Suena el teléfono. Paco estaba a punto de saltar, pero reconoció el tono de su madre. Demasiado inoportuna. No esperaba que allá arriba llegara la señal. Pero creyó que era un buen momento para despedirse.
-A ver, mijo, ¿cómo vamos a hacer para comunicarnos cuando ya no estés… ya no estés con nosotros, cuando ya no te tenga a mi alcance?
-Ay, mami, ¿hasta cuándo vas a seguir con eso? Déjame ir. Ya no soy un niño.
El rostro de la madre se entristeció. No era la respuesta que esperaba.
-¿Qué quieres que haga? Las madres tienen que comunicarse con sus hijos, tenerlos cerca.
-¿Comunicarse o controlar? Bueno, mamá, como sea que lo llames, allá a donde voy, será muy difícil que podamos hablar nuevamente.
-¿En serio?
-Muy en serio, mamá. Ya no volveremos ha hablarnos…
-No te preocupes, mijo. Papá Dios pondrá en mi camino la forma de que pueda cuidar de ti.
-Dios ni Dios. Mira que llevo tiempo aquí arriba y no he visto ni una pluma de ángel, ni he visto a tu Dios.
-ah ¿no? Dale tiempo al tiempo. Él está en todos lados.
-Bueno, no aquí. Seguro que tampoco a donde iré después que salte.
-Ay, mijo, no saltes. Regresa a casa, que me muero si no hablo contigo todos los días.
-Mamá, ya lo hablamos. Tengo que saltar, ya no puedo aguantar más.
Se hizo un largo silencio. Estaba a punto de colgar, cuando sintió un sollozo del otro lado de la línea.
-No me vayas a decir que estás llorando.
-No.
-¿No? ¿Y esa moquera que siento?
-Es que no me adapto a la idea de no volver a verte, mijo. No hay madre que acepte esa idea.
Unas lágrimas se escaparon y corrieron mejilla abajo en contra de su voluntad. Por más que quiso impedirlo, su madre le ablandó el corazón.
-Coño, mami, no me hagas eso. Sabes que tengo que saltar. Es inevitable. No puedo seguir en este mundo, porque le haría daño a mucha gente si me bajara de aquí. Trata, de momento, de recordarme. Recuerda mis cumpleaños, los buenos momentos que vivimos. Piensa que criaste a un buen hombre, mami. Piensa en que no todas las madres pueden ver crecer a un hijo sano, educarse y terminar de primer expediente de la universidad. No todas las madres se convierten en abuelas y acompañan a su hijo al altar. Y tú has hecho todo eso, y más. Centra todas tus energías en cuidar de mi hijo. Cuando crezca, cuéntale de mí, de lo que lo amo y que este sacrificio lo hago por él. ¿Mamá? ¡¿Mamá?!
-Aquí estoy, aquí estoy -la madre se seca el llanto y sopla la nariz-. Ay, mijo, no saltes. No lo hagas. Quédate.
-Mami, ya, coño.
-Mijo…
-A ver, mami, ya. Vaya, te prometo que, cuando llegue, a donde sea que vaya cuando salte, ¡porque voy a saltar, quieras o no! Voy a intentar comunicarme contigo.
-¿Sí? ¿De veras?
-Haré todo lo que esté en mi poder y si Dios lo permite, volveremos a hablar. No será igual a tenerme aquí, en persona, pero algo es algo.
-Bueno, está bien. Pero tienes que prometerme que me llamarás de un modo u otro. Es que necesito saber que vas a estar bien. Dios no me fallará y va a permitir que nos hablemos.
-Claro, mami, Dios.
-Sino, Julita, la de la esquina ¿te acuerdas de ella? La de la Ouija…
-Sí, mamá. Dale, que ya voy a saltar, chao. No se escucha bien.
-Sí, espera. Qué mal te oigo ahora. Bueno, ella me dijo que podía ayudarme.
-Lo dudo, mami. Etecsa no tiene sucursal allá a donde voy…
-Pablo ¡Pablo! Ay, Dios mío, no.
La llamada se cortó de repente, por la distancia. Pablo colgó, su madre, en su casa, rompió en llanto. La nave, una vez alejada de la Tierra, saltó al hiperespacio, rumbo a explorar lo desconocido.