estuvo esa noche. Por favor escriba en este papel los nombres completos de sus amigos y de la chica, los citaremos hoy mismo para que se esclarezca todo y si logramos comprobar su coartada, puede irse a casa.
El proceso no tardó mucho. Fueron interrogados por separados y todos corroboraron la coartada del hombre. Vanessa Holmes confirmó que el día del interrogatorio de Benedict en el burdel, ella no se encontraba presente por estar indispuesta, pero insistió que la única vez que Alexader Harrison no había estado a la vista de todos, fue durante su encuentro íntimo de aquella noche y que luego había vuelto a la barra para beber con sus amigos mientras ella se encargaba de otro cliente.
Benedict y Wyatt analizaron todas las respuestas, hicieron un reporte y dieron la orden de liberación para Alexander.
A eso de las nueve de la noche, Benedict decidió dar un paseo por las calles de Londres, tal vez eso le ayudara a aclarar la mente.
Luego de unos minutos, pasaba por la calle Hanbury en East End, por lo general, en esa calle siempre se veía a meretrices que esperaban la presencia de un hombre para ofrecer sus servicios, sin embargo, en ese momento la calle estaba desierta debido al toque de queda. De repente Benedict escuchó unos pasos apresurados, alguien venía corriendo hacia él, parecían pisadas de pies descalzos.
El detective se dirigió hacia la esquina de la calle de la que provenían los pasos y al llegar allí encontró a una jovencita castaña de unos diecisiete años que se tropezó con él y cuando lo reconoció, lo estrechó fuertemente sollozando. Estaba muy nerviosa.
Benedic se fijó que la chica iba con ropa de dormir y descalza, en definitiva, algo no andaba para nada bien.
—¡Oh, por favor detective, ayúdeme! El Noctámbulo me persigue, le llevo ventaja pero dentro de poco estará aquí y tengo miedo —dijo la chica hablando muy rápido pero lo suficientemente claro para que Benedic le entendiera.
La muchacha se aferraba a Benedict fuertemente mientras temblaba como una hoja. El joven detective comprendió su miedo y la abrazó fuerte para calmarla.
—Descuide, señorita —dijo en tono tranquilizador mientras la ubicaba detrás de él.
Sin perder de vista la calle de la cual había salido la chica, se palpó los bolsillos del levita en busca de su arma de fuego, un revolver calibre treinta y seis, pero se dio cuenta de que no lo traía consigo, solo estaba armado con su fiel daga de plata, así que la sacó y antes de volver a observar la calle, le dio instrucciones a la muchacha.
—Esto es lo que haremos —dijo Benedict—, tengo que entrar a esa calle pero no puedo dejarla aquí sola, así que irá detrás de mí aferrada a mi levita y estará pendiente del camino a nuestras espaldas. Yo estaré con usted y nada le va a pasar, ¿está bien? —preguntó el detective volteando a mirarla. Ella asintió—, puede que tengamos que correr —aclaró él mientras comenzaban a caminar por la calle.
Al avanzar, Benedict notó que el camino estaba desierto, no se veía a nadie por ningún lado, había luces en las ventanas de las casas pero todo estaba silencioso.
—¿Por dónde la persiguió? —preguntó Benedict caminando con cautela.
—Por ese callejón —señaló la muchacha con el dedo, apuntando a un callejón del que surgía una oscuridad espectral. Benedict respiró profundo y con cautela caminó hasta la entrada, una vez allí, se dispusieron a entrar y enseguida los envolvió la densa negrura.
Esa callejuela era la más horrenda que Benedict hubiese visto en su vida, de nada más verla le daba escalofríos. En realidad, Benedict estaba muerto de miedo pero tenía que ser valiente por tres razones, la primera: él era un detective, la segunda, tenía a su cargo personas a las que proteger como la chica que tenía a su espalda, y por último pero no menos importante, no iba a demostrarle sus miedos a El Noctámbulo, así que sin más, con cuidado siguieron avanzando.
La joven temblaba, sus ojos estaban anegados de lágrimas a causa del miedo y al final del largo callejón, lo vieron a unos escasos cinco metros de distancia...
