
Dicen que hay muchas formas de trascender en la historia. No tengo conocimiento de alguien que haya encontrado una. Quienes lo consiguieron, no fue por proponérselo. No. Su meta solo era una: escribir. Saciar el hambre de creación. Algo difícil. Sobre todo en ocasiones que parece imposible llenar la página en blanco. Los concursos o editoriales, a veces prefirieron una “buena pluma” antes que una excelente historia. Otras, antepusieron el género realista a la originalidad del fantástico, aunque el primero se repita una y otra vez. Es cierto, amigo mío, y el único consejo que pude darte fue el de tantos escritores antes que nosotros: Lee. Es imposible escribir sin leer, sin saber qué hicieron bien, o mal. Solo así podrás ejercer este oficio y lograr tu objetivo.
Como querías alcanzarlo de manera expedita, te facilité varios de mis autores favoritos. Entre ellos preferiste a Poe, Borges, García Márquez, Ryūnosuke Akutagawa y Kafka… y la creación volvió a fluir. Pensé que con eso había ayudado a tu proceso escritural…, ya veo que no. No como pensé. Debí comenzar a notarlo cuando no salías “del castillo”, como nombrabas a tu estudio, y adoptaste el seudónimo de Franz. Nadie supo de ti por un tiempo. Alejaste a los amigos, entre los que, por una razón, ahora obvia, fui excluido. Cancelaste tu boda sin dar motivo alguno, ni pensar en tu novia, lo que sufrió entonces y sufre ahora. Pensé que era eso que llamabas “una etapa de crisis existencial”; era tu forma de describirla, para imitar el habla de esos intelectuales a los que tanto criticábamos. Ahora descubro que estaba equivocado. Sin embargo, esa fase tuya, podía notarse en tus cuentos. Páginas y páginas regadas por el castillo, y tú entre ellas, siempre huraño: sin dejar de escribir ni leer. Devoraste cuanto ejemplar hay en la biblioteca y los que te presté cada vez que visitaba tu casa. Los leías y comparabas, a pesar de mi reiterado consejo de que no lo hicieras.
¿Por qué no publican mis cuentos?, me preguntabas Están buenos. Lo sé, dije. ¿De qué me sirve que lo digas? Fue tu pregunta y en tu mirada alumbraba la tristeza. Necesito que la gente los lea. Algún día lo harán, no te preocupes y continúa escribiendo. ¿Qué otra cosa podrías hacer en cualquier caso? ¿Cuándo será que los leerán? No quiero que sea como le pasó a Kafka. ¿De qué me sirve trascender si no estoy para verlo? Llegarán a conocerte, confía en mí, concluí esa conversación creyendo haberte convencido. Pero no fue así y continuaste tu auto encierro en el castillo. Aquello fue lo que desencadenó tu metamorfosis. Con los días, más que en una casa, parecías vivir en una colonia penitenciaria. En tu hogar, reinaban el desorden, el descuido; el olor a sucio era tan fuerte que costaba varios minutos adaptarse hasta pasar el mareo. El conjunto del olor a papel viejo, polvo, humedad, comida descompuesta, ausencia de higiene personal, todo mezclado, batido, dejado fermentar por varios días al escaso sol que lograba colarse por la ventana, te golpeaba el rostro nada más entrar. No sé cómo lo hacías, pero aún en esas condiciones, solo dejabas de escribir para leer.
