Al cielo se va descalzo
A Marcos lo conocí cuando llegué a Uruguay, compartimos el frío y el hambre por veinte días con 19 noches. La última noche la pasó él detrás de la piedra, viéndome allí, tirado.
Desde que nos conocimos en la renta, planificamos unirnos a un grupo e irnos de aquel lugar inmundo. Uruguay no era el país que nos habían contado. A punta de pistola me quitaron la moto de repartir pedidos. Me desaparecí de allí sin cobrar lo poco que había ganado en cinco días de trabajo.
Mi familia cree que estoy a mis anchas; la noche antes de partir todos bebían cerveza y hablaban de la suerte que tuve al librarme del Servicio Militar. Tener pasaporte y boleto en menos de un mes, era el colmo de la buenasuerte.
Hasta yo creí que era mucha mi fortuna. Con lo que le costó al viejo sacarme de allí no podía echar para atrás. Mi padre vendió el carro, sus herramientas y hasta se enfermó de no dormir. A último momento no quería irme, para evitarle un poco de sufrimiento.
Marcos sabía el día que salía el grupo.La meta era cruzar las fronteras, la selva, llegar y cruzar Mexico hasta pisar suelo americano. Yo no sabía ni en que lugar del mapa estaban esos parajes, mucho menos los kilómetros a recorrer para atravesarlos.
Llegó el día de irnos y no teníamos dinero, fue idea de Marcos robarle los ahorros a la vieja que nos dio comida en Noche Buena. No le hicimos daño, solo tomamos el dinero y nos fuimos.
El primer tramo lo hicimos en una camioneta, en realidad eran varias camionetas. Desde la media noche hasta el anocher del día siguiente, estuvimos metidos debajo de una lona. Solo saqué la cabeza en la madrugada cuando el habanero que iba en la camioneta delantera, cayó al pavimento y su cabeza crujió bajo los neumáticos de la nuestra. Era el primer muerto que había visto hasta entonces, que no lo vi, pero lo sentí.
Llegamos a un pueblo oscuro, por el idioma supimos que estábamos en Brasil. Ahí nos entregaron a otro coyote, y ya habíamos dado todo el dinero al primero.
Marcos más espabilado que yo me hizo una señal. Corrimos con todas las fuerzas, luego caminamos por horas, no nos veíamos ni las palmas de las manos. Marco perdió uno de los zapatos, ya estaban ráídos, pero aún le protegían los pies hinchados.
En un descampado vimos una plantación de naranjas. Exhausto nos sentamos sobre la yerba, a comer algunas, cuando sentimos unos tiros. Marco se refugió detrás de una piedra. El me había explicado que los coyotes pagan para pasar por las tierras.
Yo no podía moverme, uno de los disparos me alcanzó y me sangraba el estómago.
Llamé varias veces a Marcos. Escucaba pasos cerca de mí pero la oscuridad me envolvía, lo envolvía todo. Mi yo inmaterial trataba de mantener el cuerpo pegado a la tierra. Pasé horas pensando en mi padre, en que nunca sabría de mi, en el último abrazo en el aeropuerto, en las esperanzas de verme próspero.Tenía mucho frio.
Mi yo inmarerial libre de ataduras se elevó antes del amanecer. Marcos salió de su escondite y lloró por largo rato. Pude verlo al lado de mi cuerpo inmóvil, miraba aterrado en todas direcciones. Se calzó mis zapatos, tomó la foto y el resguardo de mi mano y comenzó a alejarse.
Quería gritarle, pedirle que no me abandonara, intenté levantarme pero mi cuerpo ya era una piedra.
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Aqui les dejo la convocstoria del concurso de relatos desde la comunidad
@es-literatos/concurso-de-relatos-de-migracion
Esta publicación ha sido escrita por mí, no contiene IA. Las fotos utilizadas son de Adonis Acosta