Antes de estos tiempos
mi memoria era
un ciberespacio despistado
conduciéndome por mundos imposibles
que algunos insolentes llamaban simplemente
pajaritos preñados.
Cada hipervínculo
me llevaba a los reinos
que mi omnipotencia invocaba
para que funcionaran
según mis conveniencias.
Fue así como puse a luchar
a Don Quijote de La Mancha
contra unos héroes holográficos de explosivos colores
que no pudieron descifrar el hilo
de su discurso porque los códigos binarios
nunca aprendieron a soñar.
El Ingenioso Hidalgo, después de apagar sus arbitrarias luces,
los dejó vagando dentro de un link anacrónico
cuya contraseña quedó perdida en los vaivenes
de sus locuras…
Ahora, en esta cotidianidad virtual,
mi memoria se acostumbró a seguir los senderos
que le sugiere una lógica sin lógica
que desemboca en cualquier lado,
menos adonde queríamos llegar.
Por eso el noble caballero
no se atreve a salir a desfacer entuertos.
Las aventuras perdieron su encanto
cuando los caminos del pensamiento
se dejaron amarrar
por las sogas implacables que lanza
el insaciable universo virtual.