—Bella dama, ¿qué hace usted ahí? —preguntó él, clavando el haz de su linterna en la penumbra.
La mujer sonrió.
Bajo aquella luz gris y violeta, su rostro reveló ojos sin brillo; una dentadura que relucía con un brillo mineral y la piel, grisácea y tirante. El cabello largo y sedoso, la ropa fundida entre polvo y las uñas pintadas de negro.
—Descansando —siseó—. O al menos, eso intento.
El celador acercó un taburete de madera, lo puso junto a ella y se sentó con la lentitud de quien visita a una vieja amiga. El silencio se espesó, solo perturbado por el chisporroteo agónico de las velas al fondo.
—Es necesario —susurró el hombre—. Acomódese mejor; el frío de la piedra no sabe de treguas.
No hubo respuesta.
Entre las sombras y el resplandor vacilante, la mujer se incorporó con una lentitud líquida, casi obscena.
Se arrastró hacia el sarcófago y se filtró por una hendidura de la pesada tapa con un crujido de cartílagos secos que retumbó en la cripta.
Antes de desaparecer por completo, su voz emergió desde el mármol:
—No rece el Padre Nuestro. Solo el Ave María.
Y el celador, con una sonrisa de devoción, se santiguó.
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