Recurso
Sobre las cenizas, aún tibias, del inmenso fuego que devastó la llanura, reconstruyeron la mísera comarca y la bautizaron con el nombre de "El Lunar del Llano". Desde la distancia, las ruinas de las casas y los árboles quemados daban esa impresión.
Los habitantes tenían un aspecto cadavérico y sucio; vagaban por los caminos con la tristeza reflejada en sus rostros, en absoluto silencio. Solo había un pozo muy distante que apenas los abastecía para beber y cocinar. De los sembrados podían obtener muy poco. Un anciano con una impresionante barba blanca repetía constantemente:
—Este pueblo está maldito, pero está llegando el día del "MILAGRO", entonces la tierra nos dará sus frutos y retoñará la alegría.
En efecto, habían perdido toda esperanza.
Recurso
La choza donde vivía Pedro Pamo era la última del poblado. Como a él le molestaban hasta las buenas acciones, prefería vivir apartado. Tenía una hija de dieciséis años, a la cual sacó de la escuela antes de tiempo al enterarse de su noviazgo con el hijo de Juan, a quien consideraba su peor enemigo.
Por las noches, en aquel pueblo oscuro, muchos se sentaban en el portal, recostando los taburetes contra los horcones, hasta sentir la presión de Morfeo. Pero la tranquilidad se quebró como un cristal al recibir una pedrada: un jinete nocturno se convirtió en leyenda.
A Pedro le preocupó aún más porque, después de pasar por su casa, el jinete desaparecía. Una tarde, como por descuido, la joven lo escuchó decir que por la noche lo iba a cazar con su escopeta; ella se estremeció, pero no podía contradecirlo ni siquiera darse por enterada. Al anochecer, Pedro, escopeta en mano, y ella, secretamente puesta en guardia para impedir el homicidio, aguardaron.
Apenas se divisó la aparición en la lejanía, Pedro cargó su escopeta y disparó con sorprendente rapidez, pero afortunadamente ella desvió el arma, al tiempo que gritó:
—¡Papá, no! Eso nos puede traer mala suerte. Un día se lo escuché decir al señor de la barba blanca.
Como Pedro era muy creyente, al amanecer salió en busca del anciano. Este, con extrema solemnidad, corroboró las palabras de su hija y enfatizó:
—Muy pronto ocurrirá el "MILAGRO", y a nuestro llano volverá la prosperidad.
Pedro regresó más tranquilo e incluso había recobrado el buen humor. Por la noche se acostó más temprano que de costumbre, pero al alba su esposa lo despertó muy preocupada porque "la niña" no estaba en su cama.
El alboroto formado quebró el silencio existente por décadas. Entonces, algunos vecinos aseguraron haber visto al "jinete nocturno" con una mujer en el caballo cuando iba de regreso.
Pedro recordó que en la noche del disparo había visto que el caballo tenía una pata blanca, por lo que salió en su búsqueda por toda la comarca. Al aproximarse a los dominios de Juan, que era lo último que le faltaba por revisar, se llevó una gran sorpresa, porque este lo estaba esperando.
Lo primero que hizo Juan fue proponerle a Pedro que echara tierra al pasado y diera por zanjadas sus discrepancias.
—Anoche hablé mucho con su hija. Es una buena muchacha; para mi familia es un orgullo tenerla entre nosotros —dijo con admiración.
Pedro quedó perplejo. En eso apareció la hija y lo abrazó, pidiéndole perdón. Su corazón se fue ablandando, al extremo de que, cuando apareció el muchacho, le tendió la mano con amabilidad.
Desde entonces no solo se hicieron las paces, sino que un haz de luz devolvió la alegría a aquellos rostros grises, la prosperidad se entronizó y la aridez del terreno se transformó en fecundidad.
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