Caminamos entre la niebla. Avanzar se torna difícil. Cada paso pesa. Nos encontramos sin aliento, y aquí es donde te preguntas: "¿es esto vivir?" Quieres arrojarte al vacío. Quieres desesperadamente detenerte y quedarte allí, como ese árbol milenario enraizado con infinitas raíces en el fondo de la tierra.
No nos queda otra alternativa. En las noches nos cobijamos como podemos. Durante el día las marchas son inacabables. A veces tenemos que escondernos. El suplicio inicia con el primer suspiro del día.
Nos aseguran que llegaremos a nuestro paraíso prometido. Nos aseguran que todo este dolor valdrá la pena. Yo pienso en los que dejé atrás, en mi mamá con su sonrisa carismática que me rogó que no me fuera. Yo le aseguré que esto era por nuestro bien, que cuando llegara allá ayudaría para que las cosas en casa mejoraran.
Por eso estoy en esta larga marcha, pero ese sueño que tanto anhelo se ve distante. No quiero inquietar a mi familia, así que les escribo cada cierto tiempo, cuando encontramos algo de señal. Seguimos las instrucciones porque "el que no siga las reglas se queda en el camino".
Ya han sido varios que se han quedado, y no los podemos llorar porque la marcha sigue. Recogemos lo que nos sirve, una cobija, un par de zapatos o ropa, todo aquello que nos pueda ser útil para el camino.
Esta no era mi intención, no era mi idea marcharme. Yo antes estudiaba y trabajaba. Tenía buenas notas en la universidad, hasta que la cerraron. Entonces me dediqué a ganarme la vida lo mejor que podía, pero ya las cosas se estaban poniendo muy difícil.
Si supiera por todo lo que he pasado, las noches sin dormir, las fiebres, el hambre, las ampollas en los pies... sé que no me entiende. Sé que no le importa lo que le digo. Usted solo hace su trabajo aunque eso supone destruir mi sueño.
Regresar a casa no es una opción, para empezar porque ya no tengo casa, ya no tengo algo que pueda ser llamado hogar desde que detuvieron a mis padres. Esto es lo único que me queda. Y si me regresan, lo volveré a intentar.