En un rincón del alma, donde el tiempo se detiene,
hay un niño que espera, que sueña y que sostiene
la llave de un imperio de cartón y de madera,
donde siempre es agosto y florece la primavera.
No entiende de relojes, de deudas ni de prisa,
su única moneda es la luz de una sonrisa.
Para él, un palo viejo es la espada de un guerrero,
y un simple charco de agua es un mar de aventurero.
¡Qué torpes los adultos con sus trajes y sus miedos!,
que cuentan los fracasos atrapados entre dedos,
mientras el niño salta, se ensucia y se levanta,
con una melodía que en el pecho siempre canta.
Él no guarda rencores, los suelta con el viento,
habita en la pureza de este mismo momento.
Si llora, es un suspiro; si ríe, es un estruendo,
va descubriendo mundos que nosotros vamos perdiendo.
Ojalá regresemos a esa dulce desmesura,
a mirar los insectos con total arquitectura,
a trepar por los árboles, a mancharnos la cara,
y a valorar la vida como si hoy se estrenara.
Que el adulto no olvide, tras su carga y su fatiga,
que aún guarda en su interior esa chispa que lo abriga.
Que vuelva la inocencia a sanar cada herida,
¡y sea el asombro el guía por el resto de la vida!