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Lentamente el día se va agotando,
como el obrero al final de la jornada,
que al compás de sus cansados pasos,
va dejando atrás sus débiles huellas
en una estela rojiza en el firmamento
absorbida rápidamente por la noche.
Cómo quisiera volver sentir la lluvia
y mojar en agua bendita esta soledad,
lavar las penas acumuladas del alma
que se han negado a desaparecer,
y ver florecer los retoños de la vida,
con dulces capullos de sabor a miel.
Ah,
que dulce es la vida
cuando se tiene agua y miel.
Confesaré que tengo una estrella,
que alumbra en medio de mi oscuridad;
cuyo parpadeo es como un tierno guiño
que señala el camino por donde andar,
me muestra la belleza de su paisaje
y me acompaña en el transitar.
Cómo no ver lo mejor de la vida
y saborear el néctar de la existencia
cuando se tiene la plena certeza
de que su tierna mano te sostiene,
sus firmes pasos te orientan,
y su dulce voz susurra en tus oídos:
Ven, ven conmigo
y déjate seducir por la vida;
tengo el agua de la lluvia y de la flor la miel.
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--Texto de mi autoría E.Rivera--