¡Hola, amantes de la literatura!. Este libro lo escribí hace años, o mejor dicho, desarrollé la idea, pero perdí todo el libro (se me borro el documento) y entonces me desmotivé y lo dejé.
Hoy me sentí inspirada y decidí escribirlo de nuevo pero esta vez de cero y con cambios importantes. Es de género fantastico y pese a que no es estrictamente infantil, el estilo de narración que empleé se le parece, espero que les guste. Sin más dilación... ¡Ternápolly!
En Las tierras altas de Glespard el rey Fergus espera ser liberado por la heroína que el oráculo Colasark, señor de la luz, ha señalado. El camino es sinuoso y tempestuoso y la espera se extiende dos inviernos.
Sin su rey, Ternápolly está sumida en la amenazante invasión de Evanora, la hechicera, y pese a que los habitantes han podido defender su nación, si la elegida no llega pronto, estarán perdidos.
No es hasta que la chica de la profecía arriba a Ternápolly que la tierra ve luz y la esperanza vuelve a crecer en los corazones de los Ternapollianos, gracias a ella, su tierra verá paz nuevamente.
Leia era, en muchos aspectos, una muchacha bastante rara (en opinión de todo el mundo que la trataba) y no era culpa de la pobre, sino que, desde muy pequeña, hacía preguntas raras que incluso atemorizaban a muchos.
Vivía en un orfanato para niñas, pues sus padres habían muerto en un accidente y como no tenía parientes cercanos, la pequeña pasó a manos del estado.
Con cinco años llegó al lugar y fue recibida con desprecio por sus compañeras, (la envidiaban por tener objetos personales, ropajes caros y una identidad muy bien establecida).
Ella era Leia Sallow, hija de un matrimonio rico y a la cuál habían despojado de los bienes de su padre mediante un ardid. El autor del engaño había sido su antiguo tutor, y era quien la había mandado a aquel lugar.
El orfanato no era feo, tampoco las monjas la trataban mal, estaba bien alimentada y cuidada, y sin embargo, Leía no era feliz. Siempre estaba sola, y la soledad no era algo con lo que ella pudiera lidiar luego de ser el centro de atención de sus amados padres.
Sufrir abusos no es algo por lo que querríamos pasar, pero era lo que le tocaba vivir día con día a Leia, sufrir abusos por parte de sus compañeras que le escondían sus objetos personales…
Una vez le escondieron los zapatos, por lo que Leia tardó mucho en presentarse al comedor para el desayuno, y le impusieron un castigo por cometer el pecado de la pereza, pues las hermanas creyeron que se había quedado dormida.
Por este motivo, Leia siempre quería estar sola y cuando lo estaba, anhelaba a alguien con quien poder conversar y jugar.
—Hermana… ¿cree que podemos hacer que la naturaleza crezca más rápido? —preguntó la chiquilla a una de las monjas, luego de pensar un rato.
—¿Qué cosas piensas, Leia? ¿De dónde has sacado tal cosa? —preguntó la hermana.
—Anoche no podía dormir, y oí una voz que me llamaba desde el jardín. Era una voz masculina, grave, y me decía que le acompañara. Cuando salí, pude ver una bellota en el piso, un poco enterrada. Sentí el impulso de cubrirla con tierra y cuando toqué el montículo, salió una luz amarilla brillaaaaaante —contaba gesticulando con los brazos—, y creció un pino enorme. ¡Venga, hermana! ¡Venga a ver el pino gigante que hice crecer! —dijo tomando la mano de la monja que, con el ceño fruncido debido al desconcierto, se dejó arrastrar al jardín trasero por la pequeña.
Leia señaló en una dirección, y en medio del paisajismo muy bien cuidado de los jardines, en un lugar inverosímil, había un pino enorme y frondoso.
