Saludos a todos los lectores de #Hive, especialmente a los amantes de la literatura. En esta oportunidad me uno a la convocatoria del equipo de para homenajear al gran escritor latinoamericano Julio Cortazar. Pueden ver los detalles del concurso aqui.
En el nombre ‘e Dios y la virgen y el Dr. José Gregorio Hernández.
La desesperación del dolor de colmillo llevó a Nan a exigirle al viejo Julito que se lo sacara, con dolor y sin anestesia. El sacamuelas oficial del pueblo se había negado argumentando que la ciencia aconsejaba tratar primero la infección que producía el dolor. El viejo Julito, le aseguró a Nan que se atrevía a extraer la tomentosa pieza, si ella se atrevía a enfrentarse al alicate sin anestesia. La desesperada mujer, asumió que el dolor de la extracción no podía ser peor. Se encomendó al santo que su abuela negra le enseño a venerar y le ordenó al viejo, “¡Sáqueme esa vaina!”
Nan despertó en un charco de sangre. El dolor de la extracción debió haberse sumado al del “confiscado” colmillo; dos martillos golpeando al unísono, generando notas de otra dimensión. En el limbo de la conciencia, entre sueños perdidos, estrés y la pérdida de sangre, Nan apenas distinguía el rostro del hombre de bata blanca y sombrero negro que le ofrecía una mano y la conducía a un jardín ajeno. Alcanzó a reconocer las hojas afelpadas que el hombre le señalaba. “Cogollos a hervir, poner al sereno, sal, baños a temperatura ambiente.”
Las llamas del fogón que hacían hervir las hojas de sabia iluminaban la sudorosa frente del hombre de traje y bata. “Doctorcito”, le increpó una voz fresca. “Ya es tarde”.
El joven doctor despertó sudoroso en la humilde habitación de la posada. Una joven de piel azabache brillante sostenía como cada mañana el desayuno.
“¿Una pesadilla, doctorcito?” preguntó preocupada.
“No, Inginia. Este terminó bien. La paciente mejoró con el tratamiento. ‘Santo remedio’, lo llamó”.
“Que bueno, doctorcito. ¿Con qué la curó? ¿Qué tenía?”
“Ojalá la realidad fuera como los sueños, Inginia. Ojalá pudiera parar una hemorragia con hojas de sabia”.
La vieja Inginia despertó sonriente. A su lado, la aplicada nieta sostenía como de costumbre la estropeada libreta y una mina de carbón.
“Dime, ante’ que se te olvide, aguela”.
“Anota ahí mija: pa’ los derrames: la hoja de sabia. Hervir tres cogollitos, puestos al sereno con sal, darse los baños...”