Hace ya algunos ayeres, me tocó visitar la ciudad de Tapachula, Chiapas, por un proyecto que nos encargó el H. Ayuntamiento en turno. Tapachula, como casi toda ciudad fronteriza de México, esta llena de inmigrantes, principalmente centroamericanos, en su camino a los Estados Unidos, y la fantasía del sueño americano.
Y es tal su población, y apremiantes sus necesidades, qué se han documentado casos de nacionales qué fingen ser inmigrantes, para acceder a los apoyos qué el gobierno y la sociedad civil destinan para estos. En una de las noches que pasé en la ciudad fui a cenar a un restaurante de la cadena Sanborns, qué por cierto es del hombre más rico de México, y en algún momento del mundo, Carlos Slim, y pedí lo de siempre, sus tradicionales enchiladas suizas.
Nombre curioso, porque de suizas no tienen nada, y en Suiza dudo mucho que sepan que son unas enchiladas, qué por cierto no deben tampoco su nombre al chile, como a primera impresión pudiera parecer. Era un Sanborns qué tenía ese aire de exclusividad qué los restaurantes de franquicia suelen tener en ciudades pequeñas, y que les hacen parecer más de lo que en realidad son.
Nada más sentarme pedí un café americano, y en lo que preparaban mi plato me dispuse a continuar mi lectura de 'Enseres para sobrevivir en la ciudad', de Vicente Quirarte. La historia de turno en el libro se llamaba 'Sacerdotisas del café con leche', haciendo alusión a como el escritor Ramón López Velarde llamaba a las meseras de antaño en los cafés de la ciudad de México en uno de sus textos.
El hecho me pareció, además de muy curioso, una coincidencia intrigante, dado que estaba en un lugar conocido por su café y sus meseras con su particular atuendo basado en un traje típico mexicano. Disfrute de mi café con crema, en vez de leche, mientras leía la historia, y justo al terminarlos, mi café y la historia, llegó mi plato acompañado de un aderezo inesperado.
La mesera se me acercó, y mientras ponía el plato y los cubiertos en la mesa, me dijo en voz baja, al tiempo que apuntaba hacia otra mesa: "Dice mi compañera que es usted muy guapo". Al mirar a la otra mesa vi a una mesera de unos 30 y tantos años, de piel chocolate, claramente de origen centroamericano, bastante guapa y de figura torneada, sonriéndome coquetamente, como una niña que ha cometido una travesura.
Me limité a mirarla fijamente mientras daba un último sorbo a mi café, y le dije a la mesera qué aún tenía a mi lado: "Dale las gracias por el cumplido a tu compañera de mi parte, por favor". Mientras comía, entre la mesera y yo se fue gestando algo. Ella no dejaba de mirarme a lo lejos, y yo no podía dejar de mirar su caminar intencionalmente marcado, cada vez que se acercaba a alguna mesa de la sección a su cargo.
Al terminar y pagar la cuenta, me dispuse a retirarme con una experiencia agradable qué contar, una noche de franco coqueteo con una mujer que nunca más volvería a ver. Pero al traerme el cambio, la mesera me dejo una nota que decía "Salgo a las 11pm. 998 930035."
La chica se quedó esperando mi respuesta o reacción, para comentarle a su compañera, y yo en un gesto de audacia que incluso me sorprendió, le di la vuelta al papel, anoté el número de cuarto y el nombre del hotel en que me estaba hospedando, y se lo devolví, para luego darme la media vuelta y marcharme sin mirar atrás.
Para mi fue la forma de cerrar ese capítulo, ya que no pensaba hablarle, puesto que me regresaba a mi ciudad natal a la mañana siguiente, y redoblar la apuesta de esa manera era corresponderle, y halagarla a la vez que ahuyentarla. Sin embargo, para mi sorpresa, poco antes de la media noche tocaron a mi puerta, y escuché una voz que decía: "Servicio al cuarto, le traje su café", uno que no había pedido, y al abrir la puerta para hacerle ver su error a quien había llamado, ahí estaba la mesera, ahora vestida con la ropa de las encargadas del hotel.
—¿También trabajas aquí? —le pregunté—. Mi hermana —contestó— pero a veces la suplo. ¿Y hoy la suples? —pregunté intrigado, aquello ya era demasiada casualidad—. No, a menos que ya hubieras hecho planes de pasar la noche con ella hoy —contestó coquetamente, al tiempo que entraba, cerraba la puerta, y comenzaba a servir dos tazas de café.
Le di un sorbo a mi taza, y dije "está muy bueno, pero le hace falta un poco de leche. ¿Trajiste leche?". No —me contestó al tiempo que terminaba de quitarse la ropa y se plantaba totalmente desnuda frente a mi— pero eso tiene remedio. ¿Te sirvo o te sirves?— dijo mientras bajaba el mentón señalando sus generosos senos. La respuesta me pareció de lo más chabacana, pero al mismo tiempo de lo más sensual y atrevida, y no tuve más remedio que contestar. Lo demás es historia, una que no voy a contar aquí porque a final de cuentas soy un caballero, y ya he contado demasiado.
—¿Vas a querer más café?
—Por supuesto.
—¿Cómo lo vas a querer?
—Tu ya sabes como me gusta, con leche.
©bonzopoe, 2024.
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