Era algo increíble ser testigo de tu afán por perfeccionar el oficio, a pesar que te consumiera poco a poco. Intercambiabas claridad mental por genialidad creativa. Fue cuando hice ver, que achacabas tu pesar al pobre de tu padre, que solo deseaba ayudar; y reflexionaras sobre lo que en realidad anhelabas en la vida y los diferentes modos de conseguirlo. Fue quien trajo los libros de Castaneda, para que vieras que la vida no es una línea recta, sino bifurcaciones que te hacen ver cuál es tu verdadero camino. Fue tu padre quien dijo: “hay más cosas en la vida de la que en realidad sabemos, o creemos saber”. Y el ejemplo de eso estaba en los libros que llevó. No sé cómo fue que llegaste a la conclusión de que él pensaba que solo alcanzarías la trascendencia después de morir. Entre ustedes siempre hubo diferencias… en realidad, con todos los que se acercaron con la intención de hacerte notar en lo que te estabas convirtiendo. Y no se debía a los rechazos editoriales, ni de los concursos. Suelo decir que eso es muy subjetivo. A veces dependen del gusto de los jurados, no siempre de la calidad de la obra; y, como se dice “no somos moneditas de oro para gustarles a todos”. Sé que es frustrante ver publicados los relatos que, luego de quince páginas sin que pase nada, no tener idea de qué va la historia, si es que hubo una. Eso pasa a menudo, amigo mío. Por suerte, ha habido personas justas y honestas que respetan, nuestro oficio. A eso se debe que existan concursos donde los ganadores, son los justos ganadores. Parte de esa subjetividad tiene que ver también, con el tiempo histórico, los gustos, la moda y claro, la suerte. No todo es el talento, aunque este siempre será necesario. Sí, sé que el talento no lo es todo siempre. Lo que ahora me hace falta es un punto de ruptura. Necesito tenerlo. ¿Punto de ruptura?, pregunté ante aquella revelación. ¿Qué es eso? Es descontinuar mi vida tal como la conoces. Hacer todo lo que me he leído de este asunto, acertada y obedientemente. Tengo talento, aunque casi nunca lo demuestre. Ese parece ser mi estilo. No soy lento, pero me comporto como si lo fuera. Estoy muy seguro de mí, pero no actúo acorde. No soy tímido, sin embargo, a veces parezco como si les tuviera miedo a las personas. Todo apunta a un solo lugar: mi necesidad de romper con todo, despiadadamente. Pero ¿Qué quieres decir? pregunté frenético al ver la tranquilidad con que actuabas de repente. Creo que todo se reduce a un acto: Tengo que dejar a mis amigos. Despedirme de ellos para siempre. No es posible continuar en el camino del guerrero, cargando con mi historia personal, y a menos que descontinúe esta manera de vida, no voy a poder seguir con mi propósito. Un momento, ¿por eso fue que dejaste de verlos? Los amigos son parte de tu familia, tus puntos de referencia. Precisamente, precisamente, contestó. Son mis puntos de referencia. Por eso, tienen que irse. Los chamanes tienen un solo punto de referencia: el infinito. Trascender. ¿De dónde has sacado eso? ¿Ahora eres un chamán también? Don Juan me lo enseñó en el “Lado activo del infinito”. Fue tu respuesta, como si yo tuviese idea de quién era ese señor, o de qué hablabas.
¿De qué te sirve ahora lo que has hecho en el transcurso de los años encerrado en el castillo? ¿Ha valido de algo alejar a todos los que te quieren?
Es cierto que perfeccionaste el arte del diálogo telescópico, la corriente subterránea de sentido, el dato escondido, el cambio de nivel de realidad, las mudas de narrador. Has paseado por cuanto género se haya escrito. Has reproducido, mezclado y experimentado con ellos hasta que, se te daba tan fácil, que te resultaba casi imposible generar una idea original, de conjunto con cuanta técnica leías o escuchabas. Tenías tantas historias mezcladas en tu mente, que dejaste de identificar cuáles eran tus recuerdos de las historias en los libros. Así te encontré una mañana, como el coronel Aureliano Buendía, escondido bajo la mesa en espera de que el ejército pasara de largo. Temías que te fusilasen. Mucho costó hacerte entender la realidad. Lo impresionante fue que aún en ese estado, no dejabas de escribir. Bajo la mesa habías construido una suerte de nido, fuerte, o muralla protectora, con las páginas de tus cuentos. Estos sucesos se repitieron en varias ocasiones. De ellos, los que más recuerdo fueron cuando te encontré a la caza de un tesoro, subido en el travesaño del techo, y hacías descender un cordel por el ojo de una réplica de calavera que habías comprado aquella vez en la tómbola. Decías que, abajo, donde apuntaba el cordel, había un tesoro enterrado. Aún no sé cómo fue que subiste hasta allá arriba, pero solo de recordar el trabajo que dio bajarte sin que te rompieras un hueso, me da vértigo. ¿Recuerdas aquel día que entré a la casa y me atacaste con una katana? ¡Cuidado! ¡Soy yo!, grité. Anta wa dare desu ka? ¿Qué? ¿Quién rayos eres ahora? Onushi wa watashi wo korosu tame ni kita ka? Iie. Watashi wa, Josef desu. Anata wa dare desu ka? Ware wa samurai da. Ahí supe quién pensabas ser. Anata wa samurai de wa ari masen. Anata wa sakka desu. Oboete kudasai. No sé por qué creías que aquello era una ofensa y me lanzaste un sablazo. Tuve que esquivarlo y correr para buscar una foto, que aún conservabas encima del buró; esa en la que estábamos con nuestras amistades. Mite, mite kudasai. Watashi wa samurai wo korosu ki masen deshita. Watashi tachi wa tomodashi desu. Menos mal que aún recordaba algo de japonés y te convencí que tampoco quería matarte, ni había asesinado a aquel samurái. Por poco, ahora no estuviera aquí.
