Con motivo del día internacional de la poesía, me he sumado con este poema en prosa que refleja el estado anímico ante un movido mes de cambios que proyecta su sombra sobre el venidero abril, pero que pareciera no querer terminar.
Marzo, querido y extraño mes que se arrastra por el calendario con paso lento y lastimero, como queriendo detener el tiempo en un interminable y eterno ahora.
El firmamento que lo cobija, aún con trazas del cielo decembrino, se niega a sucumbir, manteniendo en su centro las constelaciones de Orión, Tauro, Pléyades, los Canes y Géminis abandonando el sur.
Los astros me miran fijamente, susurrando con un fraseo triste una especie de despedida, pero al instante comienzan a conversar conmigo, como quien no se quiere ir.
Venus, fiel compañera del sol, ocultándose en el horizonte, mueve sus cadera sobre las montañas en una danza sensual, prometiendo volver a mí el próximo año.
La lúnula creciente -apenas asomándose tímidamente- me hace un guiño cómplice como testigo silente de mis penas y mis soledades.
Mientras que Júpiter al centro, inmenso y radiente, triangulado con Polux y Castor, me grita con voz de trueno y autoridad, que no sea cobarde y que tome las riendas de mi destino.
Este hermoso cielo estrellado de marzo me habla, me danza y me grita; pero yo, aletargado y distante, solo lo miro pasar despacio y redundante de oriente a occidente.
Mañana volverá mi cielo, quizá entonces sin Venus, pero definitivamente resistiéndose a darle paso a las constelaciones de Escorpio, Sagitario y La Cruz de Mayo.
Una noche más, un días más y aún seguimos en marzo.