Saludos 👋 comunidad Literatos.
Aquí les comparto un relato breve que escribí sobre el amor, la memoria y esas presencias que elegimos conservar. Espero que les guste.
Julia preparó la cena para dos, como cada viernes: la receta de lasaña de su abuela, velas, el vino tinto que tanto le gustaba a Tomás. Todo perfecto, como un ritual sagrado.
A las ocho en punto, sonaron los tres golpes suaves en la puerta. Al abrir, él estaba allí. Tomás. Sonriente, con un ramo de lilas blancas.
"Huelo la lasaña, amor. Nadie la hace como tú", dijo, entrando como si el tiempo no hubiera pasado.
Julia sirvió el vino. Tomás brindó, sus ojos brillando a la luz de las velas.
"Por nuestros viernes. Siguen siendo lo mejor de mi semana."
Fue al dar el primer bocado, con el sabor del tomate y la bechamel explotando en su paladar, cuando el recuerdo la golpeó con la fuerza de un tren desbocado: Tomás había muerto. Un accidente en la autopista, un viernes lluvioso, hacía justo un año.
Dejó el tenedor. Lo miró. Él seguía comiendo, comentando lo bien que había quedado la masa.
Un año. Un año de entierro, de lápida, de lágrimas que empapaban la almohada.
Y sin embargo, ahí estaba. Tan sólido como el cristal de su copa. Tan real como el sabor a hierbas en su boca.
Una calma extraña, fría y profunda, se apoderó de Julia. No era miedo. Era algo más devastador: la rendición.
¿Importaba realmente la frontera entre lo vivo y lo muerto, si el amor sabía atravesarla con la puntualidad de un amante fiel?
Una sonrisa lenta, casi de complicidad, se dibujó en sus labios. Alzó su copa.
"Por nuestros viernes, Tomás", susurró.
Y le llenó la copa de nuevo.
Después de todo, la lasaña estaba deliciosa, y algunos lazos no se rompen, solo se transforman en presencias que elegimos seguir alimentando.
✨ Reflexión ✨
A veces, la memoria no es un archivo, sino un acto de creación. Y el amor, el más poderoso de los artistas, es capaz de esculpir en el vacío una presencia tan vívida y necesaria, que la verdad deja de ser un hecho para convertirse en una eleccion.