“Le llaman “El Pez Demonio” porque no es un pez como los otros. No es un dios… tampoco es un pez común, es una leyenda viviente. Se habla de él desde varias generaciones atrás. Nadie ha sido capaz de sacarlo del agua, ni siquiera de tocarlo. Dicen, que donde quiera que llega, la pesca disminuye, pues es capaz de comerse a mil peces de un bocado o vaciar el río en un día y luego saltar a tierra e irse a otro río manteniendo así el equilibrio entre la fauna acuática y los humanos. Otra teoría es que los peces lo siguen y obedecen como a un dios vivo. Algunos dicen que lo han visto en el mar. Se cuenta, que es tan fuerte que puede romper los huesos de un caballo de un mordisco. Los ancianos cuentan que hizo un pacto con Dios, otros que con el Diablo. De su tamaño se habla, desde los que alegan que es mayor que un adulto y otros que es tan largo como el mismo río. Que le faltan una aleta y un ojo, y por dicho agujero puede ver el futuro. Nadie sabe nada con exactitud. La verdad es que al parecer ha llegado a nuestro río y la pesca no ha ido tan bien como quisiéramos.”
Decía el jefe en la reunión en el centro de la aldea y Markin lo escuchaba con los ojos abiertos de pura emoción. En cierto momento dejó de atender. No le interesaba escuchar al jefe hablar sobre las ofrendas, trabajos y de esfuerzos que debían realizarles al dios del bosque. Solo veía su oportunidad de brillar. Joven al fin, tenía esa necesidad de ser visto por todos, de la aprobación de los mayores.
Se encaminó a la soledad del bosque nocturno. Caminó entre el ulular del viento y los sonidos de los animales que lo observaban desde sus refugios en la sombra. Markin caminaba sin detenerse ni amedrentarse. Tenía sujeta en una mano una vara que se había fabricado y un cordel en el bolsillo. En la otra, una lanza en la que se apoyaba de vez en cuando.
Debía ser medianoche cuando llegó al claro que buscaba. En el centro, una roca de su tamaño dejaba escapar una corriente de agua, que se escurría sobre la piedra para luego convertirse en un pequeño arroyo que se perdía de la vista en la vegetación. Markin se detuvo al frente ella y dejó su lanza, el cordel y vara en el suelo. Su pueblo, desde muchas generaciones atrás, había sido devoto de esa deidad. Hasta el punto que creían que habitaba allí y cumplían con rigurosa seriedad todas las actividades relativas a ella, ya que sus peticiones siempre, de una forma u otra, fueron escuchadas y concedidas.
—Oh, gran protector del bosque y de aquellos abrigados en su interior, escucha las palabras de tu servidor. Acércate. Yo, Markin, te llamo.
La pequeña corriente de agua se agitó y comenzó a elevarse poco a poco hasta ganar dos veces la altura del joven. El agua formó figura que semejaba a un humano inmenso y poderoso. Markin veía aquello aterrorizado. Había escuchado a su abuelo hablar de las bendiciones que ese dios le había proporcionado a su aldea luego del pacto realizado pro los Primeros. Por eso iba esa noche. Como siempre, Markin había atendido solo la parte que le interesaba y no hizo caso sobre los tributos que habían prometido pagar por las peticiones. Para él, eran meras exageraciones para tener a los niños y jóvenes ocupados. Aquello significaba trabajo al que él siempre le huía. Pero había grabado bien en su cabeza la localización de este poderoso dios y ahí estaba, frente a él; sorprendido de lo impresionante de su imagen.
—Aquí estoy —le dijo el dios y Markin salió de su inmovilidad. “Es mi protector, no me hará daño”, se dijo y tomó valor para hablarle a la deidad. Le pidió que le permitiera ayudar a su aldea. Terminar con el peligro que significaba el Pez Demonio para su pueblo. Sin embargo, su protector se negó a hacerlo. Le dijo que debía trabajar de conjunto con los suyos para conseguir su objetivo.
—En mi pueblo me tildan de holgazán, y deseo probarles lo contrario. Quiero hacerlo… y solo. Ganarme mi lugar sin la ayuda de nadie, sin hacer esos trabajos agotadores durante el día entero. Dame lo que te pido. Es por el bien de todos —le dijo con firmeza. El dios del bosque miró cómo el atrevido muchacho osaba hablarle de esa manera tan irrespetuosa.
—Está bien. Si lo que deseas es trabajar —le dijo—… Te concederé lo que me pides si me das algo a cambio. Dime, muchacho, ¿qué necesitas exactamente?
