Arte: Julian Met'yu
La granja de Silvino Tovar era sumamente discreta, pero ésta al menos llegaba a producir lo suficiente para que pudiera vivir con comodidades. Ciertamente, la granja había tenido mejores épocas. Cuando su padre la dirigía, Silvino aprendió de él todo lo que sabía sobre la labor de un granjero, y nunca olvidó ninguna de las lecciones que le había enseñado. De hecho, había pasado toda su vida soñando una y otra vez sobre la primera ocasión en la que su padre le obligó a matar a un cerdo. Para ese entonces, Silvino solo tenía siete años.
Fue entre amargas lágrimas que el pequeño Silvino acabó con la vida de Bubu, como él mismo le había nombrado. Bubu había nacido tan solo unos días antes que él, y fue su nombre la primera palabra que llegó a decir con claridad mientras señalaba al infante cerdo. En los días siguientes, cada vez que Silvino llegaba a verlo decía exactamente lo mismo. «¡Bubu, bubu, bubu!» repetía enérgicamente siempre. Su madre no tardó mucho en darse cuenta de eso, y notó que Silvino no reaccionaba así ante ningún otro animal o persona en su presencia. Cuando el pequeño Silvino lloraba, su madre le preguntaba: «¿quieres ver a Bubu?» Y de inmediato, como si de un conjuro se tratase, se calmaba y guardaba silencio. Pero si al final no le veía realmente, Silvino proseguía con su berrinche aún más alterado. Esa capacidad de calmar al niño de sus dueños le permitió a Bubu tener un lugar muy privilegiado entre sus pares.
El tiempo obró y les hizo crecer a ambos. A Bubu mucho más que a Silvino. De hecho, Silvino siempre fue mucho más menudo de lo que se esperaría. Pero compensaba su falta de físico con reservas de energía que parecían inagotables. Silvino casi siempre pasaba varias horas de sus días correteando junto a Bubu por toda la granja. Eso acabó formando un muy fuerte vínculo entre ambos, de esos que los perros suelen tener con los humanos. Para disgusto de su padre, Bubu se había hecho la mascota y el mejor amigo de Silvino, y el trato especial que le daba a éste poco a poco comenzó a extenderse hasta todos los animales que criaban.
La personalidad de Silvino irritaba tanto a su padre que un día, en un intenso arranque de ira, decidió que lo mejor para cambiar su actitud era enseñarle el modo en el que él esperaba que los tratase. Entonces puso en sus manos su fusil, lo llevó a donde Bubu dormía y le ordenó disparar justo en medio de los ojos tiernos del inocente cerdo. Silvino intentó resistirse y se negó a hacerlo varias veces, pero tras una lluvia de gritos de su padre, a causa de sus manos temblorosas, acabó tirando del gatillo sin querer hacerlo. Ese evento marcó la vida de Silvino con un interminable sentimiento de culpa.
El padre de Silvino falleció cuando este apenas tenía dieciséis años. Desde ese momento, fue él quien tuvo que quedar a cargo de sus responsabilidades en la granja. Silvino nunca llegó a tener alguna esposa ni hijos. El único familiar próximo era su propia madre, quien acabó padeciendo de alzhéimer y tras una grave lesión en su espalda quedó en una seria discapacidad. Al final de su vida la madre de Silvino ya no podía caminar, y raramente podía valerse por sí misma. Ella falleció tan solo unos años después de aquél accidente. No hay un consenso claro sobre la razón de su muerte, pero la teoría más aceptada es que, sintiéndose inútil y hundida en una terrible depresión, decidió que lo mejor que podría hacer era suicidarse para así dejar de ser una carga para su hijo.
Silvino acabó convirtiéndose en un gran ermitaño. No tenía mayor contacto con la gente fuera de su granja. En su día a día apenas hablaba con Iván y Antonio, un par de jóvenes que había contratado como sus ayudantes. Silvino era un hombre de muy pocas palabras y de actitud amargada. Si alguna vez sonreía, no había nunca algún testigo del extraordinario evento.
