…porque vivían de sus respectivas pensiones de jubilados, de modo que el despilfarro no entraba en la casa, pero podían apreciar cómo se extendía a su alrededor.
Eva Luna
Isabel Allende
En una noche de ciclón, se abre la puerta y entran Ofelia y su nieta. Afuera, la furia del huracán comienza a arreciar. Silvia camina por la habitación buscando el interruptor de la luz, pero no lo encuentra. Está enfadada y a oscuras. Su abuela la tuvo que buscar al centro de rehabilitación por peligro de inundación.
—No sé para qué me trajiste para aquí, abuela. Te dije que iba a estar bien allá.
Ofelia la mira con cariño. Sabe lo que está oculto tras sus palabras.
—Los viejos saben cosas, Silvita. Lo dice el dicho: más sabe el diablo por viejo… —mira a su nieta esperando que ella se sepa el final de la frase.
—Aquello fue cosa de una vez, no es para que hora tengas que ir también al baño conmigo, como lo hacen en el centro. No lo voy a hacer más.
Una ráfaga de viento ruge en el exterior y un transformador explota llevándose la electricidad consigo. Las dos mujeres se miran asustadas un instante antes de continuar.
—No me digas mentiras, Silvita, yo no te enseñé eso.
—No, nunca lo hiciste. Pero la vida sí que me enseñó otras cosas. He aprendido demasiado, abuela. Muchas cosas malas me han pasado —señala para afuera. El aire entra en ráfagas por debajo de la puerta—. Y me siguen pasando. Mejor me voy a la calle. A lo mejor el ciclón me lleva a un lugar mejor. Más para el norte.
—Mira, hija, qué viento este —le dice, haciendo como quien no oye el comentario—. Pon el paraguas ahí en ese rincón. Ábrelo, no lo dejes cerrado que coge moho.
—De madre el lugar este. Nada más que cae una agüita y quitan la luz. Cuando yo lo digo, tenía que haberme muerto yo también. Mejor, como dice Freddy Mercury: no tenía que haber nacido en absoluto. Al menos no en este lugar.
Ofelia saca unas velas de una gaveta y las prende.
—No digas eso, Silvita… No hables alto que te van a escuchar.
—¡Ay, ya, abuela, déjame tranquila de una vez! Contra. Ya bastante que tengo pasarme el maldito ciclón este contigo. Hoy iba a escaparme al Vedado. Pero no. Tengo que quedarme encerrada contigo.
—¡No, hija, no! El que salga a la calle con este ciclón no sobrevive —se da cuenta de lo que evitó al ir a buscarla. Se para en la ventana de cristal y señala hacia fuera. Los relámpagos alumbran la habitación a intervalo— Es categoría cuatro, y está sobre nosotros ahora. Cuida a tu abuelita, Silvita, somos lo único que tenemos en este mundo, mija. Por ti es que me siento en esa máquina de coser todos los días. Para que no te falte nada. Si no te tuviera, nada de esto tendría sentido, Silvita. Hazlo por mí, quédate conmigo. No salgas afuera que es muy peligroso.
Ofelia se sienta en la silla frente a la máquina de coser y observa a su nieta caminar de un lado hacia otro mientras juega con la cera que desprende la vela que lleva en la mano.
—¿Qué hablas, abuela? Ni que me fueras a dejar salir. Desde aquel día no me quitan el ojo de encima. Si me voy eres capaz de aparecerte donde quiera que estés. No sería la primera vez.
—Los viejos saben lo que es mejor para uno, Silvita. Recuerda que ya pasé por esto mismo una vez. Y para mi pesar, fallé—Ofelia la agarra por los brazos—. No lo pienso hacer. No de nuevo. No, no, no...
Silvia la aparta y le pasa la mano por la cabeza mientras sonríe. Mira a los útiles de trabajo de Ofelia y a la luz de un relámpago, ve uno de interés. Coge una tijera y comienza a jugar con ella.
—Deja eso, mi hijita, que tiene mucha punta y casi no hay luz.
—He estado pensando, abuela, mi madre fue muy inteligente. ¿Qué sentido tiene seguir aquí, abuela? ¿Qué sentido tiene levantarte todos los días, ir a la escuela, regresar para la casa, comerte un plato de comida insípido por la falta de condimentos? ¿Eh, abuela? Tengo 19 años y esa es mi vida. Los fines de semana no puedo irme de fiesta a donde quisiera, entre otras cosas, porque no tengo dinero. Porque mi abuela, mi único familiar vivo — Silvia señala a Ofelia con las tijeras—, trabaja de costurera y está ahorrando para que cuando vaya a la universidad, no me falte nada. ¿Y mientras tanto, qué?
—Silvita, mija, eres muy joven aún. Tienes tiempo suficiente para salir a las fiestas. Deja la tijera tranquila. Dámela —Ofelia extiende las manos pidiéndole las tijeras, pero Silvia continúa jugando con ellas y la ignora—, te vas a hacer daño.
—¿Daño? ¿Más daño que el que me hice al nacer? No jodas, abuela. Si no puedo estar más jodida. No tengo dinero, madre, casa, trabajo y por lo que veo: ni futuro. Además, no deberías preocuparte tanto por las dichosas tijeras. Maneras de morir hay un montón. Ahora mismo podría salir a la calle con este ciclón.
—¡Ay, mija! No digas esas cosas. Sabes que me suben la presión. Quien salga a la calle ahora se muere, Silvia. Eso es seguro. Yo he dado mi vida por ti desde que naciste. Ni siquiera me paro de esta máquina de coser. Mira mis dedos, Silvita, están llenos de pinchazos y callos. Todo para que te compres tu ropita en tu cumpleaños y salgas a pasear con tus amigos.
