Félix se levantó esa mañana más temprano que de costumbre. Hacía un par de meses que había enviado su cuento al concurso, y ese día debían dar el fallo. Sin lavarse ni ir al baño, revisó la página web del convocante y su correo personal.
—¡Manda pin… esto! —su grito detuvo a su madre, quien pasaba por delante del cuarto en ese momento.
—¿Pasa algo, Felito? —preguntó del otro lado de la puerta— ¿Puedo pasar?
—Nada, mami —contestó—. Entra. No pasa nada. Precisamente eso. Nada. No gané el concurso al que había enviado el cuento de los cavernícolas.
—Ah. Ese cuento está bueno.
—No para los jurados. Este era de mil euros, mami. ¿Te imaginas lo que haríamos con mil euros? Y si me invitan a España, eso fuera el batazo, mami. Te compraría una pila de cosas.
—Ay, mijito, como tú sueñas. Eso es bueno. Y no te preocupes, que algún día ganarás lo que te mereces.
—Pero, ¿cuándo, vieja? Ya casi tengo 35, y no he ganado nada. Y no voy a pagarle a jurados, ni a oler fondillos, ni a rendirle a nadie. Quiero ganarlos por mi talento. Eso. Así de simple. Que se me reconozca por mi calidad. Como a Borges, a Cortázar, al Gabo, en fin, a los grandes. Quiero que algún día, cuando hablen de literatura cubana, se me mencione luego de a Carpentier, Lezama, Padura y a los demás.
—No cojas lucha, que ya vendrá. Yo hice una promesa ayer en la Iglesia…
—¿Que hiciste qué? Si tú no crees en eso, mija.
—He visto cuánto te has esforzado, mijo, y se lo dije a Juanita. Ella me dijo que su hijo, el músico, estaba igual que tú, y me recomendó hacerle una promesa a esa virgen. Verás como dentro de poco estarás ganando premios. El hijo de ella ahora mismo está en Italia. Y no solo cantando, sino que hasta se casó con una italiana. Ay, mijo, si te ganas un premio grande de eso, creo que de la alegría, me dará un patatún.
—Ay, mamá. Si eso fuera tan fácil, las iglesias estuvieran repletas de gente y el dinero entrando por tuberías al país. Además, quiero lo que me gane por mi trabajo, nada regalado.
—Lo sé, mijo, pero una ayudita de “arriba”, nunca está mal.
—Bueno, mami, como quieras, de todos modos, no creo en esas cosas. Además, ya estoy perdiendo la fuerza. En realidad, voy a mandar al Calendario este año, y si no cojo nada, no mandaré más a ningún lado. Escribiré para mí y mis socios del taller.
La madre le dio un beso y lo mandó a cepillarse los dientes. Feliz, la obedeció y preparó los cuentos para la temporada de concurso de julio a diciembre. Una vez realizadas las plicas y listos los libros y cuentos, los envió por correo electrónico e imprimió el cuento para el Cortázar y lo ensobró. Decidió que lo entregaría camino a su trabajo.
—¡Manda pin.. esto! —Protestó otra mañana Félix mientras desayunaba con su madre.
—¿Y ahora qué pasa, Felito?
—Que no cogí nada en el Calendario tampoco.
—¿Quién ganó?
—No fui yo. Eso te lo puedo asegurar. Si hubiera sido, ya me lo hubieran dicho. Dentro de un par de semanas, debe empezar la feria del libro, y ya a estas alturas, a los ganadores se lo tienen que notificar. Otro año sin nada, mami.
—No te desanimes, mijo. Tienes toda la vida por delante. Además, confío que lo “de arriba”, debe estar al llegar. Tengo fe en eso… y en ti, claro.
—Nada de eso, mami. No voy a mandar a más nada. Al parecer no tengo la calidad para ganar un concurso literario.
—No digas eso. Recuerda mi promesa: “lo de arriba” —dijo señalando hacia el cielo.
—Ay, mami, no seas ingenua. No señales más, que te entendí la primera vez. Bueno, no importa. Yo seguiré escribiendo y participando en las actividades, pero no voy a mandar a ningún lado. Es una pérdida de dinero.
Y así pasaron los días y llegó la feria del libro. Félix no quería ir a la premiación, pero Davina, la amiga suya del taller y de la que estaba enamorado desde la primaria, había ganado el premio en poesía y le pidió que fuera y llevara gente. Claro, el que ella hubiera ganado, era un secreto que no podía decirle a nadie, eso le dijo en confidencia.
