Sus ojos se paseaban de un lado a otro, lentos, como quien revisa un álbum que ya conoce de memoria. Descubría imágenes.
A pesar de su edad, cada lucero era un personaje nuevo. El más alto, aquel que brillaba con terquedad sobre el tejado de la iglesia, era el capitán de un barco que nunca llegó. El que titilaba cerca de la luna era la niña que se escapó de casa a los siete años y nunca regresó. El más débil, casi un susurro de luz, era él mismo de joven, cuando todavía creía que la noche era infinita.
Parpadeó. El mundo se volvió borroso un instante.
En el pecho, bajo la placa metálica fina como papel de arroz, el acumulador latía con fatiga. Un pitido seco, casi imperceptible, un recordatorio que solo él podía oír. Un titilar más, pensó. Solo uno.
Levantó la mano temblorosa —dedos de aleación y servo— hacia el cielo, como si pudiera tocarlos. Los luceros respondieron: bailaron un segundo más rápido, cómplices. La brisa nocturna le trajo un sonido familiar, un pac-pac obstinado, de su maletera que no cerraba del todo.
Otro parpadeo. Más largo esta vez.
El capitán se apagó primero. Después la niña. Después el joven que fue.
Solo quedó él, sentado en la mecedora rota del balcón, con el pecho cada vez más callado. El pac-pac se volvió más lento, más débil, como un corazón de hojalata que ya no quiere latir.
Sonrió con dulzura.
—Gracias —susurró al último lucero que aún resistía—. Ya puedes descansar.
Y el cielo, por primera vez en dos mil ocho años, se quedó completamente a oscuras.
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