Markin le mostró su vara de pescar, el cordel y el improvisado anzuelo. Le pidió que los bendijera, para con ellos atrapar al terrible pez. Su protector, luego de mucho pensar, le preguntó otra vez si estaba dispuesto a realizar las ofrendas necesarias. Tenía que respetarlas o habría consecuencias.
—Haré lo que me pidas si me dejas lograr lo que dicen imposible: Atrapar al Pez, sacarlo del agua, tocarlo. Salvar a mi aldea del hambre, que valoren mis acciones. Para eso necesito que la vara no se doble y parta, que el cordel aguante los tirones y el anzuelo no se suelte —le dijo y se los mostró en el suelo.
—Lo que quieres es una vara sólida, que aguante el peso del gran pez. Pues en cambio, dame algo tuyo que sea similar.
Markin miró su lanza y con dolor se la brindó al protector.
—No, humano, algo tuyo. Dame un hueso largo y sólido. Escoge tú cuál me darás. Y ten presente que lo que te doy será bendecido y durará por siempre. La podrán usar tus nietos y los nietos de estos. Si no eres capaz de sacrificarte por lo que quieres proteger, no hay trato. Créeme cuando te digo que no lo necesitarás después para tu vida…
El muchacho dio unos pasos atrás de manera inconsciente. Se miraba las manos y el cuerpo aterrorizado. Se repetía: “No, no, no, no puede ser”. Pero dejó de retroceder y una luz brilló por un momento en sus ojos. Al Dios no le pasó desapercibida.
—Está bien. No te puedo dar ahora uno de mis extremidades, los necesito para agarrar la vara, y los de las piernas, para afincarme y caminar hasta el río. Daré uno de mi brazo, una vez que cumpla mi cometido. Solo entonces, podrás tomarlo. En mi pueblo me verán como su salvador y no lo necesitaré.
—Acepto tu propuesta y te tomo la palabra.
—Déjame preguntarte algo —interrumpió Markin, temeroso—, ¿dolerá cuando te lo lleves?
—No lo tomaré, no puedo. Tengo un pacto con tu pueblo, no puedo hacerle daño a ninguno de ustedes. Así que tendrás que ofrendármelo como por tu cuenta. Si lo haces de buena voluntad, no te dolerá.
Una vez dicho eso, el cuerpo de agua del dios se estremeció y en la mano de Markin apareció la vara. Parecía la misma, pero se sentía diferente. Poderosa. El muchacho sonrió.
—Ahora pasemos al cordel que me pides, Markin. Deseas que sea resistente, fuerte, flexible y aguante el peso y los embates del pez. Puedo dártelo… a cambio de algo similar.
Markin se asustó y, por instinto, dio otro paso hacia atrás. Mas luego avanzó confiado hacia el Dios.
—Toma mi pelo, mi señor —le dijo ofreciéndole su larga trenza—. Lo he cuidado durante años y es algo de lo que me enorgullezco. No hay en mi pueblo quien tenga una como la mía. Si la quieres, es tuya.
—Gracias… sin embargo, no es eso lo que quiero. Tu pelo es hermoso, pero es frágil. Necesito algo más fuerte y resistente. Como tus músculos. Dame los que desees, humano. Créeme que no los necesitarás después para tu vida normal.
Otra vez, las ganas de echarse a correr fueron fortísimas. Estaba aterrorizado. En su mente solo habían dos pensamientos que combatían entre sí: correr y salirse de esa utilizando su inteligencia. No podía correr. La idea de regresar a su pueblo y continuar su vida común no era algo de lo que se alegraba. Quería algo más. Ser visto como un héroe. Y si su inteligencia y picardía lo ayudaban, pues… que así fuera. Además, ya había prometido un hueso. No había vuelta atrás.
—Hace un momento pediste un hueso de mi brazo, y te lo di. Ahora reclamas mis músculos, y te daré los de mi brazo… pero solo cuando cumplas lo que me prometiste.
—Que así sea.
Una vez más, en sus manos apareció un cordel, fino, liso y transparente. Ligero como una pluma, flexible como el caucho y fuerte como el diamante. Markin dio las gracias al Dios y se iba a retirar cuando este lo detuvo.
—Nos queda otra cosa sin la cual no podrás salvar a tu aldea del hambre.
Markin estaba asustado. Cada vez se arrepentía más de haber ido allí. Pero al aceptar el primer trato, había pasado el punto de retorno; solo podía continuar.
—No tengo nada más que ofrecerte, Señor Protector. Ni necesito nada más. Gracias.
—¿Con qué piensas capturar al pez? No tienes carnada ni anzuelo que lo atraigan y retengan. El hilo y la vara no te servirán de nada sin esto que olvidabas. Piénsalo y verás.
