¡Hola a todos! Hoy quiero compartir un cuento de misterio/terror que hice. ¡Espero que les guste!
La Invitación
Después de todos los problemas que había tenido, la invitación de sus amigos les cayó como un regalo del cielo. Elena era consciente de que si Miguel y ella querían salvar su matrimonio necesitaban pasar juntos más tiempo. ¡Y lo necesitaban con urgencia! El trabajo los había separado… a eso había que echarle la culpa. Su hermana, Rocío, no había tenido nada que ver, pensaba tratando de ver mejor el panorama aterrador que se le presentaba. Miguel se había sentido solo y ella se había peleado con su marido, eso era todo, no había habido nada más profundo. Él se lo había asegurado. Le prometió alejarse y cambiar. Elena lo había perdonado o eso le gustaba pensar, sin embargo todavía le costaba pensar que había perdonado la traición de su hermana.
El correo electrónico que recibieron de sus amigos, Carla y Jorge, les cambió el humor. La pareja les invitaba a pasar el verano en una cabaña junto a un lago, un lugar donde habían compartido muchos buenos momentos en el pasado, cuando eran jóvenes y no tenían obligaciones. Hacía mucho tiempo que no sabían nada de ellos, por lo que la perspectiva de verlos los emocionó. Además, la idea de relajarse y disfrutar del verano en aquel solitario lugar les daría la oportunidad de curar las heridas y fortalecer su vínculo perdido.
Al llegar al lago, luego de un largo viaje, la belleza del paisaje les dejó sin aliento. Los árboles altos que rodeaban el espejo de cristal y el murmullo de las abejas les dio la bienvenida.
—¡Qué hermoso! ¡Qué paz se respira aquí! —exclamó Elena, mientras bajaba del auto. Su esposo no dijo nada, pero asintió con la cabeza.
En la cabaña algo no parecía estar bien. El lugar estaba en silencio y, al tocar la bocina del auto, nadie salió a recibirlos. Miguel miró a su esposa un poco confundido.
—¿Dónde estarán Carla y Jorge? —preguntó y, dando un rodea, añadió—: No veo su camioneta, el garaje está vacío.
Elena se acercó a la entrada de la cabaña y abrió la puerta.
—¡Está abierta! —exclamó sorprendida.
Llamó y gritó los nombres de sus amigos, pero no hubo respuesta. Decidieron entrar. La cabaña estaba igual a cómo la recordaban: una gran sala con una chimenea en el centro, una cocina acogedora y dos habitaciones pequeñas.
—Quizás fueron a comprar algo de comida e hicieron una parada en el camino —sugirió Miguel, intentando calmar el nerviosismo que se había apoderado de Elena.
Poco a poco la tarde pasó, se convirtió en noche y todavía no había señales de sus amigos. Decidieron cocinar algo para cenar, pero cuando estaban por servir la comida, oyeron un ruido en el exterior. Ambos se asomaron por la ventana y vieron una familia en la orilla del lago. Una pareja y dos niños pequeños estaban jugando y riendo.
—No sabía que hubiera vecinos cerca. La última vez que vinimos estábamos solos.
—Deben ser nuevos, pasó ya mucho tiempo —opinó Miguel—. Deberíamos preguntarles si han visto a nuestros amigos.
Salieron de la cabaña y se acercaron a la familia, luego se presentaron y preguntaron sobre Carla y Jorge. El hombre respondió que no conocían a ninguno de los dos, ya que era la primera vez que iban por allí. Miguel y Elena se miraron, frustrados y confundidos.
—¿Están alquilando cerca?
—Sí, la cabaña del bosque —respondió la mujer con una sonrisa, era muy joven y Elena notó que estaba muy nerviosa.
Miró a su esposo, frunciendo el ceño. No recordaba ninguna otra cabaña aparte de la que ellos ocupaban.
—¿Están hace mucho tiempo aquí? —preguntó Miguel.
—Llegamos esta tarde —dijo el sujeto, mientras acariciaba la cabeza de uno de los niños—. Estamos aquí de vacaciones.
Ambos se despidieron y volvieron a la cabaña, les esperaba una cena fría. Elena tomó los platos y los calentó en el microondas.