A la hora de comienzo, ya Davina se encontraba en su asiento reservado a los ganadores y se giraba a saludar a Félix, de vez en cuando. Este se había logrado sentar casi en el medio, junto con otros amigos escritores. En eso, comenzaron a leer las actas del jurado de poesía, y mencionaron a Davina. Félix comenzó a sacarle fotos a su amiga, mientras leían las demás actas. De repente, algo lo sacó de sus fotos. Habían mencionado su nombre. La gente aplaudía y una muchacha lo tomó por el brazo y le indicó que fuera a recibir su premio. La alegría del joven era tan inmensa que se había olvidado de su amiga, de que no lo habían avisado por teléfono, ni por correo… en fin, se olvidó incluso que él ni siquiera había enviado en la categoría de Narrativa. No le importaba. Ahí estaba levantando su premio y recogiendo un cheque a su nombre.
Pasaron varios días y Félix aún vivía los cinco minutos de fama del premio. En varias ocasiones lo llamaron para programas televisivos, entrevistas y otras actividades promocionales. Las personas comenzaron a detenerlo en la calle y hacerles preguntas de su libro premiado. Eso conllevó a que, durante algunas noches, tuviera pesadillas en la que lo denunciaban por plagio o robo de identidad, entre otras cosas. Varias ocasiones lo habló con su madre y esta le decía que, si lo habían llamado por su nombre y en televisión nacional, era porque era correcto el fallo.
—Pero, es que yo no presenté a esa categoría, mamá. Y ellos suelen llevar en carro a los ganadores.
—A lo mejor, de tantos que has mandado, ni te acuerdas que lo hiciste. Quizás el error fue tuyo y enviaste un libro que pertenecía a otra categoría.
—Tampoco es el nombre de mi libro.
—¿Alguien ha reclamado el premio?
—Que yo sepa, no.
—¿Tienes alguna copia del cuaderno que enviaste?
—No. No suelo guardar esas compilaciones.
—O sea, no puedes estar 100% seguro que no fue el libro que enviaste.
—Eh…, no. 100% no.
—¿Puedes pedirlo para verificar?
—Qué va, ¿y ponerme en duda yo mismo? ¿Y si lo es? ¿Y si no? Ya gastamos el cheque. ¿De dónde sacar ese dinero ahora?
—Entonces, cállate y disfruta tu premio. El libro es tuyo. Seguro es “el de arriba” —señaló al cielo nuevamente—, cumpliendo su parte.
—No sé, mamá, es algo raro. Llegará el día en que me toquen la puerta, bien tarde en la noche, como en las pesadillas, y sea alguien con una demanda por plagio. Y de esa, ni “el de arriba”, me va a salvar.
Sin embargo, pasaron los meses y la furia del premio se fue olvidando. Félix volvió a escribir más seguido. Cerca de las vacaciones, recibió el contrato de publicación de su libro, de la mano de la misma persona que le entregó la citación a la ceremonia del Premio Julio Cortázar. Al inicio se sorprendió, debido a que no recordaba haber enviado ese año. Lo último había sido el Calendario. “Quizás sea debido a que, como fui un ganador de premio…” se convenció y coordinó con otros amigos para ir juntos al evento.
El día de la premiación, estaban todos sentados en el fondo. En la sala había muchísimas personas y aún más calor. Félix estaba convenciendo a sus amistades de salir al patio, cuando comenzaron a leer el acta del jurado. Todos hicieron silencio en aquel momento, solo se escuchaba el sonido de los pies arrastrados de los camarógrafos de la televisión. Entonces, lo inesperado por Félix, justo cuando el jurado detalló la magnificencia de un cuento que se le parecía demasiado a uno suyo, mencionaron su nombre. Félix no reaccionaba. No entendía nada de lo que estaba sucediendo. El cuento en cuestión, él lo había enviado por correo hacía años, y ya no se acordaba ni cuántos. Sus amistades lo ayudaron a levantarse entre frases como “Oye, te lo tenías calladito” “No me habías dicho que mandaste este año” “felicidades, campeón, estás en racha”.
Félix recogió su premio y a duras penas pudo dar las gracias por la mezcla de emoción y susto. Aún en su casa, con el diploma en la mano, y el cheque en la otra, pensaba que aquello era una cámara oculta.
