Las sirenas, de Nightwish
El viento y la lluvia de la noche atizaban mi rostro. Cada vez más fuertes, cada vez más rápidos. Mis manos apretadas en el timón, sin saber quién las amarró. La presión en ellas me recordaba a cuando mi padre, agarrándolas bien fuerte, decía
— No salgas a navegar, hijo mío, ellas esperan a los marinos. Son mortales, nunca hombre alguno ha sobrevivido a sus encantos.
— Pero si no lo hago, ¿cómo voy a llamarme cazador?
— Has cazado, leones, hidras, dragones y amaestrado quimeras de las islas más lejanas. Eso y más has hecho y salido ileso. Pero esto que te propones va más allá de tus posibilidades, hijo mío. Sé que, por temor, siempre lo he dicho, pero esta vez, es cierto.
— Lo siento mucho, padre. ¿Quiénes de ustedes, valientes marinos, que se encuentran hoy conmigo en esta agradable taberna, se unirá a mí como tripulación? ¿Quién querrá inmortalizar su nombre como parte del único grupo que pudo darle caza a ese peligroso y mortífero ser? Recuerden cuantos hermanos nuestros han ido a su búsqueda y no han regresado. Honrémoslos con la sangre de su verdugo.
Las olas giran alrededor mío, así como lo hacen el sol y las constelaciones todos sobre mi cabeza. En mi cabeza. Pero la sigo. Sigo su canto, su guía. Así tenga que regresar de entre los cuerpos enviados al fondo del mar. Mi tripulación, los amigos más fieles que he tenido. Aun recuerdo sus gritos de sí, capitán, cuando les daba las órdenes de ¡asegúrense bien que la tormenta arrecia! ¡Ya ella debe estar cerca de aquí! Marino, ven acá, átame al timón. Que ni la lluvia ni el viento me aparten de mi misión. Amárrense fuerte, hermanos, que la tormenta ha enviado al abismo a los que no han podido mantenerse en cubierta. Agárrense de lo que puedan, no dejemos que sus muertes hayan sido en vano.
Una ola vuelve a golpearme para llevarme consigo. La busco y me llama, siento la melodía como de violines, su música en el viento, entre la tormenta. Miro a mi alrededor y me encuentro solo, mi nave deshecha. Afinco los pies entre las tablas rotas, giro el timón. La escucho.
— Escúchame bien, muchacho, la enfermedad de tu padre, no tiene cura. Al menos médica. Mi abuela era la curandera de mi pueblo, ella curaba a todos los enfermos que acudieron a ella. Incluso, cuando la peste roja apareció en el reino matando a miles, nuestro pueblo se salvó por ella. Hay un ser muy peligroso que tiene una glándula entre las cuerdas vocales. Esta glándula, fresca, segrega un líquido que cura todas las enfermedades. Mi abuela me enseñó todo lo que sabía, y esto fue lo único que no me dijo nunca, pero me lo dejó escrito en su libro de remedios. No por falso, sino por lo peligroso y difícil de conseguir.
No importa el tiempo que me tome, mi fe es inquebrantable. A ella llegaré. No puedo evitarlo, quiero regresar a mi hogar pero ella me convence de continuar. Siempre tiene una razón y sus motivos me parecen correctos. Además, quiero ver que tan hermoso rostro se esconde detrás de tan hermosa voz.
— Son unas criaturas imposibles de encontrar cuando se les busca. Todos han muerto en el intento. Ellas tienen que buscarte a ti. Escúchalas y déjate llevar, pero sobre todo tienes que tener inteligencia, valor, paciencia.
La oigo y eventualmente la veré parada en esa ola que se convierte en coral y luego en ola otra vez. La veo en la cresta, y también sentada en la arena de la orilla. No sé si veo doble o doble es mi suerte. Me espera sentada y todo se me hace claro, su canto ahora es para mí ahora como lo fue para otros antes. Enfilo la nave hacia su ola, no necesito mirar, su canto (que me suena contradictoriamente hermoso y fúnebre) me guía hacia ella. Lo sabía y aún así amarré mis manos y giré el timón hacia ella, hacia su música y encanto. Mi final lo veía en sus brazos. La quería, y no podía ya vivir sin ella. Aún cuando se avecinara la peor de las tormentas, siempre me sentí seguro de salir airoso, pero esta vez no tanto. El suelo retumbó y se abrió bajo mis pies. Abajo pude ver el pasado, el mío y el tuyo, los cadáveres de los que antes fueron. Cerré los ojos y al abrirlo estaba tendido en la orilla. Me palpé para asegurarme de estar completo. Pero mi corta alegría de estar vivo se transformó en angustia al no poder escucharla más, pero así tenía que ser. La vi llamándome desde allá, donde mueren las olas en la orilla y como pude me arrastré hacia tu regazo.
*… y fe. La única forma de ver lo que buscas es de abajo hacia arriba y…
— Un solo corte con el cuchillo. Un corte bien ensayado en la seguridad de mi camarote. Viva aún, pero con la garganta abierta, extraje la glándula. Todo exactamente me dijo la curandera. Tuve que quitarme la tela de mis oídos para escucharla hablar, entre borbotones de sangre.
— ¿C… co, cómo pu pu pudist…?
— Pero eso, padre, amigos, es algo que ya nunca va a saber.
