Él parecía un escolar; no en el primer día de clases, sino cuando se enamoraba la primera vez. No sabía que más hacer para impresionar a su chica. Le había regalado flores, chocolates, caramelos, cenas en restaurantes de lujo y otras salidas y regalos tan caros, que casi lo llevaron a la quiebra. Menos mal que tenía la legendaria fortuna acumulada por sus antecesores. Eso, y aquellas útiles tradiciones y peligrosas costumbres y deberes trasmitidos de uno, durante generaciones desde tiempos previos al Medioevo, cuando las cacerías de brujas. Prácticas que le habían sido enseñadas y estudiadas por los pocos que habían sobrevivido para hacerlo, y desde entonces trataba arduamente de evitar si quería continuar en esa era para hacer el cuento.
Agotadas casi todas las maneras de impresionarla, y no había nada en ese mundo, que lo alegrara más que el rostro de ella cuando él lograba algo sorprendente. La última vez, le había dedicado una canción y, sin importar lo mal que lo hizo, ella rompió a llorar de regocijo. A él también le faltó poco por secundarla en el llanto, ya que sí lo hacía en la alegría.
Seguro estaba, por primera vez en su vida, que aquello era amor real, nada de invento, sin interés material alguno. Aunque era lo que llamaban una humilde aldeana, ella no quería su dinero, solo a él. Eso le imponía mayor presión. Nunca había querido tanto en su vida y llevaba días sin hacer nada por su amada. Aunque no lo aparentara, estaba asustado, temía que ella se aburriera o pensara que él había perdido el interés. Además, se le estaba terminando su tiempo. Sin embargo, ella se parecía contenta. “Solo te quiero a ti”, le decía a él con cariño, “nada más importa: solo tú y a ese hermoso corazón. Con eso tengo para ser feliz por siempre”. Por supuesto, él estallaba en besos, sonrisas y abrazos. De todas formas, solo pensaba en que se acercaba el 14 de febrero y no tenía nada que sorprenderla. Y de paso, decidir qué haría en el futuro.
Con renuencia y mucho temor, la llevó aquel día a la biblioteca de su castillo. Tal como había hecho la Bestia a la Bella como regalo, pensó con ironía, y le regaló todo aquel conocimiento; con el pretexto de que eso era lo más importante en la vida, ya que el saber es poder. Ella rebosaba de felicidad, lo cubrió de besos y promesas de amor. Recorrió los estantes llenos de libros antiguos de bizarras cubiertas y pergaminos, hechos con cueros y materiales extraños desconocidos por ella. Muchos de ellos sin autor en la cubierta e incluso sin nombre. “¿Por qué haces esto?”. Preguntó ella mientras lo tomaba de las manos. “Sabes que no era preciso. Me vas a malcriar si sigues así.”
Aquello era justo lo que él esperaba para contarle, no sin mucho miedo al rechazo y a ser abandonado, la realidad sobre su condición, su casta y los equipos extraños que tanto le habían llamado la atención a su enamorada. Le dijo que ese era solo el inicio de su regalo, “solo es la envoltura, amor mío, a ti...: te brindo el futuro; si decides seguirme”. Y al decirlo, con toque de sus manos sobre una zona de la mesa, creó un portal frente a ella. Al ver su expresión, le pidió que no se asustase.
Ella estaba paralizada, no sabía qué hacer. Pasaba la vista del vórtice abierto al frente, hasta los temerosos ojos de su novio. “Solo dime que me quieres seguir, amor.” Le dijo él. “Escoge lugar, fecha. No importa si te parece real, ficticio o te lo inventas por el camino. Puedes ser, tener o hacer lo que quieras. Es tuyo el multiverso para hacerlo, mi reina hermosa. Porque no puedo vivir sin ti”.
La tomó de la mano. Ella temblaba como una hoja. Él le besó los dedos con ternura y con suavidad se adentraron en el portal abierto. Una vez dentro él modificó su alrededor como quien modifica la interfaz de un ordenador y creó una habitación circular con varias puertas para que ella escogiera un mundo al que adentrarse.
“¿Cómo lo haces?”, preguntó ella. “Es sencillo. Para alguien único como tú, que me has dado lo que no he encontrado en ninguna época; aquello que es imposible comprar o crear; que me has hecho sentir vivo y completo: te lo doy todo, solo pídelo y tuyo será. No hay imposibles en este lugar”, le dijo e hizo un ademán invitándola a que recorriera las puertas. “Cada una es tiempo o lugar diferente en la historia”. Ella lo hizo, con la timidez que la caracterizaba. En su rostro el miedo, poco a poco había ido desapareciendo y la sonrisa fue ocupando su lugar. Caminó a la redonda y llegó otra vez hasta su amado sin entrar a ningún mundo. “¿No te decides, amada mía, deseas que te ayude? No temas”. “No lo hago, mi amor, es que no deseo estar en ningún lugar que no sea este, a tu lado, ni deseo otra cosa que aquello que siempre te he pedido: tu corazón”, le dijo ella y con un rápido movimiento, introdujo su mano en el pecho del joven amante y extrajo aquello tanto tiempo anhelado.
Con la misma sonrisa de siempre, dejó a su enamorado en aquel lugar y salió del portal hacia su casa, donde la esperaba su anciana madre. “¿Lo tienes, querida?”. “Sí, madre, al fin tengo el último de aquellos magos que tantos problemas nos han dado. Lo malo es que estoy segura que seguirán viniendo” Le respondió y colocó el órgano, aún palpitante, en un pomo de cristal, al lado de los demás corazones colectados de los anteriores cazadores de brujas.