Sin embargo, lo más impresionante, por lo adentrado que estabas en el personaje, fue aquella noche en la afirmabas estar ciego y, aún así, no dejabas de escribir el cuento ese del hombre que no sabía que estaba muerto. En realidad, no veías nada, lo comprobé varias veces. Y para asegurarme que eras ser quien pensaba, te pregunté lo mismo que le preguntaron a él, y que siempre me intrigó de tu obra, ¿Por qué solo escribes cuentos y no una novela? Mis preferencias están con el cuento, que es un género esencial, y no con la novela que obliga al relleno, respondiste exactamente lo que él, y con la misma ecuanimidad con la que llenabas las páginas de letras. Entendí que solo querías sentirlo, estar en su piel, para de esa manera apreciar lo que era la trascendencia. Sin embargo, ni así pudiste saberlo. Con todos fueron diferentes experiencias, me dijiste entonces y claro está que ese iba a ser el resultado. Dos personas pueden poner la mano en la misma llama, dije esa noche, los dos podrán quemarse, pero ninguno lo sentirá con la misma intensidad. Es imposible, concluí… y comenzaste a llorar. Pregunté si debía llamar a tu papá, quizás necesitabas de su ayuda, te hice ver y lo aceptaste. No imaginé entonces que reaccionarías así.
Tu anciano padre no se hizo esperar. Estaba preocupado, y aunque confiaba en mí, sentía que su deber era estar ahí para guiarte en esa complicada etapa de tu vida. Solo con llegar tu rostro cambió. Te hizo feliz verlo allí. De nada vale que lo niegues, fue lo que vi, aunque solo por un instante. Bastó que tu padre hablara para que volvieras a ser el mismo de antes. No todos los escritores son famosos, dijo, Pero yo quiero serlo y rápido. Sé que puedo. Entonces, esfuérzate más y crea un oficio sensato, no esta vida que llevas. Haz un plan escalonado. Traza metas y cúmplelas. Comienza por concursos pequeños, luego envía a los mayores. Crea un nombre, poco a poco, como mismo lo hicieron otros grandes escritores. ¿No es lo que deseas? Quiero trascender con mi obra, que el mundo me conozca. Eso llevará su tiempo, hijo. Dijo con esa paciencia solo conocida por los padres. Esa en apariencia infinita. No quiero ser como otros, papá. No quiero la fama póstuma. Quiero que lean todo lo que he escrito y que me detengan en la calle, que el teléfono no pare de sonar para entrevistas en radio y televisión. ¿Quieres escribir por la fama o porque te gusta? Un poco de los dos. Afirmaste, pero no parecías muy seguro de la respuesta. Si bien disfruto de mi trabajo, me parece lógico que otros lo hagan también. Si piensas así, entonces nadie serás. Nada se logra sin sacrificio, en tu caso, deberás sacrificar tu tiempo, tener paciencia, dijo y le pediste que se fuera de tu casa, sin dejar que el pobre anciano se explicara.
No tolerabas escuchar nada, ni a nadie que contradijera tu forma de pensar. En tu mente, todos tenían un complot en tu contra… todos menos yo. Aún ignoraba el motivo, ni idea me hacía. Algo preocupante en ese entonces, era ese aire denso que se respiraba en tu casa. Te noté paranoico, más de lo habitual. Pensé, que habías vuelto a vivir un personaje, pero no… al menos, no logré identificarlo. Lo más increíble, era que lograste transmitirme esa paranoia que te atormentaba. Veía complots en cuanta nota de rechazo llegaba, y aún peor, en los eternos silencios de las editoriales a las que enviamos tus manuscritos. Ninguna se ha tomado el trabajo de dar una respuesta, fuera negativa o positiva. Era imposible contradecirte cuando decías que aquello era un complot para publicar a sus amigos, o peor, para quedarse con tus ideas. Esa fue la gota que derramó el vaso. En cada texto leído, encontrabas semejanzas con alguna de tus historias. Mira, Josef, mira bien. ¡¿Lo leíste?! Estabas alterado Ahora lee este cuento, ¿ves? Es la misma idea, ¿verdad? Debo confesarte que en ocasiones eran parecidas, en otras no. Tenía que buscar algún modo para tranquilizarte. Es un tema similar, amigo mío, te dije, pero está enfocado desde otro punto de vista. Es muy difícil encontrar una trama de la que no se haya escrito antes. Tú mismo has leído cuentos de este mismo tema. Sí, pero en este, la idea central es la mía, Pero el final no, ni el comienzo, ¿Estás de su lado ahora?, No, mi amigo, es que no quiero acusar a nadie sin pruebas. Si esto sigue así, Josef, ellos serán los que logren la trascendencia, y no yo. La lograrán con mis cuentos, que es lo peor. Nadie sabrá quién soy. La burocracia, la ineptitud, la corrupción y la falta de ética y profesionalismo nos están comiendo, amigo mío. No pude negarte eso. Aún no puedo. Pasé semanas moviendo las propuestas de libros por las editoriales y aún no he recibido respuesta alguna. Hasta tu padre escribió varias cartas a “amigos del medio”, y nada. Sin cartas a tu padre.
