El agua era clara, cálida y recibía mi cuerpo, me rodeaba sin resistencia, le pertenezco. El cielo sostenía un azul celeste brillante que transmitía rayos de paz y estabilidad y que abovedaba las carcajadas de un niño que sentía mío, y que jugando conmigo, me lanzaba chorros de agua y miradas de complicidad bajo sus largas pestañas negras y abundantes que protegían el brillo de unos ojos también oscuros. Tomé aire y me sumergí para tomarlo por sorpresa, toqué sus piernas y se hundió, tocó mi cara y nadamos. Mi visión era borrosa, las líneas se difuminaron en el agua, bailan.
Estábamos dando vueltas persiguiendo nuestros pies; éramos dos y a la vez, uno. En el fondo una sombra nos acechaba, nos rodeaba. Ignorar su forma y su nombre me estremeció. Nadé a la superficie y al tomar aire el pánico se apoderó de mí. Era un felino de contextura amenazante y pelaje que traía a cuestas la noche. La desesperación desmedida me motivó y corrí por el impulso dopado de adrenalina que me cegaba la vista. No tenía rumbo. Contuve la respiración, ya me daba por muerta. Me rehusé a marcar el tiempo entre mis jadeos; pero un ritmo de tambor acelerado me atormentó, no escuché nada más.
Ya no había agua, ni cielo, ni espacio. Sola cargaba el silencio de un niño y hacía tierra bajo el contacto de mis pies. Mis dedos en la tierra húmeda, en las hojas secas. Y llegué a casa; a una casa, cerré la puerta. En un movimiento de rotación el felino amenazaba dos puertas y cada ventana; marcó el día y la noche. Aumentó la tensión, el miedo; ahogó mis esperanzas, mis dudas, mi seguridad. Me esperó pacientemente. Subió sus patas al borde de una ventana en la puerta y me observó. La pantera negra cavó un agujero en la pared lateral tocando el piso. Me decidí ciega por la desesperación y las lágrimas. Salí y finalmente la alimenté. Guardé en mi memoria su mirada.
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