—Usaré los mismos que usan los demás.
—Y mira qué buen resultado ha dado —ironizó el dios del bosque—. No servirán para lo que quieres. Bien lo sabes… por eso viniste. No hay necesidad de temer.
El joven sí temía y veía razones para hacerlo. Sin embargo, no lo demostró.
—Tienes razón ¿Y qué pides a cambio de eso?
—Algo igual, como siempre.
—¿Mis dedos? ¿Es lo que deseas? ¿No te basta con lo que me has quitado?
—No te he quitado nada. Hemos hecho un cambio justo, ¿no crees? No quieres trabajar para rendirme tributo. No deseas estar con los de tu pueblo, día a día, haciendo lo mismo de siempre. Quieres ser un héroe, ¿sin sacrificar nada? Dime de alguien que lo haya sido alguna vez de esa manera. Toda magia tiene un precio y el mundo su equilibrio natural. Por eso no puedo darte nada sin recibir algo a cambio, humano. No seas insolente.
Markin estaba asustado y rabioso. Solo pensaba en un modo de librarse sin tener que perder nada más.
—Tienes razón, disculpa. ¿Qué deseas a cambio?
—Dame el habla. Ese es tu mejor gancho. No he visto a nadie como tú en muchísimo tiempo. Dámelo y te daré el anzuelo y carnada.
—Está bien, tómalo, pero bajo las mismas condiciones.
—No te preocupes, siempre cumplo con mi palabra. Espero que hagas lo mismo. Le prometí a tu jefe que nunca dañaría a sus protegidos mientras mantuvieran el pacto de los Primeros. Sin embargo, esto puede cambiar si no cumplen su palabra.
—No hacen falta esas advertencias. Te pido que no culpes a mi pueblo de mis acciones, cualesquiera que sean. Solo quiero lo mismo que mi jefe.
—¿Me das tu palabra entonces?
—Sí. Una vez que haya hecho lo que aseguran imposible y salvado del hambre a los míos.
Diciendo esto, el dios fue disminuyendo su tamaño hasta volver a ser la pequeña corriente de agua que encontró Markin a su llegada. En sus manos tenía un juego de anzuelos y un cazo con la carnada. Estuvo en el mismo lugar, reviviendo lo sucedido, por un buen rato antes de iniciar el retorno a su hogar. Llegó cuando el sol comenzaba a colarse entre las ramas para llenar de puntos luminosos el suelo.
La madre de Markin salía a darle comida a sus gallinas cuando vio a su hijo llegar cabizbajo. Él le relató lo sucedido en el bosque, pero se guardó de decir el precio a pagar. Ella se puso muy contenta “de que al fin tomara responsabilidad ante su pueblo”, le abrazó y cubrió de besos. Mientras desayunaba le contaron a su padre, quien lo miraba muy seriamente y atendía para no perderse ningún detalle. Markin sabía que el viejo lo iba a acribillar a preguntas en cuanto tuviera una oportunidad, así que antes de terminar la comida, pidió permiso para salir con la excusa de ir a pescar, sin dar tiempo a cuestionamientos incómodos.
Antes de cruzar la puerta escuchó a su madre intentando calmar a su padre. Este le decía que su mayor preocupación no era lo que él hizo, sino lo que haría en el futuro. “Con los Dioses no se juega”, fue lo último que le escuchó, antes de echar a correr al río.
La mañana era limpia, fresca, y una vez que Markin estuvo en la orilla, se percató que, de lo limpia y tranquila que estaba el agua, podía ver las rocas y arena del fondo. No había peces a la vista. Había llevado su cuchillo, un pequeño barril y los objetos que le dio el dios del bosque, montó la vara y lanzó el anzuelo al agua. Se sentó en la arena y buscó dónde enganchar la caña para poder descansar. Su experiencia le había demostrado que pescar conlleva mucha paciencia. Sin embargo, no había encontrado el sitio aún, cuando un tirón en el cordel casi le lleva la caña. La agarró con firmeza y poco a poco fue recogiendo hasta sacar a un hermoso bagre del agua. El pescado, que debía pesar sus buenas veinte libras, coleteaba con fuerza y amenazaba con regresar a su hábitat. Markin no lograba contener su embate, así que tomó el cuchillo, y lo golpeó en la cabeza. Una vez pasada la emoción, lo metió en el barril, y sin poder contener su entusiasmo, comenzó a brincar y a dar gritos de alegría. Besaba la vara y levantaba los brazos al cielo dando gracias por las bendiciones recibidas. Incluso, llegó a besar al pescado.
