Imagen creada en Gemini a través de Nano Banano
El sol de Luvina no calienta, más bien quema las ganas de hablar. En este pueblo de adobe y polvo, la familia de los Preciado se ha quedado sentada en el zaguán, viendo cómo la luz rebota contra las piedras calcinadas. Allí no pasa nada, pero todos están atentos, como si el silencio trajera noticias.
Doña Elena sostiene un rosario cuyas cuentas ya no tienen brillo de tanto pasarlas por los dedos. A su lado, su hija menor, María, tiene el vientre redondo y tenso como un tambor a punto de estallar. Lleva tres días en ese trance, un parto que se quedó a mitad de camino, como si la criatura hubiera asomado la cabeza, visto la aridez del mundo y decidido que era mejor quedarse adentro.
Puje, mija, que el aire se nos acaba; decía la vieja Elena, pero su voz sonaba hueca, como si golpeara el fondo de un cántaro seco.
El pueblo entero parece estar en ese mismo estado de suspensión, no hay pájaros. Los únicos que se atreven a moverse son los lagartos que cruzan la calle principal, esa calle que no lleva a ninguna parte porque el camino de salida se lo tragó el monte hace años. Dicen que más allá de los cerros la vida es distinta, que hay ríos que no son puro rastro de sal, pero aquí el tiempo es un animal muerto que se pudre bajo el sol.
Don Pedro, el padre, está parado en el solar. Mira hacia el horizonte con los ojos entrecerrados, buscando una señal, una polvareda que indique que alguien viene a ayudar. Pero solo ve el espejismo del calor bailando sobre la tierra. En este lugar, la esperanza es una palabra que se dice bajito, por miedo a que el viento la escuche y se la lleve para siempre.
Es que no quiere salir, Tata ; susurró María entre un gemido y otro. Dice que afuera está muy oscuro, aunque haya tanto sol.
No le haga caso a los muertos, hija. Usted puje.
Pero el esfuerzo de María es el esfuerzo de todos. Es el gemido de una casa que se cae a pedazos y el de un pueblo que ha visto pasar demasiadas promesas de lluvia sin que caiga una sola gota. Los dolores de la mujer son los mismos que los de la tierra: grietas que se abren, contracciones que sacuden los cimientos, y luego, ese estancamiento terrible donde nada avanza. Es un dolor que ya no grita, que se ha vuelto costumbre.
Afuera, en la plaza, los hombres se sientan a esperar; no esperan nada en particular, solo esperan. Se miran unos a otros con ojos de vidrio. Saben que la partera se quedó sin hierbas y que el médico más cercano es un recuerdo que ya nadie sabe si fue cierto. La incertidumbre se siente en el olor a ruda y a sudor rancio.
De pronto, un trueno seco retumbó en los cerros; no hubo nubes, solo el ruido. María dio un grito largo, un grito que parecía venir desde el fondo de una mina abandonada. Se aferró a las sábanas raídas y pujó con el alma, con el hambre, con la rabia de quien lleva siglos esperando un milagro. Por un momento, el aire se movió. Hubo un aleteo de polvo en la entrada.
Pero luego, el silencio volvió a caer, más pesado que antes. El sol se puso más rojo, bañando el adobe de un color de sangre vieja. María se dejó caer sobre la almohada, empapada en un sudor frío. El bebé seguía allí, asomado a la vida pero retenido por un hilo invisible, por una complicación que nadie sabía cómo nombrar.
Todavía no es tiempo; dijo Doña Elena, guardando el rosario en el delantal. Parece que la luz todavía no es suficiente.
Y así siguieron, en esa penumbra de mediodía, habitando un mundo donde el nacimiento es un acto de fe y la desesperanza es el único pan que se parte en la mesa. Una familia, un pueblo, un destino que se muerde la cola, esperando que el parto termine, rezando para que, cuando el niño finalmente abra los ojos, no sea para ver el mismo desierto de siempre.