La Caída
Capítulo 1.1
Miré sobre mi hombro, recto, como quien busca un insecto caminando en él. Observé detenidamente, sin ver nada fuera de lo normal, aunque la sensación seguía allí. Agudizar la vista acentuó mi oído, dominando mi atención por completo. Escuché, a lo lejos, pasos pesados, como botas hundiéndose en el fango.
Mis sentidos se mezclaron en uno, haciéndome sentir como un depredador… solo para descubrir que era la presa. Me resentía como un conejo en la mira del cazador. Los pasos seguían ahí.
¡Poff! ¡Poff! Uno tras otro, rítmicos, repetitivos. Pof… pof… pof… El sonido desagradable e hipnótico me llevó a un estado paranoico.
Mientras los pasos se apresuraban, ya no quedaba duda, salvo la de quién —o qué— me perseguía. Las luces tenues de los candiles públicos bañaban la húmeda vereda como la luna llena deposita sus destellos sobre un sendero amazónico. La vereda reflejaba las paredes altas de casas sin puertas ni ventanas, nacidas de los cortes del camino. Una secuencia inalterable, un sinfín de fachadas multicolor, una tras otra, como un carrusel infinito.
Pof… pof… pof…
Los pasos se aceleraban. Todo ese conjunto resultaba agobiante. ¿Final? Simplemente no se veía. La claustrofobia era la palabra que me acompañaba en ese camino constante.
Sin perder el paso, seguí adelante. Una marcha continua, lenta, con alma de carrera. Caminaba sin poder avanzar. Todo era como una cinta caminadora: por más que me moviera, seguía en el mismo lugar. Corría desesperado, siempre en el mismo sitio.
Pof… pof… pof…
Perseguido por algo que me erizaba la piel, que hacía que un calambre subcutáneo recorriera todo mi cuerpo, dándole ese toque de frío espantoso y tenebroso.
Una gota de sudor se reunió en la base de mi oreja y recorrió mi espalda. Eso estaba por llegar, por poner su mano en mi hombro.
Pof… pof… pof… pof…
Mi instinto más primitivo tomó el control. Me empujó a correr más rápido de lo que podía. Las paredes y el piso, como un todo, me envolvían en un torbellino veloz, en sentido contrario a mi penosa huida. Dejé atrás la lógica y la razón, actuando solo por impulso, justo después de voltear mis sentidos y cada parte de mi cuerpo. Lo hice. Me volteé tan rápido que todo se detuvo, como si el mundo necesitara reorganizar su sentido. Y yo… lo que sentí fue un fuerte golpe. Desperté sobresaltado en mi cama. Mi pecho subía y bajaba como si hubiera corrido kilómetros. Estaba empapado en sudor, jadeando, con los músculos tensos y el corazón golpeando como un tambor de guerra. Me senté al borde de la cama, intentando recuperar el aliento. La habitación era la mía, pero no se sentía como tal. Todo parecía más oscuro, más pesado. Me llevé las manos al rostro. No había descanso. Solo el eco de los pasos aún resonando en mi cabeza.
Pof… pof… pof… Y entonces, silencio.
Capítulo 1.2
La desagradable e hipnótica cadencia de las pisadas me arrastró a un estado de paranoia. Los pasos se apresuraban, solo me quedaba una duda: ¿quién o qué me estaba persiguiendo?
Las tenues luces de los faroles públicos bañaban la vereda húmeda, como si la luz de una luna llena se depositara sobre un sendero amazónico. En el reflejo de la vereda se alzaban las paredes altas de casas sin puertas ni ventanas, naciendo directamente de los cortes del camino. Era una secuencia inalterable, un sinfín de fachadas multicolores, una tras otra, como un carrusel que se repite infinitamente.
¡Pof! ¡Pof! ¡Pof!
Los pasos se seguían apresurando. Todo ese conjunto era agobiante. ¿Qué final tenía? Simplemente, no se le veía. Claustrofobia, esa era la palabra que me acompañaba en ese camino constante. Sin perder el ritmo, seguía adelante. Una marcha continua, lenta, pero con alma de carrera. Caminaba sin poder avanzar. Todo era como una cinta caminadora; camino y sigo en el mismo lugar. No importaba lo rápido que lo hiciera o el ritmo de mis pasos, estaba corriendo desesperado, siempre en el mismo lugar.