—Esto es raro —murmuró, mirando el brillo de la luz de un farol reflejada en el agua—. ¿Dónde están nuestros amigos?
—¿Se habrán equivocado de día? Capaz que aparecen mañana.
Decidieron tratar de comunicarse otra vez con Carla y Jorge. Sin embargo, fue en vano, la señal del celular era prácticamente inexistente. Elena se inquietó mucho.
—Tranquila —le dijo su esposo, mientras la abrazaba por la cintura—. Mañana aparecerán con una loca excusa, como siempre.
Cenaron y poco después decidieron preparar una de las habitaciones para dormir. Encontraron sábanas y mantas en un armario, llenas de polvo, como si hubieran estado allí durante años sin que nadie se acordara de ellas. Elena tosió al quitarles el polvo y recordó que toda la cabaña había estado tapizada de él. Entonces descartó la idea que se había arraigado en su mente esa misma mañana, de que sus amigos habían llegado a la cabaña y habían salido luego a comprar algo. No obstante, ¿por qué estaba la puerta abierta si ellos nunca habían estado allí? Algo no andaba bien, concluyó. El ambiente se sentía extraño.
Luego de lavar los platos e ir a acostarse, la mujer descubrió que Miguel ya se había dormido. Se llevó una decepción, la noche ardiente que se había imaginado junto a su esposo tuvo que postergarse en su pensamiento. Le costó dormirse, el sueño la había abandonado mientras pensaba si Miguel no estaría soñando con Rocío. Incómoda en aquel lugar extraño y herida por todo lo que había pasado, decidió que tenía que despejar su mente y salió de la cabaña para dar un paseo frente al lago. No pensaba alejarse mucho, el sitio le era conocido pero había pasado tanto tiempo que lo encontraba extraño.
El lago estaba solitario, la familia había desaparecido y sólo se oía la música de los grillos. Encendió un cigarrillo y miró hacia el bosque, por alguna razón le pareció que el lugar se sentía amenazante. Las sombras danzaban lentamente entre los árboles y un escalofrío recorrió su cuerpo. Le dio la espalda y fijó su vista en el lago. Entonces sintió un ruido de pisadas, se sobresaltó y se dio la vuelta. Pensó en Miguel pero no vio a nadie. Sin embargo… ¿había alguien en el bosque? Una sombra se movió entre los árboles cercanos a la cabaña. Confundida rodeó la cabaña hasta la puerta principal, donde no había nadie. Entró a la cabaña, aterrada.
—¡Miguel, Miguel! ¡Hay alguien en el bosque! ¡Vi una sombra! —le dijo a su esposo, despertándolo.
Él la miró con el ceño fruncido y desestimó sus temores.
—Hay muchas sombras en el bosque. Trata de dormir.
Se dio vuelta en la cama y en unos segundos ya roncaba de nuevo. Elena se sintió molesta porque no la había tomado en serio. Estuvo observando por la ventana un tiempo largo, pero como no vio a nadie decidió acostarse.
A la mañana siguiente se despertó cansada y descubrió que su esposo no estaba en la cama. Recordó las sombras en el bosque y tuvo miedo, se levantó de repente. Puso una bata encima de su pijama y salió de la habitación. En la cocina se encontraba Miguel.
—¡Al fin te levantas! Te estaba por llevar el café… Elena miró el reloj que colgaba de una pared y se sorprendió al descubrir que era medio día.
—Casi no dormí anoche.
—¿Por qué?
—¡Por las sombras! ¿Ya lo olvidaste? Tenía miedo de que alguien se metiera en la casa —replicó Elena, mientras se sentaba en la mesa y tomaba la taza de café—. Esa familia que conocimos ayer me pareció extraña. La mujer temblaba mucho, le tenía miedo a algo… ¡Pude verlo en sus ojos! Y ese hombre… tenía algo raro.
—Espera un momento, ¿qué familia? —la detuvo su esposo, con una expresión de perplejidad en su rostro.
—¡La que estaba en el lago! —dijo asombrada.
—Estamos solos aquí, cariño. No hay nadie más —replicó el hombre con un tono extraño.
—¿De qué hablas? Ayer… a la noche… hablamos con ellos. Miguel frunció el ceño y negó con la cabeza.
