La Cosecha de Éter
Afuera, el mundo creía que la "Plaga de Mariposas" era una broma mediática, algún tipo de video generado por IA en China o Corea, o tal vez un error de clasificación. Elías sabía que el error había sido suyo. Elías para los amigos; el Dr. E. Torres en los informes. Y la clasificación era la clave. No eran mariposas: eran coleópteros. Escarabajos. Y no estaban evolucionando, estaban siendo reensamblados.
El Dr. Elías Torres se frotó las sienes con cansancio, dejando una mancha oscura sobre el borde de sus lentes de seguridad. Llevaba setenta y dos horas en el laboratorio de confinamiento.
En la mesa de disección, bajo la luz azul de la campana extractora, yacía uno de los especímenes capturados: una mantis religiosa de un verde vibrante e irreal, de casi medio metro de largo. Sus ojos facetados, normalmente oscuros, refulgían con un brillo amarillo enfermizo.
Elías encendió el microscopio de alta potencia y deslizó una muestra tomada de las alas membranosas del insecto. Incluso después de haberlo visto docenas de veces, le heló la sangre: la quitina no estaba compuesta por la matriz proteica habitual. Estaba entretejida con filamentos de un material que solo pudo describir como polímero sintético. —Hibridacion —murmuró Elías para sí. No era evolución natural. El zumbido se intensificó, y esta vez sí pudo percibirlo con el oído, venía de la pared de contención. Elías se giró. Las paredes de acero reforzado presentaban una grieta, fina como un cabello, de la cual emanaba un polvo metálico y brillante.
Meses atrás, él había desarrollado un químico inocuo diseñado para que los microplásticos se convirtieran en material biológico, alimento para insectos, micorrizas y toda la fauna que habita bajo nuestros pies.
—Es el maldito Éter —jadeó, retrocediendo.
Elías había llamado "Éter" a su invento para irrigar el suelo experimental de la granja abandonada. El compuesto debía optimizar la biomasa agrícola. El experimento buscaba alimentar insectos y microflora bacteriana que, al final, enriquecerían los suelos, dándole una segunda vida a tierras cansadas y estériles.
El zumbido se convirtió en un bramido constante, un taladro sónico que hacía temblar los frascos. Del techo, colgando de una baba espesa.
Era un tábano, pero del tamaño de un perro pequeño. Sus alas, aleteando con una velocidad que cortaba el aire con un sonido seco, amplificaban el zumbido hasta hacerlo insoportable. Su aguijón, grueso y curvado, goteaba un líquido negro y aceitoso.
La mantis sobre la mesa se agitó; sus patas delanteras se levantaron como cuchillos. Elías tomó un bidón de líquido corrosivo, el último recurso de bioconfinamiento, y lo esparció inútilmente. El problema era que el ácido estaba diseñado para corroer material biológico, no plástico.
El tábano aterrizó sobre la mantis. Era una hembra, uso sus fuertes mandíbulas para quebrar el exoesqueleto de la mantis deposito su saliva un poderoso anticoagulante en un segundo, la mantis quedó reducida a una cáscara hueca y seca. El tábano había extraído todos los fluidos.
El zumbido alcanzó un pico ensordecedor. El tábano saltó de la mesa, moviéndose con una antinatural precisión geométrica. No atacaba a ciegas: ejecutaba un cálculo perfecto. Típico de los insectos. Elías intentó correr hacia la puerta de confinamiento, pero el zumbido le nubló los sentidos. Cayó de rodillas, con las manos sobre las orejas. La vibración le anestesió las extremidades. Solo pudo mirar hacia arriba, paralizado. El aguijón oscuro del tábano descendió. Insertó su ovipositor en el abdomen de Elías. El doctor se veía en los ojos del insecto. No sintió dolor. Se quedó paralizado, pero consciente. Vivo. Se fue adormeciendo. Todo se oscureció.
Al despertar, se sintió mareado. La piel ardía y la picazón bajo ella era insoportable. La miasis furuncular ya se había desarrollado. Los gusanos eran tan grandes que le impedían mover el cuerpo. Por momentos se sintió perdido. —¿Dónde estoy? —susurró, con voz espesa, producto de la deshidratación.
La inflamación era tal que apenas podía abrir los ojos. Con mucho esfuerzo, logró ver los furúnculos. Miró a su alrededor. Vio la mesa donde yacía el cuerpo seco del coleóptero. Buscó al tábano, pero solo encontró soledad. Flashes poderosos le vinieron a la mente: el tábano, la picadura. Entendió la situación. Como pudo, logró girarse y, tras arrastrarse, se recostó contra una mesa metálica. A su lado, el bidón de ácido, pensado para la contención biológica. Lo destapó y dejó caer el contenido sobre sí mismo.
Morir así, pensó, sería más humano que ser devorado lentamente por los gusanos, suerte que sabia otros humanos no tendrán, ahora que sentía el zumbido, lento constantes, debajo de su piel.