—¿Estás contento con este premio? —preguntó su madre al verlo callado y con la mirada fija en su nombre en el diploma— No lo pareces. ¿Qué te pasa, tampoco es tu cuento?
—Sí. No. No es eso. Sí es mi cuento.
—¡Y el cheque es en divisa! Ahora sí podrás comprarte la ropa y computadora que querías. ¿Qué te pasa, hijo?
—Nada, que no lo esperaba.
Desde entonces, las llamadas y entrevistas se multiplicaron. Con los días, el miedo fue, poco a poco pasando y Félix comenzó a disfrutar de su renovada fama. Se quería convencer que, a causa de la demora del correo postal, que, el cuento llegó un par de años más tarde. Podía suceder. Y las atenciones recibidas, era algo que, según él, se le daba mejor que escribir. Y, al pensar en eso, volvía a tener pesadillas. Su paranoia fue tal, que cada vez que le preguntaban por sus textos, daba cualquier respuesta vaga y ambigua. Al pasar los días, mientras mayor era su fama, y más la disfrutaba, sus noches se tornaban peores. Despertaba varias veces en la madrugada, soñando con que tocaban a su puerta, o llamaba por teléfono el dueño del libro del calendario o el organizador del Cortázar para informarle que “hubo un error” y tenía que devolver el dinero ya gastado, y dar una disculpa pública.
Pero el tiempo pasó, y poco a poco se fueron olvidando de él. Solo Davina, de vez en cuando, lo llamaba para revisar algún que otro cuento e invitarlo a ser jurado de los concursos de casas de cultura municipales donde trabajaba.
Luego de salir de uno de esos concursos, invitó a salir a Davina y andaba con ella por el malecón, cuando un amigo suyo lo llamó al celular para felicitarlo.
—Felicidades ¿por qué?
—¿Quién es? —peguntó Davina al verlo quedarse muy serio.
—Aldo, felicitándome por haber ganado algo. ¿Qué concurso, Aldo?... ¡¿El qué?! Ah, no jodas, Aldo.
Colgó.
—¿Qué dijo?
—Nada, jodiendo conmigo que gané el premio Carpentier de novela.
—¡Ay, Félix! ¡Muchísimas felicidades!
Le dijo Davina y le dio un beso en la boca. Félix no tuvo oportunidad alguna para decirle que él no había enviado ese año al Carpentier. Y luego que ella le apretara la nalga y lo invitara a su casa, menos aún.
Una vez terminado de hacer el amor. Félix aprovechó que Davina estaba dormida y buscó en internet a ver qué había de verdad en todo aquello. Temía que su recién comenzado noviazgo se terminara por su pecado de omisión. Sin embargo, son solo poner la palabra Carpentier en Google, apareció su nombre y su foto. En otra página, aparecía Aldo recibiendo el premio en su nombre y dando una justificación inventada, del por qué Félix no podía encontrarse allí en ese momento.
No había cerrado todavía la página, y su madre lo estaba llamando al celular.
—Mijito: ¡Felicidades! Yo sabía que tú ibas a llegar a ser grande algún día. Qué alegría. Es gracias “al de arriba”, te lo dije, mijo. Te están comparando con Padura, con un tal Vargas algo y con… ese que te gusta tanto a ti… Borges, ese mismo. Mira eso, están hablando de ti por el televisor. ¿Por qué no fuiste a la premiación…?
—Mami, déjame hablar, coño. No fui a la premiación porque yo no me gané nada.
—Estás en todas las noticias, ¿cómo vas a decir eso? Ya tu amigo dejó el cheque aquí. Ay, hijo, ahora sí podremos arreglar el baño y el techo de la casa.
—Mami, ahora sí estoy seguro que yo no he mandado a ningún concurso. Mucho menos al Carpentier. Eso no lo gana ningún joven.
—Eso dicen. Eres el primer joven en ganarlo. Precisamente de eso trata el reportaje que están poniendo ahora. ¿Sabías que todos tus libros saldrán juntos en la feria del año que viene? Eres “la promesa de la literatura cubana”. Así te han llamado. El relevo. Hasta el presidente dijo que iba a ir.
—Me imagino.
—Y te tengo otra sorpresa, dijeron ahora mismo que iban a hacer el intento de sacarlos este año. Eres el acontecimiento literario del momento. Tienes que mandar para el Casa de las Américas. Es tu momento, hijo. Nadie en la historia cubana había ganado tales premios seguidos.
—Ni los ha ganado aún. Ese premio no es mío.
