Gif de Peakd
Durante diecinueve años, el Edificio Edenia se alzó como un oasis entre la jungla urbana. Rodeado por una vegetación exuberante y una flora tan exótica que parecía salida de otro planeta, sus habitantes vivían en aparente armonía con la naturaleza. Pero bajo esa belleza silvestre, algo se gestaba. Algo antiguo. Algo que no debía haber despertado.
Arelys, una mujer de espíritu fuerte pero sensible, se mudó allí con su familia buscando paz. Al principio, los escorpiones eran los únicos intrusos. Pequeños, sigilosos, pero peligrosos. Una fumigación masiva los erradicó, y por un tiempo, el Edén volvió a respirar tranquilo.
Pero entonces llegaron ellas.
No eran cucarachas comunes. No al principio. Las primeras eran pequeñas, marrones, apenas visibles. Luego vinieron las blancas, translúcidas como espectros. Después, las amarillas, brillantes como oro podrido. Se movían con descaro, como si el apartamento fuera suyo. Volaban con precisión quirúrgica, aterrizando cerca de Arelys como si supieran que ella era la única que podía detenerlas. O quizás... la única que podía verlas por lo que realmente eran.
Porque estas criaturas no eran insectos. No del todo.
Una noche, mientras lanzaba agua hirviendo por los desagües, Arelys notó algo extraño. El vapor no se elevaba como siempre. Se arremolinaba, formando símbolos en el aire, como runas vivas. Y entonces lo escuchó: un zumbido grave, como si miles de alas batieran al unísono desde las entrañas del edificio.
Las cucarachas estaban evolucionando.
No por selección natural, sino por algo más oscuro. Algo que había despertado cuando los escorpiones fueron exterminados. El equilibrio se había roto. El Edén había sido sellado por una fuerza ancestral que mantenía a raya a los verdaderos habitantes del subsuelo. Y ahora, sin guardianes, la Plaga había comenzado su ascenso.
Arelys comenzó a notar patrones. Las cucarachas se reunían en círculos perfectos. Dejaban rastros de secreciones que formaban mapas. Algunas tenían ojos múltiples, como si observaran en dimensiones paralelas. Una noche, una cucaracha blanca se posó sobre su espejo. Al mirarla, Arelys vio su reflejo distorsionado: su rostro cubierto de antenas, su piel segmentada, sus ojos compuestos.
Despertó gritando.
Intentó todo: insecticidas, trampas, rituales con sal y vinagre. Pero ellas regresaban. Más grandes. Más inteligentes. Una incluso le habló. No con palabras, sino con una vibración en el aire que resonó en su cráneo:
"Nos temes porque recuerdas. Nos odias porque sabes. Somos lo que queda cuando el Edén se pudre."
Arelys comprendió que no estaba luchando contra insectos. Estaba enfrentando una conciencia colectiva, una mente colmena que había habitado el subsuelo desde antes de que los humanos construyeran Edenia. Las cucarachas eran sus emisarias, sus soldados. Y ella, por alguna razón, era la elegida para presenciar su resurgimiento.
El edificio comenzó a cambiar. Las paredes sudaban. Las tuberías emitían sonidos guturales. Los vecinos desaparecían, uno por uno, dejando tras de sí solo montones de exoesqueletos vacíos. Arelys se encerró. No dormía. No comía. Solo observaba. Esperando el momento en que la Plaga la reclamara.
Y llegó.
Una noche, el apartamento se llenó de un zumbido ensordecedor. Las cucarachas voladoras entraron por cada rendija, formando una espiral en el aire. En el centro, una figura emergió: una criatura de dos metros, compuesta por miles de cuerpos unidos, con ojos que brillaban como carbones encendidos.
"Eres nuestra madre. Nuestra enemiga. Nuestra puerta."
Arelys gritó, pero no de miedo. De furia. De desafío. Tomó el agua hirviendo, los insecticidas, los símbolos que había dibujado en secreto, y los arrojó al vórtice. La criatura chilló, desintegrándose en una nube de polvo ácido. Las cucarachas cayeron como lluvia muerta.
El silencio volvió.
Pero Arelys sabía que no era el final. El Edén había sido herido, pero no curado. La Plaga se había retirado, no desaparecido. Y ella, marcada por la visión, por el contacto, por el miedo, se convirtió en su guardiana.
Ahora, cada noche, recorre el apartamento con rituales, con fuego, con palabras antiguas que aprendió en sueños. Porque sabe que si baja la guardia, si olvida, si deja de temer... la Plaga volverá.
Y esta vez, no vendrá sola.
Desde entonces, Arelys ya no corre ni grita. Observa. Escucha. Y cuando una cucaracha aparece, no la mata. La interroga. Porque sabe que detrás de cada antena hay un mensaje, una advertencia, una profecía. El Edén aún respira. Pero su aliento es oscuro. Y ella, la última centinela, no puede permitirse fallar.