—Eso no sirve para nada, abuela, y lo sabes. Ya las cosas no son como antes. Ahora todo está carísimo. Mira, abu, sé que lo haces con las mejores intenciones, pero ya no aguanto más esta miseria en la que vivimos. Si lo ves bien, lo que te voy a hacerte es un favor. Todo lo que has hecho hasta ahora es por gusto, abuela. Aquí no tengo futuro. En esta vida no hay futuro. No hay otro fin para mí. Coges ese dinerito ahorrado y te compras una comidita buena. Pasas el tiempo que te queda sin trabajar. Vives mejor así.
—Silvia, hija, no me digas estas cosas. Sabes que no me gustan.
—Es la verdad, ¿te voy a mentir?
—Yo te voy a ayudar, mija. No me hagas pasar por esto de nuevo, mira que yo estoy vieja. Ya a mí me queda poco. Cuando me muera, si quieres, vende la casa y te vas a otra más pequeña, o te vas del país, o lo que quieras. Puedes traer a alguien que te ayude. Te buscas un buen hombre que te haga compañía. Pero no pienses en esas cosas malas ahora, Silvita.
—Ya deberías estar acostumbrada a estas cosas. A fin de cuentas, es un mal de familia por lo que sabemos.
Silvia sigue a jugar con la tijera mientras su abuela, a tientas, arregla algunas cosas en la cocina y busca dónde guardó las velas. Se para frente a la puerta que da al balcón y mira por la ventana. Se pasa la tijera de una mano a la otra. De pronto, escucha a su abuela llorar.
—Vete a dormir tranquila, abuela, déjame sola. Voy a estar bien. Te lo prometo.
—Sabes que no puedo hacerlo, Silvita. Dame la tijera y siéntate tranquila. Vamos a hablar. Ven, hija.
—Déjame sola, abuela. No tienes que estar aquí. Ya pasaste por esto una vez.
—Con tantas cosas que tienes por delante. Tanta vida. Eres una muchacha linda e inteligente. Piénsalo bien. Si quieres conversar con alguien…
—¿Conversar de qué, abuela? No más de lo que hablo en el centro. Si no quieres que pase, entonces dame una razón. Convénceme de que tengo el futuro ese que tú ves.
—Piensa en mí, Silvita. Piensa en lo que me va a suceder. En todo lo que he hecho por ti. No es mucho al parecer pero es todo lo que he podido. Piensa en lo que estoy sintiendo ahora y lo que voy a sufrir. Yo te quiero muchísimo. Tú eres mi única familia.
Silvia se acerca a su abuela y la abraza. Comienza a llorar.
—Yo lo he pensado, abu, todos los días. Eres la razón por la que estoy aquí. No creas que no me duele dejarte. Pero hay días en que es muy difícil. Tú has vivido y yo no tengo vida aquí. Te hago trabajar muchísimo todos los días para solo comer huevos por las noches. No alcanza para las dos.
—Es verdad que no alcanza para las dos, Silvita, pero mira, mija, esto era para cuando te graduaras. He estado guardándote este dinero para cuando comenzaras la universidad.
Ofelia, llorando, va hacia la máquina de coser y abre una de las gavetas. Saca una vieja caja de metal. Se le da a Silvia.
—Este dinero lo estoy reuniendo desde que naciste, Silvita. Pienso que te alcance, mija, pero dame la tijera, por amor de Dios. No sigas.
Silvia mira sorprendida el dinero. Se acerca a la ventana para ver la cantidad.
—Aquí hay una pila de dinero, abuela. Debe haber miles.
Silvia pone la tijera a su lado, sonríe y mira a su abuela
—Eso lo he ganado trabajando para ti, hija. Ahorrando para tu universidad. Para que tuvieras un futuro cuando yo me fuera. Y que nunca terminaras detrás de una máquina de coser como yo. ¿Ya no quieres salir para allá afuera?
—Claro que no, abuela. Ya no hace falta. Yo no sabía esto, abu, nunca me dijiste que era tanto. Si lo hubiera sabido, yo…
—Siempre me decías que los tiempos han cambiado y que todo era caro, así que no sabía si era mucho. Era una sorpresa, mija. Este iba a ser mi último trabajo para ti.
Silvia pone el dinero encima de la mesa y comienza a contarlo y separarlo por grupos.
—Contrá, abuela, estamos hechas. Con esto puedo pasar la universidad sin tener que ponerme a trabajar.
—¿Esto te alcanza? Dímelo, Silvita, que lo que no quiero es volver a sentarme en esa máquina.
—Pienso que sí. Si lo estiramos y lo cojo para lo indispensable para las dos, creo que me alcance. Puedo invertir una parte en algo. Ya estoy viendo luz en nuestro futuro, abu.
—No. Esto es solo para ti, mija. Ya a mí no me hace falta. Pero prométeme que vas a terminar la universidad.
—Por supuesto que voy a coger la universidad. Si lo estiramos puede que sobrevivamos un tiempo y no tendrás que trabajar en la máquina vieja esa.
—Bueno, entonces dame esa tijera, Silvita, que ya no te hace falta.
—Cógela, abu. Ya con esto, tengo todo lo que necesito.
—Qué bueno escucharlo, Silvita, qué bueno. Siento que he cumplido mi promesa de cuidarte. Ya puedo descansar tranquila.
—Descansa, abuela, descansa. Acuéstate a dormir tranquila que mañana el ciclón se habrá ido.
Silvia le da la tijera a su abuela. Ofelia recoge el paraguas del suelo y deja a su nieta contando el dinero. De repente una ráfaga de aire le vuela parte del dinero. Cuando Silvia se vira, ve la puerta de la casa se cierra tras su abuela.