Un hombre elegantemente vestido de rojo vino, con un sombrero de copa alta de color negro que le tapaba los ojos y gran parte de la nariz. Jugueteaba con una libra esterlina y de pronto giró su cabeza hacia el detective y la muchacha...
—¡Charlotte! —exclamó El Noctámbulo con un tono de sorpresa y alegría en la voz, sin dejar de lanzar la libra, dejándola caer sobre la palma de su mano—, ven aquí, jovencita. ¿Por qué te fuiste? —siguió hablando con suavidad y de repente gritó, haciendo que Benedict y su protegida se sobresaltaran—. ¡YO SOLO QUERÍA METERTE ESTA MONEDA EN TU MALDITA BOCA! —luego comenzó a reír frenéticamente mientras se balanceaba sobre la punta de sus pies, siempre sin dejar de jugar con la moneda.
—¡Quieto! —exclamó Benedic con la daga alzada—. Soy detective y debo anunciarle que usted está arrestado por...
—Asesinato —completó el hombre riendo aún—. ¡Qué bonita daga! Yo también tengo una —dijo abriéndose la gabardina para dejar ver su arma. Era una daga grande con inscripciones en el mango, luego cerró la gabardina de nuevo—. ¿Qué te hace pensar que me entregaré? Oye, pequeño... ¿me vas a entregar a Lotti o no? —le preguntó a Benedic refiriéndose a Charlotte.
—Ni lo sueñes —negó Benedic con un tono de ira mientras la jovencita sollozaba.
—En ese caso no necesitaremos esto —dijo guardándose la moneda en el bolsillo interior de su abrigo. Benedict pudo ver de nuevo la daga de la que tanto había escuchado hablar—, y ya que usted no me entregará a Lotti, yo tampoco me entregaré —dijo en tanto comenzaba a correr con mucha velocidad. Benedict lo siguió con Charlotte, corriendo detrás.
Por un momento, Benedict creyó ver a «dos Noctámbulos», ya que el que venía siguiendo cruzó a otro callejón a mano derecha, y cuando el detective llegó allí, no lo vio, sino del lado izquierdo. Mientras el asesino corría, iba riendo con frenesí.
—¡No podrás atraparme, niño Fletcher! ¡No podrás, no podrás! —canturreó una y otra vez. Su voz rebotaba en las paredes del callejón, haciendo eco.
En un cruce, Benedict y Charlotte se quedaron impresionados pues, El Noctámbulo ya no estaba, solo dejó la resonancia del eco de sus pasos.
Benedict y Charlotte se dirigieron a toda prisa hasta la calle Fleet, que era donde ella vivía.
—¿Por qué estaba afuera siendo tan tarde? Desde hace horas dieron el toque de queda —le preguntó el detective a su protegida, mientras caminaban.
—Estaba durmiendo y de repente me vi fuera de mi habitación, alguien me había sacado de ella a través de la ventana, al parecer, mi padre olvidó cerrarla con seguro —dijo estremeciéndose—, Yo pugnaba por mi libertad mientras él con dificultad me arrastraba por la calle, cubriendo mi boca para que no pudiese gritar. Lo golpeé lo más fuerte que pude y el aligeró la fuerza del agarre, así que me solté y corrí lo más rápido que pude. De tanto correr llegué a la calle Berner que fue cuando me lo encontré a usted —explicó la muchacha en tanto Benedict la miraba con conmiseración.
—Cada vez es más osado. Me aterra pensar lo que hubiese sucedido si yo no hubiese estado allí.
Cuando llegaron ante la puerta de la casa de la chica, Benedict tocó la aldaba, aun aferrando la daga con su mano izquierda, y una vez que hubo entrado a la casa con ella, le explicó a sus padres lo que había pasado (Ambos abrazaron a su hija, aterrados y agradecidos con el detective) Una vez que todo estuvo aclarado, Benedic decidió regresar a su casa. Estaba asombrado y no dejaba de pensar en como había hecho El Noctámbulo para desaparecerse así.
Benedict caminó hasta que vio un coche y lo abordó.
—Solo se desvaneció —dijo para sí mismo.
Esto ha sido todo por éste capítulo. Ya vamos más o menos a mitad del libro, espero que les esté gustando.
La imagen de portada y la de despedida las hice en el editor canva.