Me levanto y hay una neblina espesa. No hay horizonte donde se vislumbren atardeceres palpitantes. Apenas alcanzo a ver el gris destello de mis ojos en un charco claro a mitad de calle. Mi imagen flota en círculos por el lugar, mientras busca un río para limpiarse a sí misma de tanta mugre. Cuesta seguir un sendero tranquilo, mas la chispa del mañana nunca se apaga. De hecho, es lo único que me revela aún vivo. Detrás de las montañas que constantemente se derrumban, debe haber más mañanas con menos neblinas, y otras tantas imágenes andantes que desean volver a ser personas con atardeceres palpitantes.