Hoy no era un día cualquiera. Hacía exactamente un año que había apagado el ordenador por última vez, que había guardado en un cajón la agenda de piel y el estrés de los informes. Un año desde que aquel "Gracias por tu dedicación" resonó en un salón de actos vacío, mientras yo sentía que me despojaban de un traje que había llevado durante cuatro décadas.
Los primeros meses fueron un mar sin orillas. Demasiado silencio, demasiado tiempo para pensar en lo que ya no era. Pero poco a poco, fui descubriendo pequeños placeres olvidados: la siesta sin culpa, las tardes de lecturas perezosas, el lujo de no mirar el reloj.
Y ahora, un año después, quería brindar. No con champán, sino con café. El mismo café que durante años fue mi combustible, mi cómplice en madrugadas de informes, mi excusa para una pausa de cinco minutos.
Levanté mi taza y la acerqué a la taza vacía. Chocaron con un tintineo suave, casi íntimo.
—Por nosotras —susurré—. Por la que fui y por la que estoy aprendiendo a ser.
El café estaba caliente, con ese punto justo de amargor que siempre me ha gustado. Al beberlo, supe que el brindis no era solo por los 365 días sin despertador. Era por la paz que había llegado sin avisar, por las mañanas sin prisa, por el lujo de poder dedicar un año entero a recordar quién era cuando no estaba trabajando.
La taza vacía seguía allí, testigo mudo de mi pequeña celebración. Un símbolo de todo lo que dejé atrás para brindar, al fin, conmigo misma.
Crédito: La foto es de mi propiedad hecha con mi teléfono Samsung Galaxy.