Creo que no necesito decirte como se puso la monja, ¡bah! Te lo diré. La pobre se desmayó, entonces la niña dio aviso a las otras hermanas y cuando ellas lograron hacerla volver en sí, ésta salió corriendo y gritando que Leia Sallow estaba poseída.
Eventualmente, la iglesia mando a un cura a examinar a la pequeña, quien terminó muerto de risa por sus ocurrencias.
—¿Y bien? —preguntó la madre superiora, mientras las demás monjas se acercaban a escuchar.
—Creo que ella es una niña con una imaginación bastante grande y usted, hermana Cristina, muy crédula. Probablemente haya sido una broma de la niña que claro está, ahora no quiere admitir por temor a un castigo. Conversé con ella e hice los ritos de rigor y llegué a la conclusión de que no posee ningún mal que la aqueje. Probablemente cuando crezca su imaginación dejará de ser tan fértil.
—¿Y cómo explica el pino en medio del jardín? —preguntó otra de las monjas. El padre se encogió de hombros.
—No puedo explicarlo, pero eso no quiere decir que ella lo haya hecho crecer. De lo que sí estoy seguro, es que no está poseída. Buenas tardes, hermanas —dijo despidiéndose.
Ese evento solo exacerbó el rechazo de las compañeras de Leia y de algunas monjas.
Y a través de los años, Leia se convirtió en una jovencita preciosa. Su belleza sobrepasaba a cualquiera de las chicas del pueblo e incluso, su gracia llamaba tanto la atención, que empezó a correrse la voz que en el orfanato del pueblo vivía una jovencita de encantos sin iguales, incluso varios muchachos se trepaban a los muros para verla pasear por los jardines.
Debido a que además de belleza, poseía una hermosa voz, cuando la muchacha cantaba en sus paseos, cosechaba público del otro lado de los muros e incluso ya era una especie de celebridad local.
Leia tenía tez blanca, unos grandes ojos azules y su mayor atractivo era su largo y sedoso cabello blondo.
Estas cualidades estaban desquiciando de celos a aquellas compañeras que no habían tenido la suerte de ser adoptadas (como la misma Leia, a quién nadie quiso por el miedo de que estuviera poseída)
El odio de esas chicas se había incrementado a medida que Leia crecía en gracia y virtud.
—Mírenla, si aquí está Leia, la princesa —comentó una de sus compañeras en el jardín. Venía acompañada de algunas otras y tenía las manos tras la espalda. Leia estaba sentada leyendo un libro, con la espalda recostada de un árbol, sin embargo, al ver la actitud amenazante y sospechosa de la joven, se levantó por si tenía que correr.
—¿Qué quieres? Yo no estoy haciéndote mal, Mary Elizabeth —contestó Leia.
—Estaba pensando… ¿qué es lo que hace más «bonita» a «doña perfecta»?
—¿Sus ojos? —preguntó otra de las del grupo.
—Exactamente no, además, Jully, tiene que ser un aspecto del que nos podamos deshacer sin meternos en un problema grave.
Leia sintió su corazón dar un vuelco, no entendía mucho la situación pero por como iban las cosas, no era algo bueno el desenlace de aquella historia.
—Es su cabello —dijo Mary Elizabeth, sacando de detrás de su espalda unas tijeras. Las demás hicieron lo mismo.
Leia no lo pensó dos veces para echarse a correr bosque adentro.
El orfanato colindaba con un espeso, pero hermoso bosque.
Leia les llevaba buen trecho, sin embargo, a lo lejos podía oír las órdenes de Mary Elizabeth solicitando de encontrarla y dejarla calva. La jovencita corría sin un rumbo fijo. Se tropezó varias veces, haciéndose daño, sobre todo en las manos donde tenía cortes y raspones, sin embargo, no paraba la marcha llorando de miedo, cuando de pronto, ahí, en medio de la nada, divisó unas escaleras ascendentes que conducían a lo que parecía un portal.
La estructura se veía muy antigua y los escalones estaban cubiertos de musgo.
