Más increíble que la flor celestial o la flor de un sueño es la flor futura, esa cuyos átomos ahora ocupan otros lugares y no se combinaron aún.
La flor de Colerididge, Jorge Luis Borges
Lo más difícil no es enamorarla, Fran, el reto está en mantenerla. Aquella era la frase repetida una y otra vez en su cabeza mientras su inseguridad le complicaba cada vez más el juego.
Podría parecer un cliché, un lugar común, pero fue así. El lugar más frecuente de conseguir pareja para los investigadores, es en el propio laboratorio, y así fue como Fran conoció a Cristina. La vida está construida a base de lugares comunes, al parecer. Las más de ochenta horas semanales los fueron acercando poco a poco, hasta que ella tomó la iniciativa y lo invitó a cenar en el laboratorio, a la luz de una pantalla con una hermosa vista al interior del colisionador de hadrones.
La relación avanzó tan rápido como sus avances en sus experimentos sobre la teletransportación de materia orgánica; tan rápido como las partículas dentro del colisionador. Cristina le confesó una noche, luego del sexo, que ella había calculado todas las variables posibles de su relación antes de decidirse a comenzarla. Por eso la velocidad. Sin embargo, la falta de autoestima de Fran debido a los numerosos fracasos previos, con variables calculadas o no, hacía que su inseguridad engordara más que un cerdo en fin de año. Por tal motivo, en aras de mantener aquella relación, decidió realizar experimentos extra laborales.
Construyó otra cabina similar a la de la teletransportación, pero con la diferencia de que esta estaría modificada para viajar hacia el futuro. De ese modo vería sus fallos y aciertos, en aras de evitar los primeros y procurar los otros.
Luego de varias semanas de intento, logró su objetivo y viajó un día, por el espacio de cinco segundos. El efecto de la separación y unión de sus partículas en la ida y regreso en el tiempo, fue de taquicardia y vértigo durante una semana, así que decidió en lo adelante, probar en simuladores antes de en su persona. Poco a poco fue extendiendo, en la teoría, el alcance y el tiempo, no así el espacio. Este se limitaba al interior del centro de investigaciones.
Hasta que se lanzó a la aventura.
El primer viaje casi no hizo nada. Estaba más asustado que atento a su alrededor. En el segundo vio como Cristina estaba molesta por el modo en que él le dedicaba menos tiempo que antes. Aquel suceso se daría una semana en el futuro.
De modo que al regresar, delegó algunos proyectos en otros técnicos y se enfocó más en ella. Al día siguiente regresó a ver si su estrategia había surtido efecto. Y lo había tenido. No obstante, ella no estaba feliz. Aunque su relación sentimental mejoró en ese aspecto, Cristina estaba preocupada porque Fran había perdido tres proyectos debido a la falta de resultados y otros dos peligraban. De modo que al regresar, tomó algunas medidas para evitar aquellos percances.
El siguiente salto fue mayor, de un par de meses en el futuro. Ellos estaban peleando por una flor que él había dejado encima de un equipo y había estropeado un experimento muy importante para el equipo de Cristina. De modo que al regresar, estuvo pendiente de no comprarla.
Todo parecía simple. Sin embargo, no lo era en modo alguno. En los saltos posteriores comenzó a notar un patrón que se repetía periódicamente. Por más que rectificara los fiascos, a cada rato los desencantos de Cristina eran de mayor intensidad. No importara lo que hiciera, siempre tenía que corregir la balanza trabajo-Cristina, siempre algo afectaba el proyecto, ya fuera una flor, un mango, café un pelo, etc. El final parecía ser inevitable. En cada salto, Fran regresaba más agobiado y eso comenzó a cambiar todo lo que había corregido en materia sentimental y no sabía cómo rectificarlo.
Por más cálculos que realizaba, el resultado era el mismo. Por más eventos que modificara, todo parecía estar destinado al caos en el futuro y en el presente no podía realizar una salva que luego pudiera restaurar. La relación, su trabajo, todo, parecía estar condenado al dolor y al sufrimiento.
Llegó el momento en que saltó a un sitio que no era ni el laboratorio ni estaba Cristina. Estaba de pie en la baranda del puente de Cumanayagua. Estaba decidido a dar otro salto sin vuelta a atrás. Solo entonces, bajo la influencia de la peligrosa brisa que rodea el puente, obtuvo una respuesta que parecía tener sentido.
De regreso al laboratorio, borró todos los datos de la última semana de experimentos, desarmó la cabina y fue a ver a Cristina para informarle que ya no podrían verse más. Ella, por supuesto que no entendía nada, ya que según sus cálculos, todo iba más que bien. Acto seguido, Fran delegó todos sus proyectos y pidió la baja del trabajo.
Salió del trabajo con la mente tranquila, en paz consigo mismo y con su destino, cualquiera que fuera el que le esperaba en ese futuro que recién comenzaba a construir.
