Emilia posee un arcón invisible. En su trabajo como psicóloga, se calza la Máscara de la Sabiduría de Marfil. Es una pieza lisa, de facciones serenas, que proyecta una calma sobrenatural. Sus pacientes se reflejan en ella, vertiendo traumas y miserias que Emilia absorbe como una esponja de cuarzo. Ella no solo escucha; ella transmuta el dolor ajeno en esperanza, mientras las grietas en el reverso de su propia máscara comienzan a supurar una fatiga color ceniza.
Al llegar a casa, la dinámica cambia. En el umbral, se despoja del marfil y se ajusta la Máscara del Sol Perpetuo. Es una pieza radiante, con una sonrisa tallada que nunca flaquea. Bajo esta protección, Emilia cocina, limpia, organiza la agenda de un esposo ensimismado y consuela a unos hijos que ven en ella una entidad arquitectónica, un pilar, algo tan sólido como el granito que no requiere mantenimiento. Para ellos, Emilia no es una mujer; es una infraestructura.
¿Mamá, dónde están mis llaves? pregunta el hijo sin mirarla a los ojos.
¿Emilia, qué hay de cenar? No tuve un buen día; dice el esposo, hundido en el sofá.
Ella responde con la entonación perfecta, la calidez exacta.
A las once de la noche, cuando el silencio se asienta en la casa como un polvo pesado, Emilia se retira a su santuario: el baño. El vapor comienza a llenar la estancia,donde los contornos se desdibujan. Allí, la soledad no es un vacío, sino una presencia física que la espera para cobrar su tributo.
Se sitúa frente al espejo empañado, con dedos temblorosos, hace el gesto de sujetar el borde de su mandíbula.Se escucha un crujido seco, como el de una cáscara de huevo rompiéndose.
La piel debajo está irritada, viva, palpitante. Debajo de la psicóloga y de la madre perfecta, hay una mujer llamada Emilia que habita en las sombras.Ella tiene miedo de que, si deja de sostener el mundo por un segundo, la gravedad simplemente la borre. En la ducha, el agua caliente golpea sus hombros y se mezcla con las lágrimas que no tienen permiso de existir fuera de esas cuatro paredes de azulejos fríos.
En las noches el cansancio es distinto. Es una vibración que nace en la base de su columna y se extiende como electricidad estática. Emilia nota que el agua no resbala por su cuerpo, sino que parece ser absorbida por sus poros.
Se mira las manos bajo el chorro de agua. Sus dedos se están volviendo traslúcidos. El vapor en el baño se vuelve tan denso que ya no puede ver la puerta. Siente una urgencia aterradora: la necesidad de ponerse la máscara de mañana, la de la Fortaleza Inquebrantable, para no desmoronarse. Busca en su arcón mental, pero sus manos no encuentran nada.
Las máscaras se han acabado. El material se ha agotado.
No puedo más; susurra, y su voz suena como el eco en una catedral vacía.
En ese momento, el espejo no refleja su rostro, sino un vacío infinito. Emilia se toca la cara y siente que sus rasgos se están borrando. Su nariz, sus labios, sus ojos... todo se está convirtiendo en una superficie lisa y perfecta.
De repente, una figura emerge del vapor. Es otra mujer, idéntica a ella, pero vestida con una túnica hecha de retazos de las sombras de la casa. La aparición se acerca y, con una delicadeza gélida, le entrega una nueva pieza. No es una máscara de madera, ni de marfil, ni de sol. Es una máscara de Espejo Líquido.
Si ellos solo quieren ver lo que necesitan, dáselo susurra la aparición con la voz de Emilia.
A la mañana siguiente su esposo la intercepta en el pasillo, quejándose de nuevo por un dolor de cabeza insignificante.
Emilia, ¿me escuchas? Me siento fatal, necesito que me...
Él se detiene en seco. Al mirar el rostro de su esposa, no ve a Emilia. Se ve a sí mismo. El rostro de ella es un espejo perfecto que refleja su propia expresión de egoísmo y desidia. El hijo se acerca para pedir dinero, pero retrocede asustado al ver su propia imagen proyectada en el vacío donde debería estar la cara de su madre.
Emilia no dice nada. Se mueve por la casa con una elegancia espectral. Ya no carga con los problemas de nadie porque, al intentar volcarlos sobre ella, estos rebotan y regresan a su origen. Ella ya no es el paño de lágrimas; es el muro donde el llanto se refleja.
En el trabajo, sus pacientes entran en crisis al no encontrar el consuelo de la psicóloga, sino la cruda imagen de su propia incapacidad para sanar. Emilia se ha convertido en el vacío absoluto, en la máscara definitiva que lo contiene todo y no siente nada.
Al final del día, Emilia vuelve a su ducha. Pero esta vez no hay llanto. Se quita la máscara de espejo y, debajo, no queda nada. Solo aire, vapor y el silencio absoluto de una mujer que, de tanto esconderse para los demás, terminó por pertenecerle enteramente a la noche.
Imagen creada en Nano Banano.