Buscó entonces un lugar sombreado por la zona más profunda. Ahí plantó el barril, y echó el cordel al agua. No habían transcurrido dos horas cuando el barril estaba lleno de peces. Tuvo que correr de vuelta al pueblo y pedirle a su padre que lo ayudara a cargarlo en la carreta que usaba para trabajar. No sin molestarse, aceptó la petición y se pusieron en marcha.
—No te voy a decir lo que tienes o no tienes que hacer, Markin, ya eres un hombre. Cuando los Primeros pidieron ayuda al dios del bosque, hicieron un pacto con él para su protección, -el que nosotros renovamos- y a cambio le entregaríamos parte de nuestras cosechas y capturas. Hasta ahora ambos hemos cumplido con nuestro pacto. ¿Qué fue lo que prometiste, hijo? Mira que nos tomamos muy en serio el bienestar y seguridad del pueblo por encima de todo. No vayas a echar a perder lo que tanto hemos trabajado. Escucha a tu padre que sabe más que tú: los dioses tienen extraños métodos de cobrar lo que se les promete. A veces los más inesperados.
—¿Cómo sabes eso, padre? —preguntó Markin, por primera vez intrigado.
—Los ancianos siempre lo advierten en todas las reuniones del pueblo. No sé a ciencia cierta qué es, dudo que ellos tampoco lo sepan o recuerden, ya están muy viejos; pero le temen. El miedo es algo que no se olvida por muchos años que pasen. Reza igual que nosotros para nunca averiguarlo. ¿Por qué crees que nos trabajamos tanto para cumplir con nuestras ofrendas prometidas, y cada vez que nos conceden algo que pedimos?
El joven no contestó. Cuando llegaron al lugar, se apeó de la carreta y ayudó a su padre a vaciar el barril en ella para llevar sus capturas al pueblo.
—No te preocupes, padre —le dijo Markin—. Lo que he hecho es por el bien de nuestra gente. Yo me ocuparé de mis problemas cuando llegue el momento. Por ahora disfrutemos de lo bueno. Lleva esto al pueblo y dáselo al jefe. Dile que yo lo mando.
Y así se hizo. El padre cumplió con lo pedido no sin antes ofrecerle su ayuda a Markin. Este la negó alegando que tenía que hacer eso él solo.
Fue enviando peces hasta bien tarde. Al siguiente se despertó y, luego de asearse y desayunar, salió hacia el río sin hacerle caso a los rostros preocupados de sus padres.
—Dentro de dos horas lleva la carreta —fue lo único que dijo antes de salir.
El padre cumplió y llenó el carro de peces. Tan variados en tamaño como en especie. Tantas, que algunas nunca habían sido pescadas en aquellos lugares en los años que llevaba asentado el pueblo allí. Markin solo se preocupaba por lanzar el cordel y sacar los peces del agua. Cada vez más seguidos unos de otros, como si por arte de magia se materializaran en el anzuelo. Sin embargo, el Pez Demonio no aparecía y Markin temía que lo hiciera y no saber qué hacer en ese momento.
Así estuvo durante esa jornada. Al tercero, tenían reservas de alimentos suficientes para semanas y aparte, las ofrendas. Antes de despedirse, tomó sus herramientas de pesca y le dijo a su padre que no era necesario que fuera a buscar los peces en dos horas, él le avisaría cuándo hacerlo. Quería tomarse el día para descansar, había estado (a su entender, al menos) demasiado tiempo trabajando, se tomaría ese día como pago por su labor y no quería que su padre lo descubriera.
Caminaba por la plaza del pueblo cuando fue detenido por varias mujeres. Todas con vasijas llenas de comida y regalos al joven pescador, quién se alegraba de que sentirse reconocido. Las mujeres les daban las gracias y se agrupaban a su alrededor para bendecirlo. Algunas le pasaban la mano por sus brazos y pelos como si él fuera algo sagrado. Markin disfrutaba aquello de gran manera; era más de lo que siempre soñó. Las mujeres le hacían preguntas y escuchaban atentamente las respuestas del joven pescador, como si este fuera un sabio; hasta aplaudían cuando terminaba de hablar. Cada minuto que transcurría llegaban más y más. Tuvo que pedirles de favor que llevaran los regalos a su casa y él los vería una vez que regresara del río, por la noche. Ellas quedaron en hacer un banquete esa noche, para honrar al salvador del pueblo. Él agradeció una vez más y se despidió.
