La nieve caía sin parar detrás de la ventana de la posada en que Martín se alojaba. Su madre, siempre tan metida en todo, había elegido aquel lugar para sus vacaciones de invierno y él no se pudo oponer. No salía de casa nunca y se sentía un poco culpable por ella y por su trabajo que le llevaba mucho tiempo. Era un pueblo remoto rodeado de densos bosques, un lugar donde las leyendas y misterios parecían crecer entre los árboles; a juzgar por las historias de fantasmas que solía relatar la dueña del lugar. Como en ese momento.
Sus ojos se dirigieron a un grupo de mujeres mayores, una de ellas su madre, que se habían reunido alrededor de Doña Albertina, la dueña. Las mujeres la miraban hipnotizadas, mientras decía:
—…Era una joven preciosa y de blanco vestir, que se suele aparecer ante los turistas en su solitario camino para…
Martín desvió su atención. ¿Por qué todas las historias eran más o menos iguales? La bella joven muerta de vestido blanco estaba muy usada y ya no daba miedo. Lo que daba miedo era aquella nieve que no dejaba de caer. Tendría que pasar todo el día allí encerrado.
No obstante, a medio día dejó de nevar y para la hora de la siesta se arriesgó a dar una caminata por el bosque. Durante su recorrido, atravesó el pueblo, un par de casas abandonadas, un pintoresco cementerio y una muy bonita iglesia. Después de una hora y media, se sentó en un tronco de un árbol caído. Estaba pensando en sus cotidianos problemas cuando escuchó pasos, que se detuvieron de pronto.
—¿Quién anda ahí? —Muy a pesar suyo pensó en la muerta.
No volvió a oír ruido alguno, de todos modos decidió continuar. Estaba por llegar al pueblo cuando tropezó con una muchacha.
—¡Oh, perdón! ¿Estás bien?
Al mirarla a los ojos quedó sorprendido. La misteriosa chica de cabello oscuro y ojos profundos, que parecían brillar en la penumbra del bosque, le sonrió.
—No hay problema. No sabía que venía alguien por aquí. ¿Eres turista?
—Sí, un forastero.
La chica, cuyo nombre era Perla, le sonrió y entablaron una interesante conversación. Mientras lo acompañó hasta la entrada del pueblo.
—Tengo que irme —dijo de pronto—, pero ven a charlar algún día. Este pueblo está lleno de viejos y no me divierto mucho.
Martín le prometió que lo haría. Perla sacó un pequeño trozo de papel y escribió una dirección. Luego desapareció entre las sombras del bosque.
Al día siguiente, Martín decidió ir a ver a su nueva amiga. Siguió los caminos serpenteantes del pueblo hasta llegar a una casa antigua y abandonada. Al acercarse, pudo sentir un escalofrío recorrer su espalda. Pensó en las historias de doña Albertina, pero largó una carcajada. ¡Tonterías! Al acercarse y tocar la puerta, un anciano le recibió con mirada desconfiada.
—¿Buscas a Perla? —preguntó el anciano con voz temblorosa. Luego añadió—. Ella murió hace años.
—No puede ser, señor, la acabo de conocer —replicó, pensando que se burlaba de él.
—No digas mentiras, muchacho. Puedes verla en la iglesia. —dijo y le cerró la puerta en la cara. Con el corazón acelerado, Martín se sintió confundido y asustado, hasta que pensó que trabajaba en la iglesia. Allí se dirigió.
El cura no le hizo preguntas y lo acompañó hasta un hermoso altar, que habían edificado cerca del bosque.
—Perla murió hace diez años y la gente del pueblo cree que ha sido causa de varios milagros —le informó el hombre de sotana.
—¿Una santa? Pero, pero…
La confusión no lo dejó continuar, había allí una foto de la joven descolorida. La tomó en sus manos… ¡Era ella!... Con un grito la dejó caer y huyó del cura, que lo observó sonriente. Mientras el muchacho corría, las carcajadas se sintieron en todo la iglesia. El hombre entró por una puerta lateral y se dirigió hacia una oficina.
—Ana, ¿puedes dejar de hacerte pasar por Perla? Eso asusta a los forasteros.
La hermosa joven de cabello negro lo miró y un pucherito apareció en su boca.
—¡Me aburro tanto en este pueblo!
El cura le dijo que rezara por sus pecados y volvió a sus quehaceres, pensando divertido que la mitad de las historias del pueblo las había inventado Ana. La gente debía idolatrarla tanto como a Perla, ya que traía más turistas que nadie en aquel remoto lugar.
Créditos: las imágenes tienen la fuente debajo y el banner lo creé con Canva y es mi diseño.