Una tarde, Silvino almorzaba mientras sus ayudantes acababan de apilar unos cubos de heno. Tomó un trago de agua, y al bajar la copa alejándola de su rostro dirigió su mirada hacia su mano izquierda, que reposaba sobre la mesa. Había una mosca en ella, sobre la uña de su índice, y a pesar de que alzó el dedo para espantarla esta no se movió en lo absoluto. Silvino evitó complicarse y solo la aplastó con su otra mano y siguió comiendo. Ese día fue para él muy rutinario, tranquilo, y casi se vuelve por completo olvidable. Pero la noche llegó y durante la cena lo golpeó un extraño deja vú al encontrar que, de nuevo, una mosca se posó justo en el mismo lugar que la anterior mientras comía. Esta vez, movió su dedo tan rápido que la mosca salió disparada y desapareció en la profunda oscuridad a la que solo se oponían un par de velas.
Más tarde, cuando Silvino fue a su cama, arrugó la nariz y torció su boca al descubrir un horrendo olor que inundó su hogar súbitamente. Como alguien acostumbrado a los olores desagradables, no le prestó atención y el olor se desvaneció tan rápido como había llegado. Las pesadillas lo atormentaron esa noche. El recuerdo de Bubu seguía vivo en su mente y ahí estaba de nuevo emergiendo de su inconsciente. Pero esta vez, mientras apuntaba temblorosamente directo hacia la frente de Bubu, algo cambió. Fue muy sutil y ocurrió de prisa, pero Silvino se dio cuenta. Habían algunas moscas revoloteando alrededor de Bubu. Pero antes de que pudiera pensar en ello vio al rifle escupir fuego y una vez más escuchó el quejido gutural de su último aliento.
Los días pasaban y en sus sueños cada vez habían más moscas. No siempre soñaba con Bubu, pero siempre tenía extrañas pesadillas que no lograba entender. Normalmente los sueños acaban siendo olvidados fácilmente, pero Silvino recordaba con precisión cada uno de ellos. No pasó mucho tiempo antes de que desarrollase una radical repulsión hacia las moscas. Tan solo verles le causaba escalofríos en ocasiones. Poco a poco esa repulsión empezó a parecer más bien una fobia.
Había poco que hacer una cierta tarde. Los ayudantes de Silvino habían llevado a sus reces a pastar en una colina cercana y él reposaba balanceándose sobre una hamaca. Estaba a punto de quedarse dormido cuando fue sorprendido por un espantoso aroma. Él ya conocía muy bien ese olor. Solía sentirlo ocasionalmente cuando se iba a su cama, pero nunca había durado tanto como en aquel momento. Silvino dio un brinco y se puso de pie. Era tan fuerte el repulsivo olor que no podía ignorarlo. De inmediato empezó a buscar el origen de aquel mal olor en cada rincón de su casa primero; luego en los establos, pero no lograba encontrarlo en ningún lado. Dondequiera que buscase el olor tenía siempre la misma intensidad y no había ni una mínima pista de su proveniencia.
Ya cansado de buscar, Silvino se sentó en un banquillo y decidió esperar a que sus ayudantes volviesen. Justo entonces empezó a sentir en su oído como empezaba a resonar un extraño zumbido. Al principio era muy leve, pero se fue haciendo más y más intenso cada vez. Silvino, sintiéndose muy molesto por el ruido que oía, miraba a su alrededor tratando de entender de donde provenía, pero sin moverse de su asiento. Sus ayudantes llegaron al fin y él les llamó de inmediato.
—¿Alguno me puede explicar de dónde viene esa peste? —preguntó Silvino con el ceño fruncido.
—Será que nos hemos llenado con bosta de las vacas —respondió Antonio.
—¡No, no, no! —exclamó Silvino— Antes de que llegaran ya olía de esa manera. No entiendo de donde viene ese olor tan horrible.
—Perdón señor, pero ¿a qué se refiere? —replicó Iván.
—A ese olor. ¡Por Dios! Me tiene harto.
Los ayudantes olfatearon como un sabueso, pero no lograron entender de qué hablaba Silvino.
—¿ES QUE TIENEN LA NARIZ MUERTA? —les reclamó—. El olor es terrible. Es como carne pútrida mezclada con orina.
Pero por más que lo intentaban, ninguno de sus ayudantes parecía reconocer el olor al que se refería Silvino.
