Saludos, amigos, escritores y lectores de poesía.
Con mucha alegría dejo esta participación simbólica en el concurso que la comunidad de Literatos abre para rendir homenaje al galardonado poeta venezolano Rafael Cadenas y para participar de la fiesta como hablantes, y amantes, del castellano.
Quedo agradecida por su amabilidad al leer mi ejercicio.
Esencia caprichosa
Una garza parece levitar, sobre un barco, en el mar, en una mañana clara.
En los ojos asombrados de un niño que mira -inocente y sin designio- vemos la promesa de la poesía.
Todos los niños han visto la poesía. Ignoran los niños del mundo que así llamamos al germen primigenio y contagioso, atado a los humanos.
La poesía es un grito silencioso. La perfección errática y voluble que buscamos sin ninguna esperanza de encontrarla. Ella se burla de nosotros, los necesitados de ella, jugando a las escondidas. Nos persigue una y otra vez, y nosotros a ella.
Como una adolescente bella y caprichosa, se nos acerca -inadvertida- al oído y nos susurra. Oímos su rumor, su idioma universal, complejo, sistémico. Una mezcla de todos los sonidos de la tierra. Un galimatías que raramente podemos convertir a las palabras.
Un estado farragoso nos invade. Unas ganas de hablar, de aprisionar palabras, de domarlas, de traducir los extraños rumores del alma perturbada. Y así vamos. Esperando entender el susurro veleidoso, atrapando un momento fascinante. Intentando dar una forma verbal a lo irreductible, a lo divino.
En ocasiones la poesía se apiada de nosotros. Entonces se viste con las viejas palabras que están sobre un papel, dormidas. La poesía las pule, las mueve, las barniza, las perfuma. Con su voz mágica las vuelve nuevas, convincentes.
Por ella, en ocasiones alguien puede escribir: “Un niño ve una garza que parece levitar, sobre un barco, sobre el mar, en una mañana clara.”