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Se levanta temprano, se ve al espejo y no se reconoce. Esa qué está ahí no es ella, o al menos no del todo. Es solo su cimiento, su base, la obra negra de la identidad que construye cada día para sentirse suficiente. Para sentirse ella. Para sentir.
Se maquilla lentamente, con el detenimiento de quien construye un mundo. Primero la base, luego las mejillas, la nariz, los labios, qué traza perfectamente, y por último los ojos, que son una construcción aparte, un anexo qué rediseña cada día pintándolo de nuevos colores.
Traza las cejas. Las rellena. Se pone las pestañas, y por último, con la maestría de un escultor, se peina haciendo de su cabello un reto a las leyes de la física. Para terminar se viste. Bragas con relleno en los glúteos. Una faja para acentuar la cintura, un sostén que hace parecer que su busto desafía a la gravedad.
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Al terminar es otra. Una que sí reconoce. Una con quien si se identifica. Un constructo que se ha vuelto su naturaleza de tanto mostrarse así al mundo. Un artificio que es ahora su identidad.
Al final se pone sus aretes favoritos, se perfuma y sale a la calle rogando que las nubes que pintan de negro el cielo se vayan, y no den a luz gotas que puedan deslavar su fantasía, u oxidar los alfileres de su apuntalada realidad. ¡Aquí voy mundo!, -se dice a si misma-, y con esa certeza tan propia de los ciegos, camina y se pierde en la ciudad.
©bonzopoe, 2025.
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