Los domingos tienen ese raro poder de ....
Hoy escribo desde ese silencio que solo se siente cuando ya no hay ruido externo... y aparece la voz de adentro.
Cuando la semana baja el volumen y el mundo se calla,
mi sombra se sienta a mi lado como si supiera que no puedo huir.
No grita.
No exige.
Solo me mira…
con ojos parecidos a los míos,
pero cargados de lo que no quiero ver.
“¿Recuerdas todo lo que callaste esta semana?”
—me susurra, mientras acaricia mis pensamientos.
Me recuerda las veces que fingí estar bien,
las lágrimas que pospuse,
las dudas que barrí bajo la alfombra de la productividad.
Me pregunta cosas incómodas:
—¿Por qué temes tanto a tu grandeza?
—¿Cuánto más vas a sostener a todos menos a ti?
—¿Cuándo vas a dejar de pedir permiso para ser tú?
Y aunque su tono es firme, no hay juicio.
Solo verdad.
Y la verdad, a veces, duele... pero también libera.
Entonces, cierro los ojos.
Respiro.
Y la escucho sin defenderme.
Porque sé que mi sombra no es enemiga.
Es guardiana.
Es voz de mi alma cansada.
Es el eco de mis partes rotas que aún quieren ser amadas.
Los domingos me siento a conversar con ella,
como con una vieja amiga que nunca se fue,
pero que solo aparece cuando todo lo demás se apaga.
Y al final del día,
cuando el sol cae y la calma se instala,
mi sombra me toma la mano y me dice:
—Gracias por no ignorarme esta vez.
Y yo, con un suspiro, le respondo:
—Gracias por mostrarme lo que todavía puedo sanar.
Me encantaría leerte...
¿Tú también has sentido que tu sombra te habla en los días más silenciosos?
¿Qué parte de ti suele aparecer cuando todo se detiene?
¿Has tenido alguna conversación contigo misma que te haya transformado?
¿Cómo vives los domingos… como descanso o como un espejo del alma?
El texto es de mi completa autoría
La imagen que acompaña este escrito fue tomada de Unsplash.
Su atmósfera y silencio visual reflejan el espíritu íntimo de este domingo y lo que mi sombra me susurra.