—¿Qué premio no es tuyo? —preguntó Davina que se despertó.
—Mami, te dejo. Hablamos luego —se despidió y colgó—. El Casa, amor. Que mi madre quiere que mande.
—¿Vas a mandar? Ya es el único que te falta.
—¿Al Casa? Ni loco. Eso es para grandes ligas. Y, aunque quisiera, no tengo nada escrito como para eso. Son un mundo de páginas.
—¿No te dices escritor? Entonces escribe. El Casa paga super bien. ¿Te imaginas con diez mil dólares? ¿Qué harías con eso?
Félix no tuvo mucho tiempo para pensar en la lista de compra. No habían pasado dos meses y recibió la invitación oficial para la premiación. El chofer lo recogería a las ocho de la noche junto a su familia. Él les decía que ni siquiera iba por la mitad de la novela, sin embargo, fue su nombre el que mencionaron por televisión internacional, y el que estaba escrito en el diploma, cuadro y cheque de diez mil dólares. Además, era su novela incompleta la que había ganado. Félix saludaba a las cámaras y el miedo a que todo aquello fuera un sueño, una cámara oculta, un test del gobierno, o, peor, una prueba divina, le invadía cada rincón de su mente. Al salir de la premiación, aún sin bajarse del carro que los llevó de vuelta a casa, decidió terminar con el mundo de las letras.
—No puedes hacerlo, hijo mío —le dijo su madre una vez en la casa.
—Claro que no, Félix, ¿te volviste loco? —la apoyó Davina—. ¿Ahora que estás en alza? No. Ahora tienes que pensar en grande. No sé…, el Alfaguara, o el Planeta. ¡Sí!, el Planeta sería genial, ¿te imaginas, Felito? ¡Los dos juntos en Madrid!.
—No. No me lo imagino. Estoy aterrado ¿no se dan cuenta de esto?
—¿Son premios importantes? —preguntó su madre.
—Son dos de los más importantes y mejor pagados del mundo —respondió Davina ignorando a su novio.
—¡Ya! ¡Basta de nombrar premios! No puedo seguir así. Ni siquiera terminé la novela.
—Es verdad —dijo la madre—, ¿te imaginas si la llegas a terminar? Ahora que no tendrás que trabajar más, termínala y mándala a esos concursos que dice Davina.
—U otro cualquiera. Eres el mejor escritor del mundo, Félix. Puedes hacerlo.
—Que no, y no jodan más.
Sentenció Félix y se encerró en su cuarto. Encendió su computadora y se conectó a internet en búsqueda de algún indicio que le mostrara que todo aquello era una farsa. No encontró nada, excepto mensajes y correos de Stephen King, Vargas Llosa, China Mieville, Margaret Attwod y Netflix, invitándolo a eventos y colaboraciones literarias. Sin poder creerlo un instante, ni responderlos siquiera, apagó la computadora, la luz y se acostó. Juró no revisarlo más, por miedo a la cybervigilancia. No duró despierto ni un minuto. Dormía tan profundo que no sintió cuando Davina entró al cuarto, encendió la computadora, revisó sus archivos, envió un par de correos y se acostó a su lado.
El día que lo nombraban Premio Nacional de Literatura, coincidió con la presentación de todos los libros premiados en ese año. A duras penas Davina y su madre lo habían convencido de ir. Desde el día de la premiación del Casa de las Américas, Félix no había escrito nada. Se demoró casi un mes en cobrar el cheque del premio. Solo lo hizo para poder quitarse a su madre de encima, con la letanía de poder terminar los arreglos del baño, la cocina y construir un cuarto encima de la placa de la casa. Ya Félix estaba cansado de aquellos falsos premios. Renunció a todas las solicitudes de entrevistas y viajes a provincia y el extranjero. Su madre atendió y excusó desde aquel entonces, todas las llamadas que le hacían. Solo fue a la premiación porque lo fueron a buscar todos sus amigos para que les regalara sus libros firmados. Ese había sido siempre el gran sueño, así que decidió salir del autoencierro y disfrutar, aunque sea por última vez de aquel sueño.
La presentación de sus libros la realizó el Premio Nacional de Literatura del año anterior. Supuestamente aquello significaba el relevo, como si aquel título fuera la antorcha olímpica. Félix sonreía a todos y solo esperaba que aquella farsa acabara, ya que, luego de ese premio, pensaba, no había más ninguno.