¡Pof!... ¡Pof!... ¡Pof!...
Me perseguía algo que me ponía la piel de gallina, que hacía que un pequeño calambre subcutáneo recorriera toda mi piel, erizándola y dándole ese toque de frío espantoso y tenebroso. Una gota de sudor logró reunirse en la base de mi oreja y recorrió mi espalda. Eso estaba por llegar, por poner su mano en mi hombro.
¡Pof!... ¡Pof!... ¡Pof!... ¡Pof!...
Mi instinto más primitivo salió a dominar todas mis acciones, empujándome a correr aún más rápido de lo que podía. Las paredes y el piso, como un todo, me envolvieron en un torbellino muy veloz, yendo en sentido contrario a mi penosa huida. Dejé de lado toda lógica y razón, actuando solo por impulso, justo después de voltear mis sentidos y cada parte de mi cuerpo.
Lo hice. Me volteé tan rápido que todo se detuvo para reorganizar su sentido, y lo que sentí fue un fuerte golpe justo al despertarme, sobresaltado en mi cama.
Miré sobre mi hombro, recto, como quien busca un insecto caminando en él. Observé detenidamente, sin ver nada fuera de lo normal, aunque la sensación seguía allí. Agudizar la vista acentuó mi oído, dominando mi atención por completo. Escuché, a lo lejos, pasos pesados, como botas hundiéndose en el fango.
Mis sentidos se mezclaron en uno, haciéndome sentir como un depredador… solo para descubrir que era la presa. Me resentía como un conejo en la mira del cazador. Los pasos seguían ahí.
¡Poff! ¡Poff! Uno tras otro, rítmicos, repetitivos. Pof… pof… pof… El sonido desagradable e hipnótico me llevó a un estado paranoico.
los pasos se apresuraban, ya no quedaba duda, salvo la de quién —o qué— me perseguía. Las luces tenues de los candiles públicos bañaban la húmeda vereda como la luna llena deposita sus destellos sobre un sendero amazónico. La vereda reflejaba las paredes altas de casas sin puertas ni ventanas, nacidas de los cortes del camino. Una secuencia inalterable, un sinfín de fachadas multicolor, una tras otra, como un carrusel infinito.
Pof… pof… pof…Los pasos se aceleraban. Todo ese conjunto resultaba agobiante. ¿Final? Simplemente no se veía. La claustrofobia era la palabra que me acompañaba en ese camino constante.
Seguí adelante. Una marcha continua, lenta, con alma de carrera. Caminaba sin poder avanzar. Todo era como una cinta caminadora: por más que me moviera, seguía en el mismo lugar. Corría desesperado, siempre en el mismo sitio. Pof… pof… pof… Perseguido por algo que me erizaba la piel, que hacía que un calambre subcutáneo recorriera todo mi cuerpo, dándole ese toque de frío espantoso y tenebroso.
Una gota de sudor se reunió en la base de mi oreja y recorrió mi espalda. Eso estaba por llegar, por poner su mano en mi hombro.
Pof… pof… pof… pof…
Mi instinto más primitivo tomó el control. Me empujó a correr más rápido de lo que podía. Las paredes y el piso, como un todo, me envolvían en un torbellino veloz, en sentido contrario a mi penosa huida. Dejé atrás la lógica y la razón, actuando solo por impulso, justo después de voltear mis sentidos y cada parte de mi cuerpo.
Lo hice. Me volteé tan rápido que todo se detuvo para reorganizar su sentido. Pero no hubo revelación. No hubo rostro. Solo un golpe seco, como si el mundo me hubiera arrojado contra sí mismo. Desperté sobresaltado en mi cama. Mi pecho subía y bajaba como si hubiera corrido kilómetros. Estaba empapado en sudor, jadeando, con los músculos tensos y el corazón golpeando como un tambor de guerra. Me senté al borde de la cama, intentando recuperar el aliento. La habitación era la mía, pero no se sentía como tal. Todo parecía más oscuro, más pesado. El silencio era absoluto, pero no ofrecía paz. Era un silencio que gritaba. Me llevé las manos al rostro. No había descanso. Solo el eco de los pasos aún resonando en mi cabeza. Pof… pof… pof… no hubo revelación. No hubo rostro. Solo un golpe seco, como si el mundo me hubiera arrojado contra sí mismo. Desperté sobresaltado en mi cama.
Siguiente parte para el próximo viernes