La espiga en mi zapato
Estaba cansada del mar de espigas y de los constantes reclamos de mi tía. Según ella, yo no había nacido para la vida campestre.
Irónicamente, quien le dedicaba más horas a los animales y a la cosecha era yo. Pero eran la rutina y las discusiones lo que me hacía dudar de mis propias capacidades.
Un domingo, mientras vendía algo de la cosecha en el mercado, un anciano se me acercó:
—Pareces aburrida.
Con cara de pocos amigos le miré y dije:
—No es su problema, ¿qué quiere llevar?
El señor, que vestía muy a la moda, se rio unos segundos, y luego de recuperar el aliento, me respondió:
—En tu mirada noto la sed de aventura y ganas de dinero.
Fue así como meses después ya me veía envuelta entre joyas y pesetas. Era como un pequeño lago para mí sola.
No sé por qué malgastaba mi tiempo siendo una campesina, si podía ser una cazafortunas y vivir todo tipo de aventuras.
Como cada atardecer, el señor Evaristo vino a verme a mi habitación. Pero esta vez, me habló con un tono de preocupación mayor al usual.
—Antonieta, ha llegado el momento de ir a por el botín más gordo. Necesitarás de mucha cautela. Pues, este tipo tiene seguridad en su mansión.
—Señor Evaristo, ¿me ha visto fallar antes? Repliqué con toda la confianza del mundo.
Sonrió y luego me dio las últimas indicaciones.
Debo admitir que en el camino me puse algo nerviosa. Era el más tétrico que había recorrido jamás. Una hilera infinita de pinos maltratados que parecían bailar al compas de un viento taciturno, como burlándose de cualquiera que osara pasar por ahí, azotaban la mirada de mi caballo y la mía.
Luego de tres largas horas de viaje, vi cómo se alzaba en una pequeña colina aquella brillante mansión a la que me había mandado Evaristo.
Desde el principio, me di cuenta que la seguridad, que era poca, protegía sólo el frente de la mansión. Aunque no era como un lugar concurrido para esconderme entre la gente, la noche sí que me daba suficiente ventaja para adentrarme sin ser vista.
Ágil como un gato, llegué a la ventana de un segundo piso y desde allí empecé a ver riquezas: espejos con bordes de oro, cuadros de grandes artistas, puertas del más fino roble ¡y una pared llena de aves tropicales!
No sé cómo volví en sí de tanta distracción, pero en cuanto estuve en mis cabales de nuevo, resonó la frase de Evaristo: “sólo ve a por las joyas verdes que reposan bajo su cama”.
Era en el tercer piso que estaba la anhelada habitación. Nunca había estado tan emocionada. Si cumplía, por fin tendría mi caballada. Seríamos la llanura, los caballos y yo. Nada más.
Entonces con artimaña abrí la majestuosa puerta, y la empujé con suma delicadeza para que sonara. Parecí pasar media hora en eso. De puntillas me adentré a la inmensa habitación decorada con tantas cosas que era imposible contar.
Era particularmente impresionante la cama. Gigante como el mismo tipo que dormía en ella. Parecía como si hubiera una mini montaña allí soñando.
Quizás eso me distrajo tanto que no me di cuenta a ambos lados de la cama había ¡cachorros de tigre! Sus ojos centellantes me paralizaron. Por primera vez, no sólo sentí miedo a ser capturada, sino también a ser devorada.
Creí se abalanzarían sobre mí, más habían cadenas que les impedían moverse libremente. Justo en ese instante recobré el aliento. Aunque no duró mucho.
Di dos pasos hacia atrás y sentí algo filoso en la espalda antes de escuchar: “ha llegado tu hora”.
Un instante después vi cómo las luces de la habitación se encendieron y estaba detrás de mí el gigantón con un sable y parte de sus guardias entrando por la puerta.
Lo que había visto en la cama fueron sólo almohadas cubiertas por una gran manta.
Para mayor espanto mío, llegó al final mi tía. Me sacudí toda para ver si era que yo estaba soñando, pero no. Mi tía y sus reclamos eran auténticos.
Junto con el señor embajador de Portugal, Ricardo Oliveira, coordiné esta trampa para vosotros. No sé como un viejo mugroso como el tal Evaristo pudo llevarte a esto Antonieta—fue el último reclamo de mi tía entre sollozos.
Por una ventana me mostraron que ya habían apresado a Evaristo y al resto del grupo. Intenté saltar por la venta, pero me detuvieron enseguida.
Mi tía se me acercó y me dio una bofetada. Su rostro colorado y sus ojos agüados expresaban una indignación sin fin.
Luego me dijo:
—O es el campo, o es la cárcel.
Agaché la cabeza. No sabía cuál prisión era peor. Pero después de pensar un poco, me dije a mí misma que en una vería los colores del cielo, y en la otra no. En una la brisa jugaría con mi cabello, recordándome que la libertad existe; en la otra, hablaría con la pared.
Al final, ¿qué tan difícil sería empezar de nuevo mi vida?