El cementerio de la Recoleta visto desde arriba parece un vecindario miniatura. Pequeños palacios uno al lado del otro. Piezas arquitectónicas, silenciosas y erosionadas por el implacable paso del tiempo.
Luego de las cotidianas palizas, me arrastraba hacia allí dolorido. Papá caía rendido por la borrachera y el cansancio. Comparado con el ambiente en casa, el cementerio era un lugar feliz. Así que solía colarme allí por las noches.
Una noche descansaba en un mausoleo antiguo. Sobre mi había un ventanal que daba al cielo desnudo.
La temperatura bajó y de pronto me sentí cansado. Delante mío, desde el suelo una sombra comenzó a emerger, expandirse y a tomar forma. Dos ojos de fuego surgieron de la oscuridad. Su mirada violó la intimidad de mis pensamientos. Mis experiencias, mi vida, mis recuerdos, todo le pertenecía.
Mi vida ya no era vida, ni era mía.
Hablaba en mi mente. Entendía mi dolor, sus palabras me acunaban. Prometía otorgarme la fuerza para cambiar mi destino. Y se lo pedí, lo rogué, terminé suplicando por su regalo.
Vaya que lo hizo, se abalanzo sobre mi cuello extendido. Sin haberlo notado, flotaba en el aire mientras él succionaba mi esencia y la vitalidad abandonaba mi cuerpo.
Cuando terminó se arremangó. Su brazo extendido brillaba azulado bajo la luna. Hizo una pequeña incisión con sus garras y sentí como su sangre caía espesa y fresca sobre mis labios. Al principió el sabor metálico me dio asco. Pero luego bebí con ansias, hasta ahogarme. Acercó la herida a mis labios y succioné con fuerza.
Hasta que extasiado me desplomé inconsciente.
Desperté y me incorporé en el suelo de la cripta. El maestro seguía allí, tenía en mi la mirada fija. -"Hace mucho tiempo te sigo y veo tu pesar, viviste en la oscuridad, ahora eres oscuridad"- Dijo en mi mente.
Todavía guardo los recortes del periódico de esa noche. Los forenses jamás pudieron explicar que sucedió. Volé la puerta de una patada y entre. Lo último que vio mi padre fue como un torbellino hecho de garras y dientes comenzaba a desmembrarlo.