—Si sabemos que son mentiras, ¿por qué no dar declaraciones?
La voz del padre Pedro rebotó contra los muros de la catedral, pero el obispo no se detuvo. Avanzó hacia la cripta, y el sacerdote lo siguió, arrastrando las sandalias sobre el mármol. El aire olía a incienso rancio y cera derretida. Las paredes, cubiertas de plegarias, parecían exhalar confesiones que nadie había escuchado. Él percibía un amén que ya no lo sorprendía.
El obispo se detuvo frente a un aparato de latón y cristal. Las agujas, inmóviles; en su centro, un líquido espeso, oscuro, con un olor a eucalipto podrido. Lo alzó hacia la luz de los cirios. Las sombras se retorcieron en su rostro.
—Mira —dijo—. Lo has estudiado. Sabes que no funciona. Pero la gente cree lo que necesita creer. Hemos dicho una y otra vez que es un engaño, que los sensacionalistas lo desmontaron y siempre llegaron a la misma conclusión. Sin embargo, prefieren acusarnos. Quieren conspiraciones, complots. Quieren creer que mentimos. Señaló el mecanismo con un dedo huesudo.
—Nosotros no predicamos falsedades. Nuestro Dios es vivo. Pero ellos eligen la duda.
El padre Pedro apretó los puños. No era la respuesta que buscaba. Veinte años de hábitos, de misas, de absoluciones vacías. Ahora solo escuchaba el eco de sus propias palabras. Las acusaciones brotaron como gusanos: "ritos aburridos", "los milagros son mentiras", "la eternidad es un presente que nunca termina". El presente ya no le bastaba.
Dejó los hábitos sobre la cama, junto al breviario abierto en el Salmo 22. La habitación quedó en silencio, salvo por el crujido de las páginas al cerrarse. Sus días se convirtieron en humo de cigarro, cerveza tibia y libros sin abrir. Tres meses después, el padre, ojeroso y con las manos temblorosas, esperó al obispo en la recepción. El prelado lo abrazó, lo bendijo, lo escuchó en silencio. Al final, le tendió un papel con direcciones. —Visítalos en el orden que quieras.
No hubo más palabras.
Primero, el hospital. Enfermos terminales que reían. Él se sintió más muerto que ellos.
Luego, el ancianato. Nada.
Por último, un camino entre cerros pelados. Al final, una choza de barro. Tres lámparas de aceite colgaban de la viga central. Dentro, un hombre ciego, sentado en el suelo, las manos sobre las rodillas, una camándula entre los dedos. Ningún saludo. Ningún sonido.
El padre Pedro esperó. Un amén resonó. No supo de dónde.
El ciego alzó la cabeza. Sus ojos, lechosos, no miraban nada. Pero sonrieron. El aceite de las lámparas se consumió al unísono. La oscuridad lo tragó todo. Y el hombre se elevó. Hablaba en latín, repitiendo la frase que el padre Pedro había gritado en la soledad de su cuarto.
No hubo gritos.
No hubo éxtasis.
Solo el golpe de un cuerpo contra la tierra seca, el crujido de un papel ardiendo en la última lámpara —el Salmo 25 reduciéndose a cenizas—, y el amén que solo él escuchó.
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