Caían balas aceleradas sobre la punta de la canoa, cuyo sonido lograba que mi piel se erizara. Traté de enderezar el rumbo, pero el agua no me lo permitía. Cada vez que intentaba orillarme la fuerza y la velocidad del río y mi inexperiencia, me impedían lograrlo. Entendí que él tenía una intención y que no coincidía con la mía. La lluvia no cesaba haciendo todo más complicado. Durante unos 90 segundos, que parecieron mi estadía completa en el purgatorio, busqué las maneras de salvarme, pero todos miraban con desprecio cada una de mis acciones. Mi señor se acercó y dijo: "Caronte, eres un inútil y lo pagarás por la eternidad". Desde ese día soy el barquero de Hades.
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