No lo pensaba hacer, pero luego de tal suceso, fue hasta el río dando saltos de alegría y orgullo. Nunca lo habían tratado de esa manera… y se sentía de maravillas. Pensaba capturar algún pez y llevarlo de ofrenda. Uno solo, luego descansaría.
En ese estado de éxtasis, echó la carnada y se preparó para sacar del agua lo que picara; sin embargo, nada sucedió. No obstante, se quedó en esa posición de alerta durante el tiempo que aguantó sin moverse. Al ver que nada picaba, recogió el hilo y revisó la carnada y el anzuelo. Todo estaba perfecto. No entendía, no podía haber perdido la magia, aún no se había cumplido lo que pidió. Lanzó otra vez y esperó… Se cambió de lugar, renovó la carnada, le puso más, le quitó, se movió a otro lugar y nada. No picaba pez alguno. Markin no podía entender lo que sucedía. Se le hacía tarde, el sol había pasado de la mitad del cielo e iba en descenso. Aseguró la caña en un agujero entre las rocas para que se mantuviera fija, aunque un pez picara. Acto seguido se sentó a la sombra y esperó tranquilo a que pasara el tiempo “algo tiene que morder, no es posible lo contrario. El Dios del bosque tendrá que responderme si no pesco nada hoy”; se decía cuando el viento cambió su dirección de repente y el agua del río avanzó con más fuerza, aumentando su altura de manera visible.
De repente el río comenzó a levantarse y a formar una columna de agua que luego se transformó en el cuerpo líquido del dios del bosque. Su mirada cayó sobre Markin con toda su fuerza, pero no lograron intimidar al joven pescador. Al menos no en el exterior. Este conservaba una aparente calma que alteraba al líquido ser.
—Me has ahorrado el trabajo de ir a buscarte, deidad de los bosques. Al parecer los objetos que me diste han perdido su magia. No he capturado ningún pez en lo que va de día. Eso no fue lo que acordamos.
—Siento no estar de acuerdo contigo, joven Markin —respondió el divino ser con la voz visiblemente molesta—. Te has ganado el aprecio y favor de los tuyos. Te alaban y reconocen. No pasan hambre, y continúan haciéndome ofrendas, cada vez más suculentas gracias a ti. Me parece que he cumplido y ahora vengo a que cumplas tu parte.
Markin estaba temblando. No lo notó hasta el momento en que se miró el brazo prometido. Lo sostuvo con su otra mano en un intento de detener el temblor. Era el momento que tanto temió que llegara, y del que pensó que se había librado. Podía cumplir lo pactado, regresar con la mano vacía, siendo el héroe del día, y vivir su momento, hasta que pasara y todos se olvidaran de su hazaña. “No, eso no podría hacerlo”, pensó; no era lo que ambicionaba. A lo mejor lo fue en un momento dado, pero no ahora, no desde esa mañana. Quería que esa sensación se repitiera por siempre, no podía conformarse con lo poco que había logrado hasta ese instante. Solo quedaba luchar.
—No es cierto. Es verdad que mi gente no pasa hambre y soy reconocido, no obstante, a no ser que el Pez Demonio haya sido un bagre o una anguila, no has cumplido con lo que te pedí.
—He tenido mucha paciencia contigo, humano —rugió furioso el Dios del bosque—. Nunca he incumplido un pacto, y contigo no será la primera vez. He querido librarte de cosas que están por encima de tus capacidades. No sabes lo que es, y por lo tanto lo que pediste. Déjame librarte de ese mal rato. Es muy peligroso, Markin, sobre todo para ti. Con los Dioses no se juega… Cumple con tu palabra ahora y nada te sucederá.
—De nada vale que me amenaces. Tienes un pacto con mi pueblo de no lastimar a nadie, y ellos han cumplido. Como bien dices, con creces, gracias a mí. Si no me devuelves los poderes, carecerán por tu causa y sería otra vía directa de incumplir tu palabra. Lo siento, pero debo pensar en mi gente antes que en mí o en ti.
El dios del bosque, rugió de impotencia y su brazo líquido golpeó una roca, lanzándola a metros de distancia. Estuvo mirando a Markin, rabioso por sentirse engañado; sin hablar durante un rato. Este no cedió ante su mirada, aunque esta lo amenazara e hiciera que cada fibra de su ser deseara echar a correr de ahí lo más rápido y lejos posible.
—Está bien, ganaste esta vez —dijo con aparente calma el dios del bosque—. Pero no creas que olvidaré nuestro trato. Tengo otros modos de cobrar lo se me debe. ¿Querías al Dios de los peces? Voy a dártelo. Si lo vences, te eximo de cumplir tu parte del trato, sino, la deuda será saldada a cabalidad.