No tenía idea de porqué, pero subió los peldaños con un poco de temor. Una vez que estuvo cerca del portal, éste desprendió un resplandor azul claro, y un velo luminiscente se mecía ante una inexistente brisa.
Leia ahogó un grito de sorpresa, sin embargo, no tuvo miedo. Metió la mano a través del portal y sintió un cosquilleo agradable junto con una sensación cálida.
Se aferró con una mano a la esquina del portal para asomarse al otro lado de éste, mientras metía la otra mano a través de él. Quedó estupefacta, su mano no se veía del otro lado ¿conduciría aquel portal a algún otro lugar?
—No pudo haber ido tan lejos esa tonta —oyó de nuevo la voz de Mary Elizabeth.
Entrando en pánico, decidió cruzar.
Volvió su cabeza para ver atrás, allí seguía estando el portal, solo que esta vez no brillaba y veía perfectamente a través de él, el otro lado. Volvió a cruzarlo pero notó que solo era un marco. No la conducía de vuelta al bosque de dónde ella provenía, ni a ningún otro lugar. Era como si alguien hubiera hecho un marco de metal forjado y lo hubiese colocado allí ¿Cómo volvería a casa entonces?
Miró a su alrededor y se dio cuenta de que se hallaba en un bosque, pero claramente no era el mismo.
Estaba en un altozano que había sido empedrado. En medio del lugar había una fuente redonda donde borboteaba el agua y su sonido era relajante. Todo estaba rodeado de árboles y había un frescor agradable.
La jovencita fue a lavarse un poco pues, sus manos estaban sucias. Con un cuenco que estaba sobre la base de la fuente, sacó agua y comenzó a lavarse. Sintió una ligera cosquilla en sus manos y notó con asombro que sus heridas estaban curadas.
Aún anonadada, volvió a sacar agua cristalina de la fuente y bebió, la carrera la había dejado sedienta. El agua estaba bastante fresca, pese a que le estaba dando el sol. Una vez que hubo bebido, la chica se sintió vigorosa y revitalizada.
No entendía donde estaba y tampoco sabía como volver, pero a decir verdad, eso parecía el escenario de los cuentos que le relataba su madre antes de dormir. Si era un lugar tan bonito, ella nunca querría volver al orfanato.
Se puso en marcha, debía buscar a alguien que le ayudara pues, no sabía que haría cuando oscureciera.
Bajó unas escaleras (talladas directamente en la tierra y dónde había crecido césped) y se vio al principio de un sendero mucho más oscuro, debido a que los árboles crecían muy juntos.
A medida que avanzaba, oyó un ruido sordo de pisadas, parecían los cascos de algún animal. Sin embargo, al pasar los minutos, ella se ponía más nerviosa, así que pegó su espalda a un árbol y fijó la vista en los árboles de donde procedía el ruido.
—¿Quién está ahí? ¡Muéstrate! —dijo con valentía.
De detrás de los árboles, se asomó el joven más apuesto que Leia hubiese visto jamás. Sus ojos eran grandes y castaños, enmarcados por unas pestañas muy tupidas, su cabello castaño ondulado y brillante, le caía sobre el cuello. Su expresión era de curiosidad y un poco de culpa.
Leia notó otra cosa, la estatura del joven era bastante alta, eso solo podría ser posible si éste estuviera montado sobre un caballo y tendría sentido por el sonido de cascos que había oído constantemente, sin embargo, para estar asomado de aquella manera, la cabeza del corcel tenía que estar a la vista. La postura era extraña y esto lleno de miedo a la muchacha.
—¡Mu… muéstrate! —volvió a ordenar.
En efecto, el joven salió al sendero mientras Leia oía de nuevo los cascos. ¡No había caballo alguno! ¿o sí? Lo que contemplaban sus ojos era a un centauro.
Este ha sido el primer capítulo. Espero que les guste. Estoy bastante emocionada por subirlo.