—No, cariño, nos pasamos todo el tiempo tratando de comunicarnos con nuestros amigos. No había nadie en el lago. Estamos solos.
—Ellos dijeron que estaban alquilando la cabaña del bosque.
—No hay ninguna cabaña en el bosque, bien lo sabes. Ya hemos estado aquí antes… ¡Y muchas veces! ¿No lo recuerdas?
—¡Claro que lo recuerdo! ¡Pero…! —no supo qué decir. Se sentía confundida y aterrada.
Miguel se acercó a ella y le tomó la mano.
—¿Te sientes bien, cariño?
Miró sus ojos oscuros, que brillaban, y retiró su mano súbitamente incómoda. No podía ser… era una broma.
—No es gracioso —le reprochó.
—Deberíamos volver —dijo el hombre, que se veía preocupado.
Elena se levantó de repente y salió de la cabaña. Corrió por el bosque, que no parecía aterrador a la luz de la mañana, hasta que llegó a la carretera. No encontró ninguna cabaña. Su mente era un torbellino, aquellas vacaciones se estaban convirtiendo en una verdadera pesadilla. Cuando volvió, Miguel le puso en la mano una cápsula.
—Tómala, debes estar confundida por no haber dormido anoche.
Elena se dejó llevar, tragó la píldora con un poco de agua y dejó que él la condujera a la habitación.
—Cuando duermas unas horas, te sentirás mejor. Hace tiempo que no puedes dormir.
Tenía razón, su trabajo le demandaba muchas horas y la situación con Rocío la tenía desvelada. Necesitaba dormir… y todo iría bien.
Elena despertó cuando la oscuridad había avanzado por el lago. Sentía la cabeza pesada y sus ideas tardaron en enfocarse. Se dio cuenta de que su esposo no estaba en la cama, al mismo tiempo que sus recuerdos volvían. Sintió miedo. Lo llamó, pero no respondió. Salió de la habitación y descubrió la cabaña vacía. Entonces oyó algo extraño y miró por la ventana que daba al lago, una sombra se movió por allí. Pensando en Miguel, salió. No encontró a nadie.
—¡Qué raro! —exclamó y fue entonces cuando lo oyó… risas en el bosque. Dos niños jugaban cerca.
Se sintió molesta, casi furiosa, ¡claro que la familia existía! No entendía por qué su marido le jugaba aquella desagradable broma. Estaban allí para recuperar su relación y estaba estropeándolo todo. En ese momento, lo vio acercarse con el celular en la mano y le preguntó de mala manera con quién estaba hablado.
—Estoy tratando de comunicarme con nuestros amigos, pero no hay señal… ¿Qué te pasa?
—Sí, claro —replicó con ironía.
Miguel se molestó y comenzaron a pelear. En síntesis, fue una pelea igual a las que ya habían tenido mil veces antes. Los reproches de ella, los de él, todo fue puesto en palabras y los rencores acumulados durante años volvieron a salir.
—¡Se suponía que estas vacaciones eran para unirnos, para reconstruir nuestra relación! ¡Y vienes aquí y, no sólo te la pasas hablando con mi hermana, sino que me juegas estúpidas bromas! ¡Acabo de ver a los niños! ¡¿Acaso no los escuchas reír en el bosque?! Esto se acabó.
—¿Qué niños? ¿De qué estás hablando? —replicó, molesto.
—¡Oh, no te hagas el inocente! Mira sus sombras jugar en el bosque… No puedes decirme que no los oyes reír… Eres patético —le respondió.
—¡No hay niños en el bosque, Elena! No oigo nada, ¡no estás bien!
—No te atrevas a tratarme de loca… No te atrevas —le advirtió, con la voz temblando por la ira.
—Mejor entremos a la cabaña.
Intentó tomarla del codo, pero ella retiró el brazo. En la puerta de la cabaña se le ocurrió llamar a los niños y mostrárselos a su esposo. El juego tenía que terminar, no era gracioso. Sin pensarlo más, se internó en el bosque. Estaba oscuro y casi no veía por dónde pisaba, pero podía oírlos y siguió sus risas. Miguel iba a pagar caro aquello. No obstante, no pudo hallarlos, el sonido le jugaba una mala pasada. Las risas a veces las sentía adelante… a veces detrás de ella, otras la rodeaban. Comenzó a asustarse cuando empezó a ver sombras y empezó a volver sobre sus pasos, hacia la seguridad de la cabaña.