Y con estas palabras, se desvaneció en el cauce y poco a poco el nivel del río volvió a la normalidad. Markin demoró un buen rato en lograr moverse. Aún seguía en shock. Aterrado. No creyó sentir en sus palabras que hubiera una posibilidad de ganar. Sino, lo contrario, mucha seguridad en la derrota. Nunca pensó en tener el valor de enfrentarse a un ser divino… y mucho menos, ganar. Pero a fin de cuentas, tenía la posibilidad de ganar todo sin perder nada.
Asustado, tomó la vara y preparó el anzuelo. El sol estaba muy bajo en el cielo, casi rozaba la copa de los árboles. Puso el anzuelo más grande, la mejor carnada y la lanzó al agua. En menos de un minuto, sintió el esperado tirón. Debía ser grande por su fuerza, pensó y se lamentó de no poder verlo por la hora del día. Los árboles hacían sombra en la superficie del agua. Pero lo vencería, de eso estaba seguro. Apoyó los pies en unas rocas bien firmes y secas. Agarró fuerte la vara, la amarró al tronco de un arbolillo, y tiró del cordel. El pez hacía resistencia. Por mucho que hubiera pescado antes, nunca se había topado con uno así “es el Pez Demonio”, se dijo, y sonrió aliviado. Sobre todo porque notó que le iba ganando la pelea. ¿Qué mejor ofrenda a su pueblo que el Pez Demonio?
“En unos momentos estará afuera”, se dijo al ver la sombra del pez. De pronto, otra sombra mucho más grande rodeó a la de su captura. El pánico lo albergó, mayor que el que tuvo un rato atrás, un calambre le recorrió el cuerpo. Sabía lo que era, o al menos, debía ser. Más por instinto que por otra cosa, haló con todas sus fuerzas y sacó al enorme pez del agua. Lo pudo ver completo. Grande como ningún otro que hubiera visto. Hasta consiguió ver cómo gran parte del anzuelo sobresalía por encima la agalla… aunque solo por fracciones de segundos, pues el verdadero Dios de los Peces saltó detrás y lo engulló de un bocado.
En ese instante, comenzó la verdadera batalla.
Con el peso de su enorme cuerpo, tiró del cordel. De no tener bien agarrada la vara, la hubiera arrancado de las manos al joven pescador. Pero este no veía eso. Tenía la vista perdida en el frente, sin lograr ver nada que no fuera ese instante en que aquel ser, pareció mirarlo a través del orificio de su ojo tuerto. Oscuro como la noche. Como las cicatrices de su lomo, de donde emergían grandes y fuertes aletas; y un muñón que parecía sangrarle. Aunque no estaba seguro que fuera sangre lo que emanaba de él.
La salpicadura de la entrada al agua, fue lo que sacó a Markin del estado hipnótico en el que estaba. El Pez Demonio comenzó a llevarse el hilo ante sus ojos. El joven pescador, se armó de valor y se preparó para el combate. “Si he pasado por tanto hasta ahora, un pez no será el que me venza. Además, es un pez como otro cualquiera… Solo que inmensamente más grande”, pensó mientras se afincaba mejor entre las rocas. Se preparó para darle pelea y sacarlo. Detuvo de un tirón el carrete del hilo. Si no llegaran a estar bendecidos, se hubieran roto, el cordel o la vara. Incluso, ambos. Markin resistió el embate. Pudo ver cómo la sombra frenaba en seco y giró alrededor del extremo del hilo debido a la inercia de su avance. El joven sentía cómo el Pez Demonio lo miraba desde abajo del agua y se resistía a ser halado. Más que con el ojo sano, sentía la mirada del agujero donde debía estar el otro ojo. Como si algún ser diabólico viviera adentro. A ese ojo era el que temía. Emanaba inteligencia. De algún modo que no lograba comprender, podía sentirlo. Tampoco entendía cómo podía hacer tanta resistencia con una aleta de menos, sin embargo, ahí estaba, impidiéndole moverlo del lugar.
En esa posición estuvieron durante mucho rato. El sol se había escondido tras los árboles y la claridad iba desapareciendo sin que ninguno de los dos cediera un milímetro. En la oscuridad sentía como vibraba el cordel; era como si el Pez Demonio lo estuviera masticando.