—No lo sé, no me importa. Busquen de donde sale ese olor. Necesito eliminarlo ya. Me va a hacer vomitar.
Los ayudantes se pusieron en marcha. Buscaron por horas, revisaron en cada rincón de la granja, pero no hallaron absolutamente nada. Ambos volvieron a donde estaba Silvino e intentaron, de nuevo, entender a lo que se refería. Entonces, frustrado y enojado, Silvino le dijo a Antonio:
—¿No será que tú estás también hediondo? Por lo menos quítate las moscas de la cara. Ya da muchísima grima solo verte.
El joven recorrió su rostro con sus manos, pero no halló ninguna mosca en él. Iván lo observó detenidamente, pero tampoco logró ver ninguna.
—¿Señor, está bien? —le preguntó Iván al mirarle y notar lo ruborizado que estaba.
—Claro que estoy bien. Quienes están mal son ustedes. Mejor váyanse ya. Los veré mañana temprano —les dijo Silvino desdeñosamente. Los jóvenes, a pesar de su actitud, no podían evitar sentirse algo preocupados por él. Dudaron por un momento y se miraron de reojo mutuamente, pero ante la insistencia de Silvino finalmente acataron su orden y se despidieron de él, dejándole lidiar con la absurda hediondez y el cada vez más abrumador zumbido en una total soledad.
Esa madrugada, Silvino no lograba concebir el sueño. El horrible zumbido no desaparecía. Fastidiado y sintiéndose agotado se dio media vuelta sobre su cama y quedó mirando directamente hacia el techo. Entonces una mosca se posó en su frente y él trató de espantarla con un manotazo, pero no lo logró. Empezó a sentirse extremadamente ansioso y se levantó de la cama en medio de un ataque de pánico. Un horror indescriptible lo invadió cuando notó que a su alrededor las paredes de su habitación estaban completamente cubiertas de moscas. No tuvo tiempo de expresar su asombro antes de que todas ellas se lanzaran sobre él a la vez.
—¡DÉJENME! ¡ALÉJENSE DE MÍ! —gritó Silvino histéricamente.
Silvino veía horrorizado como su cuerpo era cubierto por miles de moscas y su olfato azotado por una peste vomitiva. En su desesperación, echó a correr y salió de su casa despavorido. Se tiró al suelo y rodó en la tierra, pero seguía sin poder librarse de la agresiva turba. Intentó liberarse al lanzarse al agua helada que almacenaba en los bebederos de las reces, pero las moscas seguían volando sobre él, como esperando a que el intenso frío que sentía le hiciera salir de nuevo a dónde pudieran tocarle.
—¡Ya verán! ¡Van a morir todas! —exclamó y se levantó corriendo hacia el almacén perseguido por la espesa nube negra que formaban las moscas. Entonces tomó el aceite que guardaba para encender las lámparas y lo vertió sobre él. Las moscas lo envolvieron rápidamente, cubriendo por completo todo su cuerpo, incluso su boca y su lengua.
A la mañana siguiente, los jóvenes ayudantes salieron hacia la granja desde muy temprano. Al llegar allí quedaron paralizados al descubrir que el almacén estaba casi totalmente reducido a cenizas. Ambos salieron hacia este en un trote y al arribar hallaron el cuerpo calcinado de Silvino tirado en el suelo. Ellos no pudieron explicarse lo que había ocurrido, pero cuentan las arañas que le vieron corriendo hacia el almacén gritando y agitándose frenéticamente como si hubiese caído en una extrema locura. Y aunque más tarde supieron lo que le ocurría, nunca llegaron a ver ni una sola mosca sobre él. Lo que sí pueden afirmar es que, justo antes encenderse en llamas, le oyeron susurrar en medio de su llanto: «¡Ay, Bubu! Lo siento, lo siento… Lo siento mucho, Bubu... Voy a ir contigo, mi amigo. Jugaremos al fin de nuevo!»
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►El ritual
"Los Cuentos de Mizú" es una antología de cuentos de horror escrita por Eddie Alba e ilustrada por Julian Met'yu. Esta nos lleva a conocer las historias del distinguido y desaliñado Mizú, un gato experto en ciencias oscuras y gran conocedor de leyendas que investiga las interacciones de los seres humanos con lo sobrenatural.