“No quiero morirme en las tinieblas —dijo.”
El coronel no tiene quien le escriba
Gabriel García Márquez
Todo el mundo quería a Pablo. Era la razón por la cual nadie le impedía una y otra vez ir en pos de su sueño. Cuando se paró en el borde de la azotea y se lanzó al vacío desde la altura de veinte pisos; nos aterramos. Sin embargo, luego de la segunda, tercera y cuarta vez, dejamos de inquietarnos y nos dedicamos a nuestros problemas. Aunque su idea era la de terminar con su vida, no corría peligro alguno: nadie creía que pudiera volar.
No obstante, tras la última caída quedó tan raso y fundido en el asfalto, que no pudimos despegarlo, ni siquiera después de romper el pavimento. Poco después, nos asustamos a coro al observarlo subir nuevamente, ahora reptando por los cristales. Algunos procuraron disuadirlo de aquella locura, pero estaba decidido a continuar. La mayoría ni siquiera aspiró a tanto. Sin embargo, nos aterramos al verlo tan plano y temimos por su vida, al creer posible que, por pura fuerza de voluntad, terquedad –o ingravidez, no se sabe–, en el próximo intento lograría volar.