Continuaron la batalla durante toda la noche. Cuando las primeras luces rebotaban en el agua, Markin cambió la estrategia. Primero haló con fuerza y encontró del otro lado la resistencia férrea del pez. Justo entonces, soltó el carrete y el pez salió expelido a gran velocidad, golpeando su costado sano en una roca filosa cercana a la orilla. Volvió a recoger, aprovechando la sorpresa del momento. El Pez Demonio estaba adolorido y no pudo hacer mucha resistencia. Lo intentaba, pero sus aletas estaban maltratadas. Eso no quería decir que fuera fácil para Markin. Pasó un buen tiempo recogiendo y soltando cordel; ganando terreno poco a poco. Cuando el sol se asomó por encima de los árboles de la ribera del río y lo cubrió con su luz, otorgándole su transparencia característica, Markin pudo ver bien a su contendiente. Por entre los afilados dientes de su boca, colgaban trozos de piel y carne de la más reciente víctima. El pez lo miraba fijamente, sin abrir la boca un instante.
Ahora Markin podía ver lo que hacía bajo el agua. El Pez Demonio, medía más de tres metros de largo. Era más o menos del mismo grosor que el torso del joven pescador. El enorme animal (si es que se le podía decir “animal”) batía su fuerte cola, sus aletas ventrales y la única de las pectorales, de forma que creaba unas pequeñas olas en el agua y evitaba ser arrastrado. Al ver aquel monstruo, pensó saber a qué se refirió el dios del bosque cuando le dijo que no sabía lo que pedía. Sin embargo, el ingenio del pescador era mayor a la fuerza del pez y le ganaría. Al menos eso esperaba, pues iba a realizar un movimiento arriesgado, aprovechando que la roca se levantaba alrededor de un metro de la superficie del río. Abrazó la vara con un solo brazo y con el que le quedó libre, lanzó una soga por sobre una gruesa rama sobre él. Una de las puntas la amarró a la vara y la otra la pasó por debajo de sus axilas y la ató a la altura del pecho. Acto seguido, buscó el cuchillo y lo agarró con los dientes. Tomó con firmeza la vara y se preparó.
Haló con fuerza una vez más, buscando la resistencia habitual del Pez Demonio, y la halló sin falta. Miró una vez más al animal a su ojo sano y trató, en vano, de evitar verle el otro: de su ojo tuerto emanaba furia, rabia, malicia. Entonces, soltó una vez más el cordel, dándole un tirón luego y soltándolo otra vez. De esa forma desestabilizó al pez al punto que cada vez soltaba menos y recogía más, haciendo a su enemigo perder terreno. Logró acercarlo hasta cerca de tres metros de la orilla.
Markin recordó en ese momento que en el pueblo se quedaron esperándolo la noche anterior. Se perdió el banquete en su honor, la fiesta, la gloria de verse rodeado de personas que lo respetaban por su gran trabajo realizado. Ahora debían estar preocupados por su prolongada ausencia. Esperaba en cualquier instante sentir la carreta de su padre acercarse con un grupo de los mayores del poblado. ¿Y cómo lo verían? Sudado, sucio, con las manos ampolladas y sangrantes, hambriento, sediento y con ojeras. De repente, todo el cansancio de la jornada le cayó encima, como si se hubiera estado acumulando en un barril colgado sobre su cabeza y reventara el agarre que lo sostenía. “Tengo que terminar con esto”, se dijo. La única manera de recuperar lo perdido la noche anterior, era acabar con aquella absurda lucha. Se convenció que conseguiría sacarlo del agua y acabar con él en ese instante. Con esa determinación volvió a tomar posición. El pez también pareció hacerlo, pues miró a contrincante, lanzó un coletazo y giró dándole la espalda a Markin una vez más, haciendo tal fuerza que si no llegara estar amarrada la vara al arbolillo, se la hubiera arrancado de las manos. De cualquier manera, logró doblar peligrosamente el pequeño árbol. Markin tuvo que liberar el hilo para recobrar el equilibrio. En esos segundos, el Pez Demonio, ganó varios metros de distancia. Una vez que Markin volvió a estar en posición, zafó la vara del árbol para mayor movilidad y comenzó a recoger a toda prisa. Para su sorpresa, el pez no le hizo resistencia. Todo lo contrario, nadaba a favor de él. Se dirigía en su dirección. Recto hacia él, con la vista fija en el pescador.
