La descubrió leyendo bajo un árbol junto al lago, al otro extremo del hilo rojo que atrapaba su dedo. No pudo quitarle la vista. Reacción totalmente diferente a la que había pensado tener al descubrir el fin del inquebrantable cordel. Ella pasó la página y levantó los ojos. Lo vio. Ambos sintieron la sacudida en sus meñiques y vieron como las cadenas de sus almas se fundieron en una sola. No mediaron palabras. Solo un abrazo. Un beso como en un sueño eterno. Solo la magia. El destino. El libro fue al suelo debido al tirón del hilo irrompible que unía a la pareja. Despertaron del beso; a su lado estaban dos jóvenes, dos niños, con idénticos hilos carmesíes que flotaban en el viento hasta perderse en el horizonte, que se agarraban a sus piernas, les devolvía el libro.
Desde el lago, como en un espejo, el reflejo de dos ancianos, tan enamorados, como dos jóvenes bajo un árbol.
