Querida O,
Me volví náufrago de tus caricias; me hice playa para que descansaras en mí y, aún más, lloré un mar interior al saber tu ausencia en mi puerto. ¿Cómo no voy a invocar al Caribe aquí, si sus brisas nos juntaron alguna vez? Zarpo cada atardecer buscando en él tu mirada llameante que sacaba de mí una sonrisa y un chiste delirante para calmar mareas indeseadas. Todavía me pregunto qué tanto provocó que mi ancla se hundiera así en ti, que ahora somos dos presos solitarios en el infinito océano del ayer.
Si algún día te llegase a encontrar, quisiera que sepas que a diario busco la orilla del mar para sentir que el porvenir está tan lleno de ti, como el mar está repleto de misterios. Vislumbro en el horizonte un beso que nos haga uno, sin más ataduras que el amor que nos hace todavía pensar en el otro por algún tierno detalle. ¿Qué cómo lo sé? Pues, soy un soñador sin remedio, y prefiero vivir sin la cura para olvidarte, que la medicina de seguir mis andanzas sin este amor inconcluso nuestro.
Entonces entre esperar y marchar, debo confesar, que no sé qué ola me arrastrará más al fondo de la desesperanza, pero antes de ahogarme quise escribirte con sal los últimos respiros de un cariño que no deja de brillar, tal como los luceros en altamar, en un papel mojado que viaje hasta ti dentro de una botella en la quizás puedas meter de vuelta mi náufrago corazón.
Tuyo afectuosamente,
G