8:00 pm. ¡Raúl me ha vuelto a fastidiar el fin de semana! Tengo que admitir que la culpa, esta vez, es mía en cierto modo. No pude evitarlo. Tampoco aquella vez en el primer curso al que fui. En esa ocasión comenzó a nombrar libros, cuentos, autores, anécdotas, técnicas y un sinfín de datos e imágenes que se me fueron agolpando en el cerebro, hasta sentirme saturada. Estos datos fueron generando, eso que llaman “semillas de cuentos…” digámosles: ideas. Tenía tantos cuentos por hacer, que no me alcanzaría el tiempo de vida para escribirlos. Sobre todo, cuando se quiere salir por la noche el fin de semana; específicamente: el sábado en la noche. Juro que tuve ganas de abandonar el curso ese mismo día. Si no lo hice fue por mi madre y su letanía sobre mi forma de ser. Aún resuenan sus palabras en mis oídos: “¡Tienes que terminar algo alguna vez! Debes coger responsabilidad y ¡darle un fin a todo lo que comiences, chica! ¿O así es como quieres que se defina tu vida? Como la que comenzó mucho, y terminó nada.” Mi madre, no habrá sido universitaria, pero es una de las personas más sabias que conozco… bueno, a veces.
Aquel sábado, claro que no salí. Me costó mucho, pero valió la pena. Uno de mis mejores cuentos vio la luz ese día. Hasta ganó un premio internacional. No obstante, juré que nunca más iría a un curso, clase, evento, o lo que sea que impartiera o estuviera Raúl. Tiene un no se qué que es hipnótico y aunque se acabe la clase, sigues repitiéndola en tu mente por el resto de la semana… incluso más. Eso lo juré entonces y lo pude cumplir durante cinco años. Entonces, un chico que me gustaba me invitó a este curso que comenzó ayer. Y fui. Contra, ¡fui y me quedé! A él, a Raúl, claro, al final de la clase, se le ocurrió dejar la tarea de hacer un cuento, nada más y nada menos que con el tema: “Sábado en la noche”. Cóño, ¿qué tiene Raúl con el sábado? ¿O será solo con mi sábado? ¿Por qué precisamente ese día y no otro? Podría ser el viernes, el domingo, incluso el lunes… tantas preguntas ahora en mi mente. Todas revueltas con él, con los datos de la conferencia, enredándose, confundiéndose. Al final me olvidé del muchacho con el que fui, y me quedé al terminar la conferencia para hablar un rato con Raúl
¿Qué hará Raúl el sábado por la noche? Nunca lo he podido saber. ¿Saldrá con su mujer? ¿Con su novia…? ¿Novio? Nah, no es de ese tipo…, me parece. Estoy segura que no. ¿Para qué entonces pedirá tantos cuentos sobre el sábado en la noche? ¿Buscará ideas sobre qué hacer? ¿A dónde ir?... ¿Con quién ir?... Ya sé. Son las 9:00 pm. Casi tengo el cuento terminado. Solo faltan unas cuantas líneas más y estará completo. Lo revisaré. Me vestiré lo más acorde posible a esta hora, tomaré el cuento e iré a casa de Raúl. Ya que no pude salir tampoco esta noche por su culpa, él tampoco lo hará. Luego de que me revise la tarea, le exigiré que me diga, que me explique lo más detallado posible qué es lo que tiene; no importa que nos tome toda la madrugada, porque desde aquella primera clase que lo vi, ningún sábado en la noche ha sido igual.