Las cuatro paredes parecían alejarse y contraerse al ritmo de su respiración. Allá afuera estaba él. Solo de recordarlo, el corazón se le aceleró. Tenía que concentrarse. Inspiró. Los pulmones se expandieron haciendo que los músculos de los pectorales emitieran reflejos metálicos. Quedaban cuarenta segundos. Las voces de afuera no lo dejaban olvidar. Lo imaginaba detrás de la puerta, como siempre, el centro de atención. El asesino de sus hermanos. Con sus pinchos. Sedientos de sangre. De la suya. Había esperado mucho tiempo por esos segundos. Treinta. Buscó apoyo en la arena, afianzándose bien. Los ojos fijos en la puerta. Veinticinco. El recuerdo de su hermano inerte en la arena enfangada por la sangre, y él, con el pie apoyado en su cabeza. Alzaba los brazos. Gloria. Veinte. La mirada fija en la puerta, tratando de verlo. Siempre tan orondo con los pinchos; y la capa. La famosa capa. Si había algo que menos soportaba de él, era esa cosa. Fama. Quince. En un impulso golpeó la puerta tratando de acelerar el proceso; de liberarse de esa celda, esta vez de espera. La puerta no cedió. Él tampoco. Golpeó esta vez con las dos extremidades delanteras y por un momento se hizo la luz. Lo vio. Todos lo hacían. Diez segundos. Las voces de los que esperaban afuera lo incitaban a salir. Voceaban su nombre. Pedían acción. Sangre. Muerte. Trascendencia. Cinco. Ya casi era la hora de cumplir su destino, para lo que se había preparado toda su vida. El pulso acelerándose cada vez más con cada latido… se echó hacia atrás. Cero. Las puertas se abrieron y salió a su encuentro. Ese que tanto tiempo estuvo esperando. Corrió hacia él. Ahí estaba con su trapo rojo. Cada paso lo acercaba a su destino. Lo alejaba de su pasado. Adiós, celda. Adiós, soledad. Ya voy, matador. Ya voy, libertad.