Tanto Markin como el pez, estaban cansados, y apostaron todo a un último combate. El joven recogía y recogía a medida que el pez nadaba hacia él. No sabía qué pretendía hacer El Pez Demonio, pero hasta ese momento iba haciendo lo que él necesitaba. Markin iba contando los metros de distancia: 7, 6, 5, 4, 3, 2… ¡ya! Gritó y se lanzó al río. Había trancado el carrete para que el cordel no se liberara. Soltó la vara y tomó el cuchillo en su mano derecha. Con la izquierda, se aguantaba de la soga que rodó sobre la rama, levantando la caña, el hilo y al Dios de los Peces…
Todo sucedió con la misma rapidez de la caída. En un abrir y cerrar de ojos, Markin descendía y el pez iba en dirección contraria, halado hacia arriba por el peso del pescador. En el instante que pasó por el lado de su rival, aprovechó para asestarle el golpe mortal con el cuchillo por el lado ciego; pero el pez parecía esperarlo. En un movimiento, se posicionó de tal manera que el arma fue a encajarse en la cola, provocándole el mínimo daño.
El pescador cayó al agua y luchó por nadar a favor de la corriente para halar más al Pez Demonio. Sin embargo, al mirar hacia atrás, encontró que la otra punta de la cuerda estaba sujeta a una mitad del cuerpo a medio comer del pescado que se había tragado la tarde anterior. “Por eso es que no abría la boca: lo estaba mordiendo”, se dijo asustado mientras nadaba hacia la orilla.
Estaba un poco lejos de ella, pero era un buen nadador. Se encontraba varios metros abajo del lugar por donde se había lanzado, podía desandarlos rápido y encaminarse a su pueblo. “Mañana será otro día”, pensó justo antes de sentir el tirón. Estaba siendo arrastrado contra corriente por la soga que seguía amarrada a su pecho. Trató de zafarse pero el nudo estaba muy apretado y resbaladizo.
De pronto dejó de avanzar. Se encontraba en el sitio donde había estado pescando. Sobre las rocas donde estuvo solo un rato atrás, se encontraba su padre y algunos vecinos del pueblo quienes se asustaron al ver lo que sucedía bajo las aguas. En cada ocasión que Markin quería llegar a tierra, era arrastrado de vuelta al centro del río. Desde la orilla se veía al inmenso pez dando vueltas a su alrededor. Markin, en un último intento de salir, haló la soga y la recogió hasta atrapar la vara y los restos del pescado en la otra punta. Cogiéndolo como peso, pensó lanzarlo hacia donde estaba su padre, con la esperanza de que tiraran de él y lo salvaran. Hizo girar el pescado sobre sí, aún con el anzuelo en la boca, y lo lanzó…
En el mismo instante en que liberaba la soga y el pescado volaba hasta su destino, el Pez Demonio se abalanzó hasta el brazo de Markin, llevándoselo hacia las profundidades. El agua se tiñó con la sangre en el instante. En la superficie las mujeres rezaban y los hombres no hablaban; paralizados por el miedo, solo esperaban temerosos el desenlace de aquel acontecimiento. Un rato después, salió Markin a la superficie. La sangre le corría aguada por el rostro.
—Papá, tira del cordel—le gritó con toda la fuerza que el llanto y el dolor le permitieron. Pero el padre no la cogió—. ¡Papá!
Gritaba una y otra vez y el padre no se movía, no tomaba el pedazo de pescado frente a él. Nadie lo hacía.
—Lo siento, hijo —le dijo cuando vio que Markin intentaba de nadar otra vez con el único brazo que le quedaba—. Esto es un castigo. Debes pagar lo que pediste al dios del bosque. Luego te subiremos. Te advertí más de una vez, hijo. Aunque me duela, nuestra prioridad siempre será el pueblo, no lo pongas en peligro o atraigas la desgracia sobre él.
Markin no pensaba hacerlo. Había perdido la batalla con el Pez Demonio. Así que decidió tratar de salir por su cuenta, pero el Pez Demonio tenía otras cosas en mente. En una embestida final se lanzó sobre Markin.
Lo último que el joven vio fue el ojo. El terrible ojo hueco del fatídico pez que de una mordida le atrapó la cara. En los pocos segundos que demoró en aplastarle los huesos del cráneo, la mandíbula y arrancarle la lengua en toda su extensión, Markin pudo reconocer quien era el que miraba desde el fondo del vacío eterno del ojo del pez. Sonriendo feliz de haberle ganado y cobrado su deuda. Si Markin hubiera podido, se hubiera reído también. Pero el pez no lo dejó.
Cuando la corriente se llevó la sangre del joven pescador hasta el mar, los espectadores decidieron que era el momento de regresar. No sin antes, entre lágrimas por la pérdida, darle gracias la Dios del bosque por sus bendiciones, y pedirle disculpas por la falta de uno de los suyos y que no era necesaria la presencia de su cobrador en sus aguas. Acto seguido, recogieron los restos del pescado a medio comer, el cordel y la vara. Desamarraron la soga y la lanzaron al río, para que todo lo demás continuara su curso natural.