¿Ya estás despierto, hijo?—preguntaron expectantes—cuenta, que debemos ir a trabajar.
Entonces aún muerto de frío, no tuve más remedio que decirles lo que sucedió en la biblioteca del señor Ugando.
No recuerdo hora exacta, pero como me pidieron, fui a llevar a Alicia a la biblioteca de ese señor para que ella leyera sus libritos infantiles. Cosa curiosa es que a pesar de que ustedes le habían avisado sobre nuestra visita, él nunca pareció esperarnos.
De cualquier modo, entramos a su casa y llegamos rápido a la biblioteca por la insistencia y audacia de Alicia. Pequeña pícara tengo por hermana.
Ella me decía que estar allí era lo más mágico. Yo, aburrido y escéptico de las patrañas de los libros, sólo le seguí el juego. Estuve el rato revisando mi celular, hasta que ella me dijo: «anda, hermanito, toma ese libro». ¡Error!
Mis dedos acaso habían movido un poco el libro, cuando ese estante en donde estaba se abrió a la mitad y contemplé una gran habitación llena de múltiples criaturas caminando, saltando y hasta bailando dentro.
Alicia los saludaba emocionada y me decía: «¿ves que sí es mágico aquí?»
Unicornios, chimpancés filósofos, libros danzarines… todo me dejó boquiabierto. Tan sólo volví cuando una voz muy gruesa resonó en el lugar.
—Ah, bienvenidos, niños. Disculpen, leía uno de mis tomos favoritos. Están en casa, pasen.
Seguidamente el señor Ugando dejó ver la frondosa barba blanca que decoraba su redondo y colorado rostro. Tan alto y ancho como era, caminó hacia nosotros y abrió sus brazos para recibir la felicidad de Alicia.
A tiempo que preguntaba «¿qué es todo esto?», par de grandes mariposas fluorescentes se posaron en mis hombros y yo del susto me caí torpemente, riéndose ellos de mí.
Todo esto es resultado del amor por los libros. Cuando vives en ellos todos los días, pasan ellos a ser parte de tu vida, también—dijo el señor Ugando.
—¿Qué dice?
El señor Ugando me sonrió y dijo con alegría «te invito a creer», antes de hacer un extraño ademán que formara un largo túnel de libros ante nosotros.
—¡Imposible!
—La imaginación es posible e infinita, y tal es este espacio.
Recuerdo que luego de esas palabras, el lugar pareció cerrarse como un libro y Alicia volvió conmigo. Después de ahí, nada más.
—Y, bueno, familia, ahora creo que al mundo le falta más imaginación. Seré cuentacuentos.
¡Hijo, enhorabuena! Sabíamos que hallarías tu camino—me dijeron mis padres antes de marcharse como locos a trabajar.