Siempre supe que lo era desde el primer momento en que lo vi. Pequeño, indefenso, envuelto en una manta azul con ositos. Su piel era tan suave que temí romperla al sostenerlo. Pasé noches enteras velando su sueño, alimentándolo, protegiéndolo de cualquier daño. Crecí con él, aprendí con él. Mis mejores años se fueron en verlo convertirse en persona.
Esta mañana, mientras tomaba café, me dijo que se iba. Que había conocido a alguien. Que era el amor de su vida.
Sonreí, asentí, apreté la taza para que no notara que me temblaban las manos. Le ayudé a hacer las maletas. Le di un beso en la frente cuando cruzó la puerta.
Ahora estoy aquí, sentada en su habitación vacía, respirando el olor que dejó en las paredes. Y pienso en todas las cosas que nunca le dije. En cómo fui yo quien le enseñó a dar los primeros pasos hacia otros brazos. En cómo el primer amor de uno nunca es correspondido.
Porque una madre ama siempre un poquito más.
Créditos: Las fotos son de mi propiedad.