Eso solo hizo que vivieras un proceso de desarrollo de tu paranoia. Clausuraste las ventanas, las puertas. Fue mucha mi insistencia para que no cerraras la principal, y así poder llevar la comida. Aunque ni siquiera querías comer. Temías que entraran y te asesinaran, con tal de quedarse con tus originales. Una de esas muertes que te asustaba era el envenenamiento. Escribiste historias de todos esos posibles asesinatos que imaginaste. En ellas, te describías como el personaje principal. No importa el nombre con que bautizabas a los protagonistas, como si no les asignabas alguno; en todos ellos, te vi morir. De disímiles formas, tantas y tan bien escritas que llegué a temer tu muerte. La peor, y a la vez, la mejor escrita fue esa donde fallecías por inanición. Todos los platos que te presentaron, los sabías tóxicos, letales y no deseabas eso. Nadie, de hecho, pensó hacerlo. Quisimos que vivieras y me alegró que, entre todos, me creíste. No era el mejor cocinero del mundo, pero vine a ayudarte cada día y cocinaba para ti, mientras tú seguías escribiendo. En cierta manera, era adictivo verte escribir. No levantabas la vista de las palabras que iban apareciendo desde el sonido de las teclas. Era mágico, magnético. Cuando comenzaste este proceso de metamorfosis en el castillo, nunca pensé que te convirtieras en esto que eres. Ya no me necesitabas, para editar tus textos, en aquel entonces que cocinaba para ti. La perfección era tal, que no se te podía corregir una coma, un punto, ni una frase de todo lo que escribías. Era perfecto en todo sentido. El balance exacto de desarrollo de la idea, estilo, técnica… de oficio. Eran obras magistrales en todo sentido. Hay quienes dicen que ninguna obra está terminada, que siempre pueden perfeccionarse. Eso fue porque nunca leyeron las tuyas. Las que escribiste durante estos meses.
Una vez más tuve que hacerte ver que cambiabas salud por trabajo. Estabas enfermando día tras día. Por más que cocinaba, dejaste de comer. En ocasiones, solo probabas la comida. Otras, ni notabas cuando ponía el plato en el buró; ni cuando lo recogía. La enfermedad cubrió tu cuerpo con su manto y seguiste escribiendo sin cesar. Te veías desaliñado, escuálido… un verdadero artista del hambre. Un día me pediste que valorara todo lo escrito. Leí tu obra completa, una vez más y dije: Es excelente, deberías mandarla de nuevo a las editoriales. Ahora seguro la publican. Hazme caso, aunque sea una vez. A mí no me quiere leer nadie. Ni mi padre. Al final soy como Kafka. Eso no es cierto. Entonces llévatelos y publícalos a tu nombre. A ver si puedes. Al fin y al cabo, eres mi albacea. No puedo, son tuyos. Aseguré, aunque por dentro ganas tenía de hacerlo, no creas. En tu obra se ve una evolución estilística, de madurez siempre en ascenso. Haz creado algo único, irrepetible, dije entonces y sonreíste. Pedí que comieras y me señalaste que ya lo habías hecho. Sino, ¿cómo tendría fuerzas para continuar escribiendo? Era cierto. No sé cómo lo lograbas. Otro en tu lugar no tendría energías ni para pestañear. Tú, sin embargo, no te vi dormir ni comer… no hacías nada que no fuese escribir. Me dijiste que esa habilidad era gracias a los libros que llevó tu padre. Afirmaste descubrir cómo alimentarte de la energía, que comías en mundos alternativos con solo mover el punto de encaje, mientras estabas en la segunda atención; y más cosas como esas que no comprendí, y sigo sin comprender, aun teniéndote parado ahora mismo, a mi lado. ¿No dijeron que debía hacer algunos sacrificios? Este fue uno que hice con gusto. No se me ocurrió nada más. Si hubiera sabido la clase de sacrificio que harías para trascender, hubiera hecho algo por detenerte. Quizás ahora no estuviera aquí, separando trozos de tu cerebro de los manuscritos originales; para llevarlos a la editorial, como fue tu última voluntad.
¿Quién sabe? a lo mejor te haces famoso y trasciendes: tal y como le sucedió a Kafka.