Seguro te ha pasado: intentas explicar un concepto que dominas a la perfección, pero a mitad del camino notas que los ojos de tu interlocutor se pierden en el horizonte o su rostro es una oda a la incredulidad y la confusión. Has perdido su atención. Se rompió el hilo que los unía. Y es que, lo que para ti es una explicación "clara y directa", para el otro es un laberinto de términos técnicos y asunciones lógicas que no logra seguir. Bienvenido a la maldición del conocimiento.
Este sesgo cognitivo ocurre cuando, una vez que sabemos algo, nos resulta prácticamente imposible imaginar cómo era no saberlo. Nuestra mente da por sentados ciertos pasos lógicos o definiciones, creando una brecha comunicativa donde el experto cree que está siendo didáctico, mientras que el receptor se siente abrumado o, peor aún, ignorante.
Pero ¿Por qué el exceso de saber se vuelve un obstáculo? Por la sencilla razón de que la comunicación eficaz no se trata de cuánta información sale de nuestra boca o de nuestros dedos, sino de cuánta logramos que llegue con sentido y claridad al cerebro del otro. Cuando el conocimiento es profundo, solemos caer en trampas como la omisión de lo "obvio", que es cuando sabemos mucho sobre un tema y asumimos que los demás también lo saben, omitiendo información y contexto necesario para que el receptor nos entienda.
Por otro lado, la trampa del lenguaje complejo que no es más que usar un lenguaje técnico, muy formal o de palabras rimbombantes para comunicarnos con todos. Y no, este lenguaje es eficiente entre pares, pero actúa como un muro ante los demás. Usar términos complejos puede parecer profesional y darnos ese aire de erudición o cultura, pero suele ser una barrera que disfraza la incapacidad de simplificar.
¿Cómo romper el hechizo de la "maldición del conocimiento?"
Para comunicar con éxito no hay que saber menos, hay que recordar más. ¿Recordar qué? Sencillo, el cómo se sentía estar en el lugar del aprendiz. Aquí te dejo algunas estrategias para recuperar la claridad:
La técnica de la analogía: Si un concepto es abstracto, compáralo con algo cotidiano. Las analogías son puentes que conectan lo desconocido con lo familiar. Claro está, asegurémonos que la analogía sea fácil de comprender, no nos pongamos creativos que en vez de aclarar, oscurezcamos.
Aplica la "Regla de los "12 años": No me refiero a tratar a los adultos como niños, sino de estructurar la idea de forma tan sencilla, coherente y clara que hasta un preadolescente de 12 años de edad pueda seguir el hilo conductor.
Haz pausas de validación: A medida que vamos hablando o escribiendo (en un chat, por ejemplo) en lugar de preguntar "¿Me entiendes?", preguntemos "¿Estoy siendo claro con este punto?". Esto pone la responsabilidad de la claridad en nosotros, no en la capacidad del otro.
Si no nos entienden que la "culpa" sea nuestra y no de quien recibe la información. Recordemos que la verdadera maestría de un tema no se demuestra usando palabras complicadas o rebuscadas, sino siendo capaz de explicar lo complejo de la manera más sencilla posible.
Saber mucho es una ventaja a la hora de comunicar, al menos así debería ser. Usemos el conocimiento para trasmitir nuestras ideas con mayor claridad. La maldición del conocimiento es un recordatorio de que la empatía es tan importante como el intelecto. Al final del día, el objetivo de hablar no es demostrar lo que sabes, sino lograr que el otro aprenda algo nuevo.