Luego del nada modesto brindis, ya en camino a la salida con su madre y Davina, se les acercaron varios medios de prensa internacionales. Respiró profundo y decidió dar una última entrevista.
—¿De qué trata el libro enviado a Planeta?
Iba a responder que no había enviado ninguno, pero Davina se le adelantó.
—Le da pena decirlo, y no sé por qué. Es una compilación de sus cuentos eróticos inéditos. Muy buenos, por cierto.
Félix estaba atónito. No sabía nada de eso.
—¿Qué siente un autor cubano de tu edad, al ganar un premio tan prestigioso como Planeta?
—Yo… —No sabía qué decir. Miraba a Davina sonriendo y a su madre— ¿gané?
—Pues claro que ganó. ¿No le han avisado?
—Es que yo ni…
—Señoras y señores —gritó el periodista—. ¡Félix Carmona desconocía haber ganado el prestigioso premio Planeta!
Félix salió corriendo de allí. Davina y su madre se quedaron detrás. Quería alejarse de toda la turba de paparazzis que le iban a ir encima luego de aquel anuncio. Ellas dos sabían cómo manejarlos. Pensó en irse de la ciudad. Dejar todo atrás por un tiempo. Su madre tenía acceso a la cuenta en conjunta de ellos, donde aún quedaba dinero del premio Casa. Podría cuidarse. Algo tenía que hacer. Nunca pensó que ganar tanto sería tan atormentador. Pero ya eso era el colmo. Todo eso pensaba mientras caminaba sin rumbo fijo por la calle. En eso, pasó por delante de un cajero, y decidió extraer dinero para alquilarse fuera de la provincia. Casi se cae al suelo al ver el saldo de seis cifras en su cuenta. “Ay, Dios mío”, pensó “lo de Planeta es verdad”. Sin extraer dinero por miedo a que también le vigilaran la cuenta, guardó la tarjeta y salió corriendo hasta un parque, vio un árbol enorme, y pensando que allí nadie lo buscaría, se subió y durmió. El día siguiente ni pensó en bajarse. Se quedó escondido entre las ramas, analizando qué haría en el futuro. Llegó a la conclusión que sacar dinero del pago de Planeta, podía ser perjudicial, sobre todo si tendría que devolverlo, al descubrirse que todo aquello era una farsa, una falacia de la más grande. Un error. Podría ir a la cárcel por ello. Qué vergüenza pasaría su madre. Así que, decidió ir a su casa, recoger ropa e irse de la provincia, a otra donde pasara inadvertido por un año, dos, o por siempre.
Era de noche cuando bajó del árbol. Tenía hambre. A duras penas no extrajo dinero. Caminó por un par de horas hasta llegar a su casa. Estaba cercada en el frente por una docena de autos de reporteros, así que entró por la ventana del cuarto de su madre. Ella casi se muere del susto al verlo entrar, pero logró calmarse y solo la mano de su hijo al taparle la boca, evitó que revelara su presencia en el hogar. Su madre, luego de caerle a besos, despertó a Davina, que se había quedado desde entonces en su casa. Esa vez, ella lo convenció de irse juntos. No era el plan, pero luego de que ella entrara con él a bañarlo, salió del baño limpio, feliz y con el plan modificado. Maleta para dos.
Estaba escogiendo un par de zapatos cuando sonó el teléfono. Su madre, como era habitual lo respondió y estuvo sin habla por un par de minutos, en los que su rostro fue mutando hasta parecer haberle dado una isquemia.
—Mami, mami —la sacudió. Por el auricular se escuchaba una voz con acento extranjero.
—Si son los de Planeta, diles que les devolveré el dinero. Que no lo quiero.
—No. No son —respondió su mamá. Él le quitó el teléfono de la mano y lo colgó.
—¿Quién era? ¿Qué te pasa?
—Ropa de invierno…, Felito… Mañana… avión.
Decía ella mirando al vacío adelante. Sin moverse aún. Comenzó a murmurar tan bajo, que Félix tuvo que acercarse a ella para poder entenderla.
Cuando Davina llegó a la sala, se encontró solo a la madre de Félix aún pasmada al lado del teléfono, murmurando. Al acercarse, pudo entender lo que repetía una y otra vez: Se te espera mañana en Estocolmo, se te espera mañana en Estocolmo, se te espera mañana en Estocolmo…
Al mirar a su alrededor, no vio a Félix. Nunca más lo vio.