Una figura emergió de repente entre dos árboles. Era un ser que no podía distinguir bien, su forma cambiante reflejaba la oscuridad misma. Aterrorizada, comenzó a correr. Las sombras de los niños parecían perseguirla y las risas estallaban de golpe. Elena comenzó a llorar de terror y a llamar a gritos a Miguel, cuando tropezó con una raíz y cayó al suelo. El barro se le metió por la boca y las hojas se le adhirieron al cabello. Se dio media vuelta, aun sentada en el piso del bosque, cuando volvió a ver la figura. Era alta y delgada, parecía la de una mujer.
En ese momento, apareció su esposo.
—¡Elena, Elena! ¿Qué pasó? ¿Qué haces aquí?
No obstante, la mujer lloraba de terror y solo atinó a aferrarse a él, juntos volvieron a la cabaña. No tuvo paz al entrar, porque seguía escuchando susurros y risas, como si el bosque mismo estuviera vivo y se burlara de ella. Tenía miedo de preguntarle a Miguel si las oía.
—Creo que no estamos solos aquí…
—No, no empieces… No puedo con esto —la interrumpió su esposo, llevándose las manos a la cabeza.
Más tarde, cuando se acostó, aún temblaba de miedo. ¿Qué estaba pasando con su cabeza? No dejaba de pensar, hasta que un fuerte dolor la torturó por unos minutos. Entonces se levantó para tomar el botiquín del baño y sacar un calmante. No llegó al baño, en el umbral de la puerta de la habitación se detuvo, paralizada. Sentada en la silla del comedor estaba Rocío, su hermana. Debido a la oscuridad no pudo ver muy bien sus facciones, pero era ella. Dio un fuerte grito y retrocedió, tropezó con las zapatillas de su marido y cayó al suelo.
—¡Elena! ¿Qué pasa? —preguntó Miguel, mientras prendía la luz de la lámpara.
—¡Es Rocío! ¡Es ella! ¡Nos siguió y se está burlando de mí! ¿No entiendes? ¡Ella está tramando todo esto! —gritó desde el suelo.
—¡No sé de qué hablas!
—¡Está en el comedor…!
—No, no empieces… No, por favor —la interrumpió Miguel, colocando su cabeza entre las manos.
Elena se enfureció y le recordó que no tenía por qué seguir negando su infidelidad, cuando ella misma los había descubierto.
—No, cariño. Se suponía que este viaje era para que la olvidaras. No puedes decirme eso —replicó su esposo, mientras se acercaba a ella y se sentaba a su lado—. ¡Ni siquiera conocí a tu hermana!
—¡¿Qué?! ¿Pero qué estás diciendo?
—Ella falleció antes de conocernos… hace muchos años. ¿No lo recuerdas? —replicó Miguel, con lástima y compasión—. El doctor Suáres nos recomendó tomarnos un tiempo a solas para que pudieras descansar, me aseguró que estarías mejor. Pero esto no está saliendo muy bien. Estás mal, ¿entiendes? Deberíamos consultar juntos con un psiquiatra. Con un poco de medicación y unos meses internada te recuperarás.
Elena no comprendía nada, ¿de qué estaba hablando? ¿Qué médico le había dicho qué? No recordaba ese nombre, no recordaba haber ido a ningún médico, tampoco recordaba que su hermana estuviera muerta. Era una pesadilla, una amarga y aterradora pesadilla. No supo qué pensar, no supo qué decir, se había quedado congelada de terror en el suelo. Miguel la ayudó a levantarse y, con amorosa amabilidad, la acostó en la cama.
—Mañana volveremos e iremos a un psiquiatra, conozco a uno. ¿Quieres?
—Sí, esta bien —dijo, sin siquiera ser consciente de lo que decía.
Elena se durmió, pero en la cabaña no había silencio… susurros provenían del comedor. Se oyó la voz de Miguel hablando:
—Ya está, mañana la internarán y seremos libres…
—¡Oh, qué felicidad! ¿Me amas tanto como yo a ti? —preguntó Rocío, emocionada.
—Por supuesto que sí.
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