La ciudad, al igual que sus habitantes, habla. Siempre que salgo trato de sintonizar su sonido para entenderla un poco más cada vez. A veces esa frecuencia es desafinada, estridente, pletórica de las imprecaciones que hacen entre sí los ciudadanos.
Es cierto.
Pero así mismo siempre hay pequeños gestos que parecen hacerle el contrapeso a las cosas no tan buenas. Gestos que entre todo ese coro desafinado que a veces podemos ser parecen cobrar mayor agudeza, más sonoridad.
Estar en la ciudad es moverse entre epónimos que sirve como pasadizo a nuestra historía. Es volverse un divulgador de la cotidianidad por más que esta se vista de intrascendente.
No es la ultima vez que le escribo a Maracaibo.
Las imágenes no son de mi autoría. Aquí la cuenta del autor .