Aquel verano fue diferente a los demás. El suceso no fue algo totalmente inesperado, sin embargo, todo el mundo rezó para que no sucediera. Ese verano, luego de años de lento frenar, el planeta prácticamente detuvo su rotación. No parecía girar, sobre su eje, alrededor del sol. Y, como la luna, siempre le mostraba la misma cara al astro rey. Desde entonces se marcó la diferencia entre “la era del movimiento y la inmóvil”, ya que fue como si en realidad, se hubiera detenido. De pronto más del noventa por ciento de lo que eran los continentes europeo, africano y asiático quedaron en la cara oculta del planeta; y la otra zona, bajo el brillo eterno del sol. La comunidad científica se había dividido en dos grupos intrínsecamente unidos en su objetivo. El primero buscaba la solución al frenado del planeta y el segundo a la, o las, causas del suceso. Pero ninguno ha dado con una respuesta. No creo necesario decir que el número de víctimas fue altísimo. Sin embargo, gracias a la Unión Global de Jefes de Estados, no fue mayor la cifra. La humanidad, nunca antes se había visto unida por un único enemigo, y en este caso, el enemigo fue su propia extinción.
Pasó un año luego del frenado y se probó una vez más que somos una raza de supervivientes. Poco a poco la población se adaptó al nuevo escenario; aunque, no se resignó o dejó de tratar de recuperar el movimiento. Las secuelas heredadas por el cese de rotación fueron innumerables, y casi todos –humanos, plantas, animales e infraestructuras– las sufrieron en de forma diferente. A tres generaciones y media de distancia, ya casi se había perdido por completo el ansia de recuperar un movimiento que nadie conocía. Pocos nostálgicos, mantenían laboratorios y ONGs dedicadas a la investigación. Estas, llevadas en su mayoría por jóvenes que desconocían aquella sensación cinética que buscaban.
El mundo cambió por completo en su geografía. Al menos eso dicen los científicos y viejos textos que he leído. Ahora en vez de cuatro continentes, solo tenemos uno “El Anillo” a todo lo largo de la línea ecuatorial, custodiado por dos mega océanos a ambos lados. Aunque trascendental, ese no fue el único cambio, también lo hizo en cuanto a núcleos poblacionales y políticos sociales, divididos en tres zonas. La zona iluminada se encontraba prácticamente deshabitada… si la comparábamos con la oculta. Pocas familias, exiliados o prófugos la habitaban. Subsistiendo como podían, aunque le mayor parte vivía de los campos de paneles solares y molinos de viento que suministraban la energía para la zona oscura. La zona de la diversión, las grandes industrias y la noche y fiesta eterna. Decían que era Las Vegas de la era del movimiento, hecha un continente. A los habitantes de esa zona, les decíamos, despectivamente: los pingüinos. Por sus trajes caros y vivir en el frío. No sé a quién se le ocurrió eso, pero fue un genio. Lo que ellos gastaban en calefacción e iluminación allí, lo consumían en aire acondicionado al otro lado. ¿Y dónde estaba yo? Justo en una de las dos zonas donde no había ni sol ni sombra. Sino una perpetua penumbra que cegaba a cuanta persona llegara a esas dos franjas del planeta. Sobre todo, a los que tenían problemas en la vista. Esos lo sufrían más. Los habitantes de las islas y continente de esas dos zonas en penumbra del Nuevo Pacífico Norte o Atlántico Sur, teníamos que andar con espejuelos especiales siempre que estuviéramos al aire libre. No había suficiente luz solar para descongelar ciertas zonas del océano o ríos, o para cargar eficientemente los paneles solares. Y sí frío como para de dejar de vivir abrigados. Es algo complicado de explicar. Habría que vivir allí para entenderlo. Un clima e iluminación incómoda en todo sentido; esa es la definición más precisa. Éramos un centro de rehabilitación, o vacacional, cuando más. Dónde vivíamos de las sobras de la zona oscura. Mira que los odiábamos. O al menos yo. Venían cuando querían “salir de su agitada vida” y descansar en climas más cálidos y tranquilos. ¿Por qué no se iban buscar calor a las zonas iluminadas, señores pingüinos? Esa fue una de las razones –aunque no la principal– por la que decidí… y como decían en la era del movimiento: denme una palanca y moveré al mundo. Creo que lo decía un tal Arquímedes o algo. Algún loco de la historia de la zona iluminada. Eso es lo que intentaría. Yo, Nick, N. Ames, dedicaré mi vida a mover, de alguna manera, este mundo. Aunque en ello me jugara la vida. Al menos, una de ellas.
Y quiero decir… que por poco consigo moverlo.
¿Qué tal les parece este incio de novela?
